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Haz lo que quieras

Margarita Valencia resalta la obra de Rabelais, en un mundo que ha olvidado el poder genuinamente purificador de la risa.

2010/03/15

Por Margarita Valencia

Gravitas: seriedad, compostura, circunspección, dignidad; cualidad indispensable en el pater familias en el comienzo del Imperio romano, que también fue el comienzo de la era cristiana. El uno y la otra coincidieron además en su defensa a ultranza y final imposición de una ética sexual que condena la carne y el cuerpo, que defiende el recato, el pudor, la parquedad en los gestos, la discreción en el movimiento y en las palabras; que aborrece, en suma, las manifestaciones explícitas de gozo y de júbilo: desde entonces la risa y el sexo solo aparecen juntos en las tabernas, al amparo del vino y de la clandestinidad. La gravitas ejerce sobre las almas la misma fuerza que la gravedad sobre los cuerpos y les impide toda ligereza, las congela en poses de mármol cuya belleza hemos de apreciar tan contenidamente que la literatura rebosa de momentos en los que la emoción estética y el llanto se abrazan conmovidos mientras que escasean las carcajadas jubilosas. La risa deforma los cuerpos de la misma manera como el humor destruye la armonía al exagerar los rasgos: no la armonía natural, valga la aclaración, sino la idea de armonía impuesta después de siglos de parsimonia emocional.

Persiste una versión del humor tolerada bajo el dominio de la gravitas, un humor que corrige con severa benevolencia los descarríos de los que se dejan llevar por los excesos. Es el humor de la comedia latina, que castiga al soldado fanfarrón y denuncia al viejo que se empeña en alcanzar los favores de la joven. Es el humor que sostiene muchas de las comedias shakespearianas: Las alegres comadres de Windsor, por ejemplo, o La fierecilla domada, en las cuales al final se restablece el orden, de manera que la vida, de nuevo triunfante, pueda seguir su curso; pero al lado de los tontos villanos que obstaculizan con su mezquindad el curso natural del amor (previsibles e insoportables como Malvolio) aparecen figuras perturbadoras como Falstaff, que se ríen de nosotros y se ríen de sí mismos con idéntica crueldad y que al final deben morir para que sea creíble la investidura del príncipe Hal convertido en rey.

A esta visión de lo cómico apunta el análisis que Freud hace del chiste, y que concluye subrayando el poder del humor para liberarnos momentáneamente de la represión. La afinidad que establece entre el estado de ánimo inducido por el alcohol (la alegría que suprime la coerción crítica) y el inducido por el chiste ya había quedado claramente establecida por Rabelais en el siglo XVI, en una obra tan marcada por la desmesura que lo pantagruélico quedó consignado en el diccionario como sinónimo de excesos. “Todos los bebedores de bien, venid sedientos a mi tonel”, ordena en el prólogo del tercero de los libros de Gargantúa y Pantagruel a guisa de invitación al lector; “si no queréis, no bebáis; si queréis y el vino es grato a la señoría de vuestras señorías, bebed francamente, libremente, ostentosamente, sin pagar cosa alguna, y no lo derraméis”.

A la hilaridad permitida en su época, modesta y recatada, Rabelais opuso toda la obscenidad y la impudicia del humor carnavalesco, nacido de la prehistoria del hombre y profundamente arraigado en la intuición de que lo sexual y lo excrementicio forman parte indisoluble del ciclo natural de vida y muerte, jubiloso, temible, intenso. Armado de una erudición monumental —no podía ser de otra manera—, tan impresionante como el linaje de Pantagruel, que lista sesenta antepasados (entre los cuales Goliat y los titanes), Rabelais arrasó las instituciones de la represión de su época —la Iglesia, la universidad y la monarquía— con la minuciosidad de la marabunta, hasta tal punto que muchas de sus alusiones resultan hoy incomprensibles. No importa: el espíritu de la risa sigue vivo en la única cláusula que impera en la abadía fundada por el hermano Juan en las tierras de Telema, las tierras de la voluntad, en recompensa por sus buenos servicios durante la guerra contra Picrochole: Haz lo que quieras.

Cuatro siglos después, en una obra tan grotesca y tan excesiva como la de Rabelais, Kafka dio fe del fracaso del francés y del triunfo de la gravitas y de la represión; y su extraño sentido de lo cómico también dejó una huella en el diccionario, esta vez para denominar la angustia que impera en un mundo que ha olvidado el poder genuinamente purificador de la risa.

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