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Hasta la próxima vez

Ojalá esta vez sí sea de verdad la última vez que hacemos cola en Colombia para entregar las armas.

2013/06/13

Por Antonio Caballero

Al fondo, la mancha borrosa de la cordillera en el piedemonte llanero, que se vería azulada si esta fotografía fuera en colores. Pero no lo es. Es una foto de periódico de mediados de 1953, cuando a raíz del “golpe de opinión” del general Gustavo Rojas Pinilla, del cual se cumplen sesenta años este 13 de junio, las guerrillas liberales del Llano entregaron las armas. No tenía entonces colorines la prensa colombiana, y tal vez ni siquiera habían llegado al país los primeros rollos Kodak en color. Así que miren esta imagen de la Colombia de esos tiempos remotos, en blanco y negro y gris. Alones sombrerotes negros, una larga y serpenteante fila india de camisas blancas, de pantalones arremangados hasta la corva de un vago color caqui desteñido que en la fotografía sale gris pálido: esos flojos pantalones de dril holgados de fundillos que se usaban entonces en la tierra caliente. En una crónica testimonial de la época cuenta con asombro Anne Kipper, corresponsal francesa de la agencia AFP, que entre los guerrilleros los había sin camisa. “Soldados sin coraza”, había llamado el pomposo poeta (y cuatro veces presidente de la República) Rafael Núñez en un pomposo poema que acabó convertido en himno nacional a los combatientes semidesnudos de la guerra de Independencia.

No solo sin coraza. Jinetes sin caballo. Miren las piernas cascorvas del jinete de a pie de ese que va delante, encabezando la marcha para entregar su arma, pero no su caballo de llanero descalzo, de los que montaban con solo el dedo gordo del pie apoyado en una argolla engarzada en la estribera de la silla. Vaqueros del campo. Civiles armados. Guerrilleros descalzos, mal armados. Miren esos cañones largos y delgaditos de escopetas de fisto, de viejos fusiles gras desenterrados de las guerras civiles del siglo XIX. Porque aquí las guerras se repiten, nunca bien enterradas. Estos guerrilleros del Llano entregaron las armas esa vez al gobierno militar de Rojas Pinilla, quien acababa de proclamar pomposamente por radio:

—¡No más sangre, no más depredaciones! ¡No más rencillas entre los hijos de una misma Colombia inmortal!

Entregaron las armas en vez de enterrarlas otra vez, para la vez siguiente. Y al poco tiempo los mataron, desarmados.

Porque no cesaron las rencillas fraternales. Sus causas seguían intactas. Veinticinco años más tarde el presidente Belisario Betancur ?inauguraba su gobierno proclamando pomposamente por radio (y por televisión):

—¡No quiero que se derrame ni una gota más de sangre hermana colombiana!?Pero siguió derramándose. Pasados otros veinte años Andrés Pastrana podía, con la naturalidad sin esfuerzo que da el acostumbramiento, proclamar pomposamente en su discurso de posesión:

—¡El presidente de la República asume el liderazgo irrenunciable de construir la paz!

Y nada.

En esas estamos. Las rencillas entre hijos de una misma Colombia inmortal, por no llamarlas guerras civiles, son el único lazo fraternal que nos ha unido desde la Independencia. Quince años después del de Pastrana, Juan Manuel Santos anunciaba pomposamente en su propio discurso de posesión presidencial:

—¡Yo aspiro a sembrar las bases de una verdadera reconciliación entre los colombianos!

Y ahí están otra vez los guerrilleros negociando una entrega –una “dejación”, matizan, tal vez para volverlas a enterrar– de las armas. Ahora son otras: tienen hasta cohetes tierra-aire para derribar aviones, según se dice (aunque por el momento no han derribado ninguno). Y ellos son otros: los sucesores contumaces de los pequeños grupos que, a costa de ser tratados de bandoleros y no de guerrilleros, sobrevivieron sin entrega. Ya no son los campesinos enjutos y nervudos de la fotografía en blanco y negro, sino unos sexagenarios barrigudos y carretudos que para leer una proclama tienen que ponerse las gafas. Los pueden ver ustedes en la televisión.

Ojalá esta vez sí sea de verdad la última vez que hacemos cola en Colombia para entregar las armas.

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