Nicolás Morales
  • Fachada del museo del Banco en 2000.

El saboteo burocrático

Una historia de políticas culturales deberá en todo caso hablar del modelo más exitoso de gestión cultural de la Colombia moderna: el Banco de la República.

2015/07/18

Por Nicolás Morales

Una historia de políticas culturales deberá en todo caso hablar del modelo más exitoso de gestión cultural de la Colombia moderna: el Banco de la República. La literatura documental será abundante. Incluirá cientos de exposiciones culturales; miles de talleres de cultura en provincia; muchos proyectos editoriales de arte y ciencias sociales; un sistema nacional de centros culturales y bibliotecas soberbio; museos etnográficos y arqueológicos de altura; investigación arqueológica de punta y mucha, pero mucha música clásica en vivo.

Suena bonito y lo es. Aunque sea poco esperado de un organismo con titánicas tareas financieras y fiscales. Un banco central accesoriamente cultural, quién sabe a cuenta de qué milagro y de qué santo. Un milagro que consiste en que una estudiante de historia del arte consulte un libro raro en Floridablanca (Santander), imposible de conseguir en las bibliotecas de su pueblo. O que una pintura de Andrés Santamaría sea arrebatada a un cínico coleccionista, comprada y exhibida a todo público; o que un muchacho -como yo, a fines de los noventa- se conmoviera frente una obra original del gran artista cubano Félix Torres y llorara en silencio.

Por muchos años las instituciones culturales se han preguntado, llenas de envidia, cómo siendo público el Banco, gerenciaba la cultura con tanta propiedad. La gestión se daba con facilidad, razón por la cual era posible establecer una administración de la cultura que siempre procuró su continuidad. Suena tonto, pero en el Estado esto era y es un milagro. Montar una exposición en el sector tradicional nacional era una pesadilla y en el Banco fluía. Traer invitados internacionales era casi un imposible y en el Banco era recurrente. Hacer un libro era una delicia cuando el Banco era coeditor. En las oficinas del Banco se dio inicio a la experimentación entre buen diseño y estrategias de comunicación efectivas.


Fachada del museo del Banco en 2000.

Pues bien, hay indicios de que el paraíso se está perdiendo. Vientos en muchas direcciones cuentan que las prácticas nefastas de contralorías y auditorías vetustas comienzan a impregnar los salones de exposiciones, las compras de libros y las contrataciones de conciertos, entre otros. Y que el modo híper burocratizado, tan regular en otras instituciones, se está asomando por las ventanas. Un nuevo espíritu habría entrado a revisar lo que, perdóneme, funcionaba bien. De tal forma que el Banco estaría perdiendo velocidad y por ende capacidad de respuesta. Esta idea empiezo a oírla, siempre en voz baja, a creadores, autores, artistas, expertos de arte, editores, y a un mundo de la cultura que tenía al Banco como una gran referencia.

No es que la calidad haya descendido. El nivel sigue alto. Las curadurías son buenas. Hay criterio en las compras públicas y las expo son de lujo. Pero la burocracia del “no se puede” comienza a arrinconar a los gestores y funcionarios en todas las instancias. Podríamos estar ante el rompimiento de un esquema de trabajo ejemplar que basaba su confianza en la calidad de los procesos y las personas. Me temo que esa filosofía del accionar cultural, tranquila y libre, se empieza a sentir muy observada y tiene miedo. El Estado obliga al Banco a comportarse como si fuera el Estado de siempre, pobre y amilanado. Cuando, perdón que lo reitere, no era ese el modelo que lo hizo exitoso.

¡Qué extraña capacidad tiene el Estado de sabotear todo que hace bien! Porque si se confirman mis intuiciones, permítanme que lo diga con claridad: estamos ante un saboteo. La gestión pública está basada en ideas simples del servicio público, y yo sospecho que una casta de funcionarios está vendiendo la idea de que la simplicidad que llevaba el Banco no se apega a la norma y es ilegal. ¿Qué puede pasar? Pues casi nada, que el Banco corra el riesgo de volverse burocrático, lento, perezoso. Las instituciones con miedo a la norma son las peores y suelen involucionar. Y algo más complicado, podría entrar en esa zona oscura en donde decidan poner algún tinterillo a la cabeza, bien cumplidor de la ley, que convierta uno de los mejores servicios culturales de bancos centrales del continente, en una secretaría municipal de cultura del país, esas de seis cotizaciones, dos licitaciones eternas y catorce estudios de conveniencia para al final tener una pésima escultura.

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