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Estereograma

La Verdad, se supone, nos dará por fin un relato de nación, compartido por todos, asimilado y adherido a la memoria colectiva. Una narrativa con la cual identificarnos sobre el triunfo del bien sobre el mal. Pero mucho me temo que no será así.

2014/09/23

Por Marta Ruiz

Entre muchas personas existe la ilusión de que en el futuro aparecerá la gran verdad oculta sobre el conflicto colombiano. Sobre la larga guerra y sus horrores. Se ha creado la expectativa de que algún día se abrirá una caja de Pandora y por ella saldrán como aves de mal agüero los rostros de los culpables; se develarán secretos fieramente guardados sobre conspiraciones hechas en las sombras; se conocerán los clubes del mal, de planes fraguados en sótanos siniestros.

La Verdad se ha convertido en un salvavidas para el país. Una tabla que nos redimirá del naufragio de la impunidad, que nos permitirá volver a empezar. La Verdad, se supone, nos dará por fin un relato de nación, compartido por todos, asimilado y adherido a la memoria colectiva. Una narrativa con la cual identificarnos sobre el triunfo del bien sobre el mal.

Pero mucho me temo que no será así.

Cuando se creó el Grupo de Memoria Histórica, lo primero que este aclaró es que no era una comisión de la Verdad. Que su tarea sería estudiar los casos emblemáticos más aleccionadores para intentar dar explicaciones sobre cómo diablos terminó esto tan mal. Culminado su informe Basta ya (que en lo personal valoro como un gran trabajo), muchos se quejaron. Que muy de izquierda. Que demasiado intelectual. Que no tiene foco. Que olvidó temas cruciales como el narcotráfico. Que está hecho desde un escritorio de Bogotá. Y eso que el Grupo de Memoria era un equipo de intelectuales, relativamente homogéneo y experto en la materia. Los militares sencillamente lo rechazaron y los guerrilleros, aunque con menos radicalidad, también lo objetaron.

Ahora se ha creado otra comisión, esta vez para el esclarecimiento histórico sobre el conflicto. Son doce intelectuales de lo más variopinto en sus ideologías, y especializados en asuntos diferentes: unos, como Alfredo Molano y Darío Fajardo, en los problemas agrarios; otros, como el padre Javier Giraldo, en derechos humanos; otros, sociólogos de la historia, como Daniel Pecaut y Renán Vega, y otros dedicados a la pura y dura filosofía política, como Sergio de Zubiría y Jorge Giraldo. Cada uno escribirá por separado su versión sobre cómo nació, se degradó y perpetuó esta guerra inútil, aunque también podrán hacerlo en subgrupos. Tienen tiempo hasta diciembre.

Este nuevo intento por llegar a la Verdad parte de la base de que habrá diferencias y, por tanto, no se busca que los pensadores se pongan de acuerdo, sino más bien, que queden sobre la mesa, las coincidencias, pero también las distintas miradas y posibilidades de interpretación del pasado. No habrá, pues, un solo cuento para echar en los museos y las escuelas, ni serán verdades escritas sobre piedra.

En consecuencia, esa tampoco es la Verdad soñada. La caja de Pandora. Esa vendrá luego, se supone, con una comisión de nuevos sabios nacionales o extranjeros que trabajará acuciosamente, caso por caso, como lo hizo monseñor Germán Guzmán al finalizar la Violencia de mitad del siglo pasado, dizque para que todos aprendiéramos la lección y no se repitieran tantas barbaridades.

El problema es que la Verdad suele imaginarse como una epifanía, y una iluminación colectiva. Y corremos el riesgo de quedarnos esperando algo que posiblemente nunca llegue: un relato completo y sólido, con principio y final, con las respuestas para medio siglo de interrogantes.

Tenemos que prepararnos, creo yo, para algo menos ideal, más imperfecto. A lo mejor un camino empedrado de fragmentos, que difícilmente casan unos con otros. Un conjunto de piezas rotas que no encajan. Versiones ambiguas, contradictorias, inaprensibles. Como esos estereogramas cuyas figuras uno intenta descifrar mirándolos de frente, largo tiempo. Y que al menor descuido, desaparecen.

A lo mejor la gran Verdad ya está aquí, camuflada entre el paisaje informativo. Y no queremos verla tal y como es. No queremos descifrar lo que lleva adentro.

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