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  • Una imagen difundida en Twitter por el grupo yihadista, Al-Baraka.

Globalización

En el enredo casi inextricable de las guerras religiosas, étnicas y políticas de Oriente Medio solo una cosa está clara: hoy se está matando allá con más publicitaria ferocidad que nunca. Fusilamientos, ametrallamientos, degollamientos a cuchillo, crucifixiones. Todo eso filmado y grabado y transmitido al mundo a través de internet.

2014/09/23

Por Antonio Caballero

En el enredo casi inextricable de las guerras religiosas, étnicas y políticas de Oriente Medio solo una cosa está clara: hoy se está matando allá con más publicitaria ferocidad que nunca. Fusilamientos, ametrallamientos, degollamientos a cuchillo, crucifixiones. Todo eso filmado y grabado y transmitido al mundo a través de internet. No es que no hayamos visto ya, en documentales de cine o de televisión, atrocidades semejantes: las de los nazis, o, más recientemente, las de los norteamericanos en Abu Ghraib o en Guantánamo, sus prisiones secretas. Pero, justamente, eran secretas. Conocimos esos horrores a través de filtraciones o de revelaciones hechas por “traidores”, negadas o sofocadas por los responsables. Lo que estamos viendo ahora no se oculta, sino que se exhibe propagandísticamente, y no solo para amedrentar enemigos, sino para ganar adeptos. Como bajo el Terror de la Revolución Francesa, o bajo el terror rojo de los primeros años de la revolución bolchevique en Rusia, cuando los ahorcados debían colgar en los parques públicos, para que fueran bien visibles.

La de esta fotografía es una ejecución relativamente sencilla, que parece casi improvisada a la sombra de un vago cobertizo en el desierto iraquí. No encuentro el pie de foto (la foto la publicó Semana hace 15 días), pero se trata sin duda de una ejecución del Estado Islámico, antes llamado Estado Islámico de Irak y del Levante y ahora conocido como el Califato, pues por lo visto esa es su aspiración político-religiosa. En la foto vemos una sola víctima (aunque hay indicios de que detrás hay otras más). Un hombre arrodillado, maniatado, vestido de negro, calzado con algo que, borrado por el polvo del tiroteo, parecen alpargatas. Puede ser un cristiano de alguna de las variadas sectas antiguas que existen en la región, o un musulmán chiita (el nuevo Califato es sunita, de la versión rival del islam), o un yazidí, practicante de una vieja religión derivada del zoroastrismo de los medos. Sus dos verdugos inmediatos disparan dos modelos distintos de fusiles ametralladores, sin duda de fabricantes diferentes. Porque al eiil o Califato lo arman muchos países, directa o indirectamente, y a veces involuntariamente: su armamento pesado norteamericano se lo quitaron al ejército iraquí. Y también son muy variados quienes lo financian, en particular los Estados petroleros del Golfo, Arabia y los emiratos, que le deben su portentosa riqueza a que su petróleo mantiene la civilización occidental. 

Vuelvo a la foto.

El ejecutor más cercano a la cámara, que al parecer cierra los ojos y sonríe cuando dispara, es un gordo barbudo de turbante negro que viste un camisón hasta los muslos sobre unos anchos pantalones blancos a media pantorrilla, y calza sandalias de cuero. El que viene detrás se tapa media cara con un turbante y una bufanda amarillos. Su vestimenta también es blanca pero parece más, digamos, occidental: ceñida al cuerpo, y con los pantalones bombachos a la turca enfundados en la caña de las botas de caucho. Un tercero, más atrás, se cubre la cabeza con una capucha negra como un pasamontañas de la ETA vasca, y lleva una camisa de camuflaje militar del ejército norteamericano. Del hombro le cuelga algo como un morral de cuero de pastor bíblico, y parece que con el brazo derecho desnudo le está dando con pistola un tiro de gracia a otro ejecutado más, invisible en la imagen. Otro encapuchado dispara con el cañón de su fusil hacia abajo, probablemente contra otro prisionero de rodillas. Y en el fondo, muy borroso, tocado con un sombrero de fieltro como el del cantante Bob Dylan, barbado y vestido con una camiseta sin mangas, dando la espalda al fusilamiento y en una postura que sugiere la de orinar contra la pared, un último personaje misterioso, cuyo pelo largo en la nuca parece el de un rockero occidental. Como el rapero inglés que, encapuchado, degolló a dos periodistas norteamericanos para colgar el macabro video en YouTube.

Porque en principio se trata de una guerra civil entre pueblos mediorientales: iraquíes, sirios, libios, kurdos, con intervención de saudíes, qataríes, iraníes. Pero esa guerra civil es el resultado de todas las intervenciones de Occidente en su expansión del último milenio, desde las Cruzadas de hace diez siglos hasta la invasión de Irak por los Estados Unidos hace diez años. Intervenciones en todos los órdenes: militar, cultural, armamentístico, cartográfico: las inestables fronteras arbitrarias de los países de Oriente Medio fueron trazadas con regla y lápiz en los años veinte del siglo xx por un estólido funcionario del Foreign Office británico que nunca había puesto los pies en la región. Y de Occidente vienen también unos millares de los yihadistas del nuevo Califato, hijos de inmigrantes musulmanes. Son ingleses, franceses, alemanes, que no piensan volver a esos países. Y sus pasaportes de la Unión Europea, según cuentan las agencias de prensa, se venden a buen precio en Trípoli, en Damasco y en Bagdad a refugiados que quieren escapar a Occidente de las guerras que les dejó Occidente.

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