Factura Rosa

Nicolás Morales pasa revista a los hábitos de consumo culturales de los gays.

2011/06/23

Por Nicolás Morales

Para estar acorde con el especial temático propuesto por este número de Arcadia decidí indagar por el consumo cultural de los gays. Como verán mis lectores, las conclusiones confirman que lo queer es paradoja, nunca metáfora, como dice Sejo Carrascosa.

 

A los gays no les gusta la ópera. Empecemos por combatir el cliché: a la mayoría de los gays no les gusta la ópera. De hecho, detestan la música clásica y prefieren Bésame Stereo (lo que no es ninguna sorpresa). Sin embargo, en su seno, existe una minoría de fanáticos, casi talibanes, de la ópera y de la zarzuela. Aquí nos encontramos con una categoría sociocultural llamada Mercury por los publicistas: gays mayores de cuarenta años, con estudios universitarios y que ganan más de cuatro millones al mes. Es decir, el 3% de los gays colombianos.

 

Los gays no leen más que los no gays. Los distribuidores de libros saben que sus títulos más afines a las temáticas homosexuales no tienen mejor suerte que cualquier otro segmento. Pese a eso, están surgiendo nuevas empresas —muy interesantes— como el Placard, que le apuestan al asunto. Lo que sí se sabe es que Mathieu Lindon, Tryno Maldonado o Reinaldo Arenas no serán best sellers ni a palo. A decir verdad, ni el popular Bayly vende. Y es que los gays —la mayoría por lo menos— no leen literatura. Prefieren, según mis fuentes, esos libracos de decoración, de moda y de arquitectura para poner en la mesita de la sala.

 

Los gays no van más a cine (gay). En los noventa, los distribuidores de cine se quejaban de la poca solidaridad gay con películas de temática rosa; si les iba bien era porque esas películas lograban conquistar a públicos distintos. La situación ha cambiado y el cine rosa despegó, eso sí, asociado al cine arte. Por supuesto, ese despegue está muy lejos de los niveles europeos, donde las videotiendas o los cines tienen ya un público muy cooptado. Sin embargo, si hablamos de cine de chicas, la taquilla es un desastre, lo que parece confirmar las cifras de cierta sociología moderna que tiende a reducir los índices porcentuales de lesbianas o, quizás podría, mejor, demostrar mi hipótesis: las chicas se quedan en casa, arrunchándose en cucharita.

 

Los gays consumen mucha música (siempre popular). Demasiada, probablemente. Es su debilidad: mucho pop comercial, Lady Gaga y basura multinacional (Pa Panamericano, Barbra Streisand y “nana nana nana nana ieee”, o como se llame). En Colombia hay algunos segmentos de consumo de música electrónica que los gays creen que es de calidad y que, la verdad, están muy por debajo de cualquier estándar serio.

 

En revistas prefieren lo light. Según la revista P&M, el 34% de los gays prefieren revistas de moda y el 33% las de belleza o estética. Que prefieran Fucsia no es una sorpresa. Sin embargo, llaman la atención dos asuntos asociados a estos consumos: no existen importadores de revistas internacionales masculinas de éxito (como en algunos países de la región) y segundo, ningún grupo empresarial ha querido editar una revista gay colombiana, mitad por conservadurismo, mitad por prudencia comercial.

 

En televisión sí se segmenta el gusto. Los gays encuentran en el cable y en la oferta internacional modelos más interesantes de consumo. Atrás han quedado las problemáticas básicas (salir del clóset) de nuestra pobre televisión nacional. Hay desde realities impresionantes (Project Runway) hasta series de talla mundial como la popular Glee. Film & Arts, por su parte, logra enganchar mucho público homosexual. A la hora de las risas, no olvidemos Modern Family y, para cerrar, tengamos en cuenta todos los canales de gastronomía, chismes y decoración que encuentran su público natural en el seno de la comunidad gay y entre las amas de casa.

 

Por último, los gays no van a teatro, ni a exposiciones de arte, ni a nada. Resumamos: en Colombia, las preferencias sexuales-afectivas de los homosexuales no garantizan más consumo cultural, pero tampoco menos: ser heterosexual tampoco hace que un chico lea más que un chico “rarito”. En ese sentido, la pregunta que permite esta columna se va diluyendo y se hace muy tonta, pues, en este país, “homos” y “héteros” se juntan en una confraternidad igualada en su punto más estrecho. Y por favor, no me digan que el chico rosa es más sensible, porque eso es solo un cliché de los gays para gastarse la plata en cinturoncitos bonitos de Dolce & Gabanna.

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