Por Sandra Borda.
  • El celador Néstor Elí, uno de los personajes de Jaime Garzón.

Humor y política

Recientemente se reunió, como todos los años, el pleno del complejo industrial periodístico estadounidense en la fastuosa “cena de corresponsales” a la que asiste sin falta el presidente de Estados Unidos. El propósito es, entre otros, celebrar el ejercicio del periodismo a través de una herramienta no ajena al gremio en ese país: el humor.

2015/05/22

Por Sandra Borda

Recientemente se reunió, como todos los años, el pleno del complejo industrial periodístico estadounidense en la fastuosa “cena de corresponsales” a la que asiste sin falta el presidente de Estados Unidos. El propósito es, entre otros, celebrar el ejercicio del periodismo a través de una herramienta no ajena al gremio en ese país: el humor. El protocolo se inicia con un discurso lleno de bromas del comediante de moda y continua con un discurso del presidente del mismo estilo. El humor se torna tan negro y ofensivo, que a veces es difícil saber si el objetivo es pasar un buen rato o simplemente que el presidente se saque los clavos que resultan de un año completo de cubrimiento mediático, en muchas ocasiones muy agraviante.

Siempre que escucho esos discursos y veo programas como The Daily Show con Jon Stewart, el Colbert Report con Steven Colbert o el más reciente Last Week Tonight con John Oliver (los dos primeros saldrán del aire este año), me pregunto ¿por qué en Colombia la relación entre humor y política es tan distante?, ¿por qué el humor en este país no es insolente, irreverente, crítico, y no cumple su función social como canal de expresión de descontentos y frustraciones del ciudadano común y corriente?

Claro, la primera respuesta es simple: en un país como este, hacer humor político es un trabajo de alto riesgo; usted puede perder la vida en el intento. Recuerden a Jaime Garzón. Colombia es una nación muy joven, adolescente si quieren, que todavía no tiene la piel gruesa y no tolera que se burlen de ella. Tanto problema junto (conflicto, corrupción, narcotráfico, pobreza, etcétera) nos ha convertido en la jovencita de la cara llena de acné y con frenillo que no logra socializar bien, que está llena de incertidumbres e inseguridades y que solo quiere vivir encerrada en su cuarto; quiere que la dejen en paz (¡!) y reacciona con violencia cuando le hacen cualquier chistecito. Lejos estamos de ser la porrista del curso a la que le resbala todo.

A los países les pasa como a las personas: la llegada de la adultez los vuelve más tolerantes y comprensivos con el humor. Llega el momento en el que incluso adquieren la capacidad de burlarse de sí mismos con facilidad. Eso sí, nadie está listo para tolerarlo todo y sin límites: en Estados Unidos, por ejemplo, la barrera de lo “políticamente correcto” define qué tipo de humor es aceptable y qué tipo es inaceptable por discriminatorio. Es preciso no echarse cuentos: esa etapa de la vida en la que a uno le vale huevo absolutamente todo simplemente no existe.

Pero en Colombia la explicación sobre este divorcio entre humor y política no tiene que ver solamente con la violencia. Creo que somos, como sociedad, muy obsecuentes con el poder en todas sus formas: no cuestionamos ni el poder del jefe en la oficina ni el poder del jefe de Estado en el Palacio de Nariño. Nuestra lógica es bien instrumental: si alguien se ofende, se queda uno sin puesto o sin mermelada. Por eso, hacer humor político requiere algo de valentía.


El celador Néstor Elí, uno de los personajes de Jaime Garzón.

Y es que además tenemos una clase política que se ofende fácil: preocupados por su imagen, dan órdenes de que no los imiten y sienten que la parodia debilita su investidura y honorabilidad. Es decir, toda esa inversión en carros blindados, en corbatas, en maquillaje, en vestidos caros y en escoltas está destinada a que luzcan majestuosos, importantes, invencibles, poderosos. El humor político bien hecho los baja de ese falso pedestal y los pone a nuestro nivel, por eso lo aborrecen.

Optamos entonces por usar un humor fácil y poco sofisticado que no los enoje, que no involucre ningún tipo de investigación periodística y que no vaya más allá de las imitaciones intrascendentes de personajes nacionales. La idea del humor político es aproximarse a las contradicciones y las realidades absurdas de nuestra sociedad, develarlas, discutirlas y burlarse de ellas. Para eso hay que investigar y hacer buen periodismo, no solo hacer chistes pendejos (sáquenle tiempo y miren algún día lo que hace John Oliver). Mejor dicho, el humor político es en su forma más inteligente una forma de hacer periodismo investigativo. Pero bueno, qué se puede esperar en un país en donde el periodismo investigativo– incluso en serio– es una rareza…

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