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Fallar

En su columna de este mes, Carlos Castillo Cardona elige el verbo fallar.

2010/03/15

Por Carlos Castillo Cardona

¿Cómo puede confundirnos el castellano cuando decimos que un juez falla por no fallar y otro falla por haber fallado? Pues, sí. Eso nos ha pasado con el procurador saliente y el procurador entrante con la sentencia a los ministros que tenían que ver con la yidispolítica. Un procurador hizo trabajar varios meses a su equipo y no condenó a los investigados. El nuevo se tomó pocas semanas para proferirles un fallo absolutorio.

La razón es sencilla: Fallar viene del verbo latino fallir, que quiere decir haber, tener, notar, sentir, compensar, remediar y suplir, pero a través del tiempo ha adquirido muy variadas acepciones y subacepciones. Fallido, por ejemplo, hacia 1140 ya quería decir faltar, engañar, abandonar, pecar, errar. Sin embargo, fallar, en términos jurídicos, viene del latín afflare, es decir “soplar algo”, “rozar algo con el aliento”, para posteriormente tener el sentido de “oler la pista de algo”, “dar con algo, encontrar algo”. Extraños orígenes de la palabra fallar cuando los dos procuradores parecen haber encontrado cosas distintas. ¿Será que les huele distinto? Parece inconcebible la disparidad de criterios en la acción de fallar, en el sentido de “dar sentencia”, que se basa en los significados previos de “encontrar o averiguar los hechos” o “encontrar la ley aplicable”. El lenguaje jurídico mantuvo la forma arcaica de la f, para fallar, en vez de adoptar la h para hallar. En este caso que nos ocupa, con arcaísmo o sin arcaísmo, todo parece ser más una falla que un hallazgo.

Quedan muchas dudas razonables para lo que debería haber sido la parte dispositiva de la sentencia o resolución judicial que determinara un pronunciamiento estricto de condena o absolución. Pero se pueden encontrar significados verdaderamente esclarecedores en el fallo que no fue, del procurador saliente, y en el que fue, del procurador entrante. Tal vez aquí juegan las ambigüedades del idioma o la variación de los sentidos de acuerdo a los contextos. Claro que como no se trata de justicia, podemos recordar que los médicos hablan de fallo cuando se trata de una insuficiencia o un fracaso. Los geólogos creen que hay una falla cuando se ha producido en un terreno. Aquí no hay movimientos telúricos con la justicia.

El DRAE nos dice que se está fallo cuando un jugador carece de un palo en el juego de naipes: Estoy fallo a oros. Se está desfallecido cuando faltan las fuerzas. O hay fallo cuando hay deficiencia o error. Alguien puede salir fallido en algo. También, y en nuestro caso queda claro, fallar puede ser no acertar o equivocarse. Se puede fallar un tiro y, sobre todo, una respuesta. Falla una cosa o persona cuando no se responde como se espera: Tú me fallaste. O si se deja de funcionar bien. O si algo pierde la resistencia, rompiéndose o dejando de servir. Por ejemplo, falla la base.

Resulta gracioso pensar que falla, tal como nos lo dice la Academia, es como un disfraz “una cobertura de la cabeza que usaban las mujeres para adorno y abrigo de noche y que solo dejaba al descubierto el rostro, bajando hasta el pecho y mitad de la espalda”. Y, ¿qué me dicen de las Fallas de Valencia, esos monigotes que se queman?

Con estas referencias el lector puede hacer sus asociaciones de ideas con los fallos y fallas de nuestra justicia. Pero, poniendo de lado a los procuradores, ¿qué tipo de fallo fue ese que le dio el Premio Planeta a Ángela Becerra?

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