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Inmolados

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La lengua absuelta

Marta Ruíz reflexiona sobre la inmolación de Mohamed Bouazizi y Abdesslem Trimech en contra del régimen tunecino.

Por: Marta Ruiz

Publicado el: 2011-02-23

El 3 de marzo del año pasado Abdesslem Trimech, un vendedor ambulante de Monastir, una pequeña ciudad costera en Túnez, se prendió fuego en la calle, desesperado por las trabas burocráticas que el gobierno le puso para ejercer su trabajo como vendedor ambulante. Excepto por unos cuantos obituarios y condolencias a su familia, nadie se enteró.

 

El 17 de diciembre pasado, otro tunecino, Mohamed Bouazizi, se inmoló por razones similares frente al edificio de la gobernación de su ciudad, Sidi Bouzid. Y estalló la revolución. Como Timech, Bouazizi era joven y vendedor ambulante. Había estudiado informática, pero no pudo encontrar empleo y terminó vendiendo frutas en una carreta para ayudar a sostener a su familia. Le faltaban los permisos del caso, y por eso ese día una opresora burócrata municipal le decomisó sus manzanas, lo abofeteó y lo humilló en público. Arrebatado por la indignación, se roció combustible en el cuerpo y se prendió fuego. Pero esta vez, un primo de Mohamed, Ali Bouazizi, un reconocido activista político, se pegó de Facebook y empezó a crear una descarga de información que nadie pudo frenar. Mostró la agonía de su primo durante dos semanas en el hospital, a la madre de Mohamed clamando justicia ante un gobierno despótico; y las protestas que familiares y las centrales sindicales empezaron a promover en esa hasta entonces insignificante ciudad.

 

De Facebook la historia saltó a la televisión, primero a Al Jazeera, y luego a un canal local. Y fue en ese momento cuando empezó a tambalear el gobierno. El desenlace es harto conocido. Ahora Bouazizi pasará a la historia como un mártir cuyo fuego se convirtió en la chispa que encendió la llamada revolución de los jazmines. Una revolución que quizá no lo sea tanto: en Túnez siguen los disturbios y mueren personas todos los días, pero ya las cámaras se han ido a Egipto.

 

Trimech habría quedado en el olvido, con su sacrificio inútil, si su alter ego, el joven Bouazizi, no se hubiera convertido en un fenómeno mediático, en un contexto en el que silenciar las redes sociales es prácticamente imposible, tal como lo ha comprobado Mubarak en Egipto. Quizá Bouazizi tocó la fibra que no pudo alcanzar el otro: mostrarse como un espejo de la desesperación de miles.

 

Prácticamente en los mismos días que Túnez se conmovía con la muerte del muchacho, Colombia se estremecía con el crimen de dos jóvenes estudiantes universitarios: Mateo Matamala y Margarita Gómez. Muchos se preguntaron por qué sus muertes y no otras de las miles que han ocurrido desde hace un lustro en Córdoba, Magdalena, Meta, Nariño y Antioquia (entre otras regiones) por cuenta del crimen organizado, recibieron el despliegue de los medios. La interpretación ligera que se ha hecho es que el asesinato cobró relieve por ser ellos jóvenes estudiantes de la Universidad de los Andes y por pertenecer a la elite bogotana. Pero no se trata sólo de eso. Los periodistas acudieron en masa no sólo por instinto arribista, o porque como en el caso de Bouazizi, la familia tuvo acceso a medios de información, como no lo han tenido otras cuyos muertos quedan arrumados en cifras anodinas. El asesinato de los dos muchachos le mostró al país un espejo roto en mil pedazos donde se ha hecho trizas el mito de la seguridad, al que se han aferrado las clases medias urbanas y cuya caricatura más banal es que se puede salir de vacaciones sin problemas. La pareja Matamala- Gómez le contó a ese país apoltronado, que la promesa de aquel paraíso no existe. Y que por el contrario, estamos en problemas graves.

 

Quién sabe en su momento qué fibra del alma colectiva de Túnez tocó la imagen del joven inmolado, para desatar una revolución que opacó todas las muertes pasadas y las que han seguido. En Colombia no llegamos a tanto. Por lo menos Mateo y Margarita, por la manera como vivieron y por las circunstancias de su muerte, se salvaron de llevar la etiqueta con la que las autoridades sellan el destino de olvido de los muertos: la de que ?algo debían?. Y eso en este país indolente, ya es algo.