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Guerrero civil

"Y en el sillón, el guerrero. No lleva uniforme del ejército sirio, sino que va vestido de negro polvoriento, como van unas, u otras, de las distintas milicias rebeldes".

2013/05/17

Por Antonio Caballero


Se libran en estos días en el mundo dos docenas de guerras, todas ellas civiles. Y también será civil, aunque se vuelva mundial, la que puede estallar de nuevo entre los coreanos del Norte y los coreanos del Sur. Pero en fin de cuentas una guerra civil se resume en esto que aquí vemos en una imagen de la agencia Reuters: un hombre armado con un fusil en la mitad de una calle, sentado en un sillón. Y la destrucción en torno.

La guerra de la foto es la de Siria: tal vez la más reciente (mientras esto escribo). La más reciente, en todo caso, para la propia Siria, que en los últimos tres o cuatro mil años ha sufrido el paso de mil guerras locales, civiles, extranjeras, imperiales. Esta de ahora es una guerra enredada y confusa, como lo son todas las guerras, sometidas a la ley de hierro de la incertidumbre. Con actores de distintas y cambiantes orientaciones políticas y de variadas creencias religiosas embarcados en un creciente remolino de sangre en el cual meten además el dedo los organismos internacionales, las empresas multinacionales, las grandes potencias mundiales, los países vecinos, el pequeño Israel, a la vez asediado y poderoso, amenazado y amenazador, fulcro del maelström del mundo. Una guerra incomprensible, y sin embargo perfectamente natural: se veía venir, y se ha visto venir desde siempre, y no se sabe cuándo se irá a ir, ni hacia dónde.

En el entorno, las calles de una ciudad –tal vez Alepo, tal vez Homs o Damasco: una de las ciudades milenarias del Oriente Medio, cien veces destruidas– vueltas pedazos a tiros de fusil, o a cañonazos, o por un bombardeo. Una larga calle desolada bajo el sol del medio día que se pierde en un cielo blanquecino, cruzada de cables colgantes, sembrada de cascotes y de escombros, de canecas, de bultos inidentificables, de chapas coarrugadas de tienda, de sillas destripadas, de grafitis, de conos de plástico color naranja olvidados por las autoridades municipales de tránsito. Todo bañado en el ocre opaco de la polvareda, y en apariencia silencioso. No se ve a nadie en las ventanas reventadas.

En el centro de la foto, el sillón. Sólido, de madera tallada, de buen peso: trabajo les debió costar a quienes lo tiraron tirarlo por la ventana a la mitad de la calle. Un sillón de blandos y pesados cojines, como hecho para seguir cómodamente por la televisión las noticias de una guerra que de golpe se mete entre la casa por la ventana. Pero a pesar de los imprevisibles desastres de la guerra, y salvo por un jirón de forro desgarrado que cuelga por el respaldo, el sillón de tela verde con florones amarillos parece intacto.

Y en el sillón, el guerrero. No lleva uniforme del ejército sirio, sino que va vestido de negro polvoriento, como van unas, u otras, de las distintas milicias rebeldes. No está en mucha postura de guerrear: espernancado en su sillón y con el fusil casi abandonado entre las piernas, con el cañón ya enfriado que apunta al cielo y el curvo cargador apoyado en la rodilla. ¿Un fusil donado por quién? ¿Un gobierno amigo, un gobierno enemigo, una organización no gubernamental sin ánimo de lucro, un traficante de armas? Una de esas camisetas con marca en la tetilla (una gaviota, un caballo: no se ve), que son más numerosas todavía que los fusiles de asalto. Y en el texto de periódico que acompaña esta foto que ahora estudio se habla también del uso de armas químicas en la guerra civil siria y declara el Secretario de Defensa de los Estados Unidos, cauteloso y preocupado:

–No podemos confirmar el origen de estas armas, pero creemos que habrían procedido muy probablemente del régimen de Bashar Al Assad. ¿Y quién se las vendió al régimen de Assad? ¿Rusia? ¿Los Estados Unidos? No son muchos los fabricantes de armas químicas en el mundo. Y no siempre coinciden de manera congruente la geopolítica y el geocomercio. Tal vez de ahí provienen la cautela y la preocupación del alto funcionario.

Vuelvo al guerrero sirio sentado en su sillón. Cara bastante bestial, o, si se prefiere, de una belleza clásica mediterránea, grecorromana. Nuca recta como una tabla. Frente estrecha. Recta nariz. Boca bien dibujada sobre una fuerte mandíbula subrayada por un ralo collar de barba. En las cuencas profundas de los ojos, la mirada vacía de las estatuas.

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