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La épica maternal de Cuarón

Al igual que las grandes épicas de nuestra cultura, Gravedad cuenta la historia de un viaje de regreso a casa. Carolina Sanín comenta la más reciente película de Alfonso Cuarón.

2013/11/14

Por Carolina Sanín

La primera imagen que asociamos con una cuenta regresiva –es decir, con un conteo inverso del tiempo con el fin de establecer un instante en el que el tiempo recomience– es la del lanzamiento de un vehículo al espacio. El instante cero se materializa en una imagen eminentemente masculina: la del cohete que desafía la gravedad y emprende con un impulso vertical el viaje hacia el cielo, la exploración del universo. En su película Gravedad, Alfonso Cuarón ofrece una imagen alternativa para el descubrimiento del más allá. En lugar de la línea vertical propone una parábola y en lugar de la obvia imagen fálica del cohete propone la de una madre. Entretanto, sondea el sentido de la cuenta regresiva al presentar el final del viaje como equivalente al nacimiento, y la exploración del más allá como la exploración de la interioridad.

Al igual que las grandes épicas de nuestra cultura, Gravedad cuenta la historia de un viaje de regreso a casa. La protagonista enfrenta el mismo peligro que Odiseo, Eneas y Dante: el de perderse para siempre. Su meta, como la de ellos, es encontrarse consigo misma redescubriendo o refundando su lugar propio. La narración de Gravedad es simple: el viaje transcurre de estación en estación y de puerta en puerta. A la vez que se ciñe a las convenciones de la tradición épica –con todo y un guía muerto, cual Tiresias o Virgilio–, rinde homenaje a las convenciones del cine clásico. George Clooney, una vez más en el papel de Cary Grant, guía galantemente a la heroína a la manera del Hollywood de los años 40 y 50, y la imagen más climática de la película, la de la lágrima que flota en el espacio reflejando el rostro de la mujer que llora su muerte inminente, podría ser el emblema de los melodramas de la Época de Oro del cine mexicano.

Cuarón ha hecho una película que sigue la tradición literaria y cinematográfica al tiempo que la ironiza. Ha filmado nuestras convenciones más resistentes, pero las ha filmado sin gravedad. Al proponer la posibilidad de que la imagen y su transmisión prevalezcan sobre la máxima ley, ha hecho una revolución artística –una revolución pequeña como las que describe la protagonista al girar desasida alrededor de la Tierra, y una gran revolución, como la que precisamente convierte a la protagonista en un cuerpo celeste–.

Gravedad es una meditación acerca de la coincidencia de nuestra pertenencia al suelo con nuestra proyección hacia el infinito, como lo era Y tu mamá también, en la que otra heroína enfrentada a la muerte señalaba la infinitud de la vida a través de su amor por la tierra y de la enunciación de innumerables historias ajenas dentro de su viaje. Pero además de ser una meditación, Gravedad es una película sobre la meditación. Sus sugerencias místicas son claras, y no solo por las últimas palabras que dice en vida Kowalski (Clooney) al comentar la maravilla del sol sobre el Ganges. Una y otra vez, se nos habla acerca de la trascendencia y el renacimiento. La doctora Ryan Stone encuentra su camino de regreso cuando comprende, guiada por un muerto, que despegar es lo mismo que aterrizar.  Al superponer el vuelo de unos objetos  siderales y el de unas moscas, se ilustra la teoría del microcosmos. Al comparar la levedad del cuerpo en el espacio exterior con la levedad del cuerpo en el agua se alude al axioma hermético “Como es arriba es abajo”.

El viaje trascendental se inscribe en una parábola sobre la feminidad y la maternidad. La protagonista, una mujer que tiene nombre de hombre pues su padre esperaba el nacimiento de un hijo, sufre un drama doble: el de no haber hecho el duelo por la muerte de su hija y el de enfrentarse a una muerte lejana. Para recuperar el deseo de volver a casa, se despide finalmente de su hija enterrándola en el espacio. La salvación de la madre heroína depende del reconocimiento de su vínculo amoroso, de filiación, con la Tierra. Su regreso significa que también la Tierra podrá enterrar a su hija, la viajera. El segundo nacimiento de la doctora Stone (piedra) es el instante del reconocimiento de la maternidad y su identificación con su origen.

Para mí, el mayor valor de las espectaculares escenas ingrávidas en el espacio y las inimaginables tomas de la Tierra vista desde lejos es que hacen posible el último minuto la película, que nos revela lo que nos es más próximo y conocido: la gravedad. La protagonista renacida acaricia la tierra y se aferra a ella, y luego, con gran dificultad, vence su propio peso, como todos hacemos cada día. Se incorpora y da un primer paso, separándose nuevamente del suelo al que sabe que inevitablemente regresará. Me pareció entender que, después de todas sus hazañas inverosímiles, es en ese caminar sobre la superficie –en ese acatamiento que es a la vez nuevo desafío– donde reside su heroísmo.

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