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¿Intelectuales inofensivos?

Marta Ruíz habla del papel del debate intelectual en la guerra, el terrorismo y la política

2010/03/15

Por Marta Ruíz

En el pasado Hay Festival de Cartagena Michael Ignatieff, como estaba previsto, deslumbró con sus comentarios sobre la moral de la guerra, el terrorismo y la política. El autor de El honor del guerrero, El mal menor, y La guerra virtual, tiene no solo el mérito de ser un erudito y gran escritor, sino de haber pasado de ser un periodista e intelectual, a convertirse nada menos que en el jefe de la oposición en el parlamento de Canadá.

Desde el año pasado, prácticamente no existe entrevista o conversación en la que Ignatieff no se vea obligado a referirse a su autocrítica pública por el apoyo que le dio, en su momento, a la invasión de Irak. Cuando para una buena parte de los intelectuales, la guerra era un despropósito, posiciones como la de Ignatieff fueron como un bálsamo para Bush. Era alguien que no adhería a la guerra por intereses privados, sino por convicciones democráticas.

No es usual que un intelectual se deshaga de la vanidad y enfrente a su público para decirle que se equivocó. La autocrítica de Ignatieff es valiente y profunda, pero por lo menos uno de sus argumentos muy debatible.

Dice Ignatieff que cuando se dedicaba a escribir, se sentía más libre, entre otras cosas, porque sus errores de juicio lo afectaban solo a él. Según esto, si un intelectual se equivoca, es su credibilidad la que se lastima. En cambio, los errores de los políticos los sufren los ciudadanos.

Vamos por partes. Que los políticos tomen decisiones que afectan a la gente, es una verdad de a puño. Que los intelectuales se deban solo a sí mismos, es menos cierto. Particularmente porque los intelectuales están cada vez más mediatizados, y sus escritos tienen un impacto que nadie puede medir ni predecir en la opinión pública. Los medios son ahora el escenario del debate intelectual. Ya no solo la academia, ni los bohemios cafés. Esos eran otros tiempos.

Los intelectuales pueden decir lo que quieran, sin duda. En ese sentido, Ignatieff tiene razón. Se trata de una libertad absoluta. Pero en el tema de la guerra, su papel es crítico. Y lo que dicen tiene consecuencias. Especialmente en el caso de los periodistas, aunque llamar intelectuales a los periodistas arranque sonrisas socarronas.

Esto es relevante para el caso de la guerra colombiana. El propio Ignatieff dijo al final de su conferencia que son los periodistas quienes deciden quién es víctima en una guerra, solo con hacerla visible. Se refería, por supuesto, a la guerra de los Balcanes, donde habrían sido los medios quienes señalaron a los serbios como los victimarios, ocultando que muchos de ellos fueron, a su vez, víctimas. Y viceversa. Como los bosnios eran las víctimas, no se mostraron sus crímenes. Lo que muestran, o no muestran, los medios incide en el tipo de moral que se impone en la sociedad.

Nadie ignora que el éxito de la marcha contra las Farc del 4 de febrero se debió no tanto a la convocatoria juvenil en Facebook, como al despliegue periodístico para sensibilizar a la gente frente al tema del secuestro. En contraste, la manifestación que se programa para el 6 de marzo para reivindicar a las víctimas de los paramilitares ha contado con un tímido apoyo. ¿Es este el reflejo de la moral que se ha impuesto? ¿Tienen los periodistas y los medios algo que ver en la constitución de esta moral?

A veces, como en el caso de Ignatieff, la autocrítica se hace por haber tomado una posición incorrecta frente a una guerra. Pero en ocasiones, habría que hacérsela también por no haber tomado ninguna posición frente a ella. Y, otras más, por el silencio.

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