Por Manuel Hernández

Gabo recomienda

En 1954 el diario El Espectador publicó una entrevista que García Márquez le hacía a su joven y reciente amigo Álvaro Mutis por la publicación de su libro Los elementos del desastre. La titularon “Álvaro Mutis” y era una diatriba sabrosa contra la manera de hacer poesía en Colombia, en ese momento.

2015/03/27

Por Manuel Hernández

En 1954 el diario El Espectador publicó una entrevista que García Márquez le hacía a su joven y reciente amigo Álvaro Mutis por la publicación de su libro Los elementos del desastre. La titularon “Álvaro Mutis” y era una diatriba sabrosa contra la manera de hacer poesía en Colombia, en ese momento. “Culturalmente los colombianos andan equivocados de rumbo”, decía Mutis y Gabo, feliz, le picaba la lengua. Respecto a la tarea de perpetuar una memoria nuestra dice: “Este proceso ha culminado con la lánguida sucesión de aún no definidas generaciones que ya no somos tales, sino grandes grupos de bobitos...”. De esa y otras entrevistas y crónicas, donde toca todos los temas de la “realidad nacional” –deslizamientos de tierra, dragas que no trabajan, pero a las que les pagan, toreros, escultores, cafeteros, etc.– Colcultura editó un libro titulado Crónicas y Reportajes, en 1976, en el que al ver agrupados los artículos, se veía, por el tono y los temas, que Gabo quería “chamanizar” la cultura literaria, política y periodística del país. En ese libro hay un estupendo manual de periodismo y de capacidad de escudriñar la realidad nacional, contra la opinión de Juan Gossaín, quien alguna vez dijo que el Gabo periodista no le gustaba.

Al año siguiente de esa entrevista se publica La hojarasca. Con el artículo sobre Mutis derrotaron a Valencia, el poeta de la academia, pero a la vez mostraron el escándalo por la ruptura de los géneros, en este caso, las prosas poéticas insuperadas de Mutis. Cincuenta años después vale la pena hacer un repaso de todas las formas de chamanismo, es decir, la forma de andar haciendo purgas y eliminando impurezas de forma curativa del gusto y la conciencia del país.

Entiéndase por chamanismo, también, la forma como él baila, en un sentido intelectual y estético, las coordenadas, ya sean de la política, la sociedad, el Estado, la vida literaria o los patéticos o entusiastas resultados de medio siglo de historia nacional. Sin olvidar, además, que bailar es el destino del pensar según el viejo dicterio de Federico Nietzsche. En el asunto de la poesía, Gabo nos recomendaba que no le creyéramos ni al centenarismo, ni a los Nuevos, ni al grupo de Piedra y Cielo –que a él le había gustado tanto en el bachillerato en Zipaquirá– sino que nos abriéramos a una perspectiva nueva, un poco al juego de la desesperanza como trata Mutis a sus “elementos del desastre”: el desastre de una modernidad afectada por su propia imposibilidad. Una imagen: un hidroavión de balso flotando en el río, ya no se sabe si en una óptica de cosas pequeñas o de cosas grandes, en la vasta geografía de lo que luego será la escala última de un barco: el Tramp Steamer.

Hecha esa primera recomendación, se dedicará a recomendarnos, dentro de una atmósfera faulkneriana, que no olvidemos el vasto mundo de las derrotas históricas, con el Coronel. Luego, aparecerá Cien años de soledad y la gran chamanización de las mores colombianas y el sacudón universal. Mientras en Colombia se escandalizan las monjas con los actos sexuales ligeramente incestuosos de Rebeca con su primo, el mundo se solaza con la expresión absoluta de la aldea primigenia y los estudiosos de Walter Benjamin nos embelesábamos con el tren de la historia cambiando los productos, bananos por cadáveres, mientras el penúltimo de la estirpe, recorriendo el tren a contrapelo, llevaba la cuenta de los muertos de la masacre de las bananeras cuya denuncia le dio relevancia política nacional a Gaitán.

Chamanizó el poder de los dictadores con el Otoño, quién se atrevería a negarlo, y en las largas conversaciones con Fidel Castro, ambos admitieron que ese “Patriarca” que se detenía en la calle a ayudarle a una mujer a arreglar la máquina de coser tenía una fuerte similitud con el jesuita antinorteamericano que estaba por cumplir 80 años, venciendo a todos los cubanos en el exilio y dejándose rimar por los fracasos políticos de Vargas Llosa. Quién negará, entonces, que ese Gabo del río Magdalena y de Cartagena, el de las novelas con la palabra amor, el Gabo espacial que reencanta el mundo con los espacios geográficos será contestado por la misma vida al lanzar El amor en los tiempos del cólera en una atmósfera amarilla, como la bandera de los apestados, a un mes del asalto y retoma del Palacio de Justicia y a unos ocho días menos del lodo de Armero –donde la realidad imitó al arte– con el río de lodo del cólera. Chamán sí, y de gran estilo. Al poco tiempo, vendrá su melancólico no ingreso a la Asamblea Constituyente del 91. Chamaniza la abstención con una declaración que el país luego olvidó, infortunadamente: todo el esfuerzo de la política en Colombia ha estado encaminado a hacerles difíciles las cosas a los abstencionistas, declaró. Preparando con su lúcida advertencia que Colombia no podría salir del atolladero con una solución que pase por las elecciones, pues chamánicamente, sacar a bailar a los abstencionistas es algo que no se ha logrado y no se sabe si se logrará.

Con la Noticia de un secuestro, Gabo chamanizó a la amplia y ya casi naturalizada relación de la sociedad con el narcotráfico. Vino después el Gabo de los esfuerzos pedagógicos, la Misión de Ciencia, educación y desarrollo, idea que se le ocurrió a Jaime Garzón por invitación del presidente César Gaviria y en la que lideró el célebre documento que incluía una proclama: Por un país al alcance los niños. Se emocionó tanto con Pastrana, aunque más con el proceso de paz y con el vicepresidente cubano barranquillero Gustavo Bell, que se ofreció, también chamánicamente, a trabajar “domingos y festivos” por la educación. No pasó nada.

Este recorrido por las “recomendaciones” de Gabo nos muestra los aciertos y yerros de “sacar pareja” con distintos sectores del ente confuso y atrabiliario llamado la nacionalidad colombiana. Sin juzgarlo, ha “bailado con todas”, en este baile que ya se está acabando.

* Esta columna fue escrita en agosto de 2006. Antonio Caballero regresará con su columna en nuestra próxima edición.

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