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Humanismo geológico

Entre los muchos aciertos del autor de Al oído de la cordillera, que es geólogo de formación, está el de asumir la responsabilidad de mostrar cómo puede introducirse, sin fisuras, la explicación científica en la descripción poética y cómo el conocimiento acentúa la emoción.

2014/09/23

Por Carolina Sanín

Leí un libro excelente: Al oído de la cordillera, del escritor colombiano Ignacio Piedrahíta. Fue publicado en Medellín por Eafit en 2011 y se han hecho cuatro reimpresiones. La edición que tengo es la segunda y es fea. No fue lo suficientemente revisada y su portada está mal adornada con una ilustración obvia, ordinaria y deslucida casi al punto del desdén. Anotado el desacierto de la edición, sigue decir que el texto es pura grandeza y belleza. Se trata de una serie de crónicas, o mejor, de episodios ensartados entre sí, que relatan un viaje a través de Suramérica sobre el lomo de la cordillera de los Andes, de Colombia a Tierra del Fuego. Es un viaje en las alturas y un viaje en bajada: de norte a sur y de la superficie al núcleo, de la piel al corazón del viajero, desde el suelo hasta el magma y de allí hacia el límite de la realidad recorrible y reconocible.

[La forma de Suramérica] me recuerda a la del genio persa que sale de la lámpara de aceite: desde unos pies diminutos se va expandiendo, como el humo, hasta formar su amplio torso. Según esta imagen, yo he comenzado el recorrido en uno de los hombros del genio y he descendido por el costado de su cuerpo, a lo largo de esa enorme cicatriz que es la cordillera de los Andes, hasta llegar a sus tobillos. Si bien la idea de lejanía está presente y me domina, saber que la cadena de montañas me une con mi lugar de origen me da la sensación de ser incapaz de olvidar el camino a casa”.

Piedrahíta escribe en primera persona y su voz se retrae para observar su mirada. Podría decirse que el libro describe la formación de una mirada, de la que se tiende en doble vía entre el hombre y la montaña. La búsqueda del significado de lo particularmente humano en el paisaje genera una voz desprovista de exaltación, en la que veo más un montañoso humanismo suramericano que una alusión al romanticismo. No solo el accidente geográfico refleja el ánimo, sino que, para hacerlo, debe a su vez animarse, darse a la interpretación, entrar como personaje en el teatro de las abstracciones.

“Se me ocurre que esta bruma envuelve al cerro en misterio. Luego pienso, sin embargo, que no hay aquí ningún enigma, sino la idea, más profunda, de austeridad”.

“Lava es magma que ha logrado abandonar su largo confinamiento; lava es magma en libertad, una libertad que se ejerce por unos segundos apenas, antes de que se enfríe de nuevo al contacto con el aire y vuelva a ser roca sólida e inmutable”.

A través de la exhibición de sus estratos visibles producidos por cambios inmemoriales, los accidentes narran el viaje del hombre que se investiga; es decir, las montañas anuncian el libro. La variedad de la roca no solo sirve de metáfora a los estados del alma humana, sino que cuenta su historia:

“Antes de ser parte de la roca, los granos han debido desprenderse de otra roca. Solo entonces han podido comenzar a viajar, entregados a una corriente de agua o de viento. Se mantienen suspendidos hasta que la turbulencia se aquieta, y caen. Quedan sepultados por otros hasta alcanzar cierta profundidad bajo el suelo. Allí, aguas subterráneas llenan los espacios que quedan entre los granos, y más tarde todo se cementa y forma una nueva roca, con el tiempo. En la quietud de la arenisca está representada la libertad del viaje para retornar a sí mismo”.

“(Las capas geológicas) sugieren que la vida no es un camino sino una sucesión de colores, texturas, sentimientos. El viaje es un salto, una discontinuidad, para pasar de un estado a otro”.

“O, como en el caso de las rocas sedimentarias, somos incapaces de vivir fragmentados y necesitamos de algo que nos una; somos esa unión y es en ella que confiamos. No somos nosotros, sino la fuerza que nos mantiene unidos. Si no, ¿por qué la sospecha de que tarde o temprano un soplo nos puede disgregar?”.

Entre los muchos aciertos del autor de Al oído de la cordillera, que es geólogo de formación, está el de asumir la responsabilidad de mostrar cómo puede introducirse, sin fisuras, la explicación científica en la descripción poética y cómo el conocimiento acentúa la emoción. Piedrahíta es poco reiterativo, curioso en la elección del léxico. No por ser clara es desenvuelta su escritura, y en ello encuentro otra de sus bondades. En aparente contradicción con su sosiego narrativo, se siente una pertinaz resistencia a escribir, un aplazamiento imperioso. El momento en el que el hombre se mira con la montaña, que constituye, en últimas, el único acontecimiento del texto, es elusivo. El lector se hace consciente de que la radical intimidad de ese momento es la prehistoria de la historia y está como sepultada en las capas que han formado la montaña misma, y siente que, en esa revelación de que nunca estará leyendo el acontecimiento, le están diciendo la verdad.

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