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Juego de palabras

Marta Ruiz habla sobre lo veraz y lo verosímil

2010/03/15

Por Marta Ruiz

El otro día, leyendo la biografía de Vasily Grossman, me encontré con una frase: “Tenemos que respetar la verdad despiadada de la guerra”. Se la dijo Grossman a su editor cuando este le pidió que en lugar de un final trágico, hiciera un epílogo heroico y feliz de su novela El pueblo inmortal. Resulta curioso que Grossman quisiera que su novela se leyera como algo “veraz” donde el protagonista muere, como murieron tantos rusos en la batalla de Stalingrado. Cambiar el final, y resucitar al personaje de entre los muertos, habría animado más a sus lectores, que eran casi todos soldados, y aunque no fuera “veraz” habría sido “verosímil”, que es lo que se le pide que sean a las novelas.

Ese jueguito de palabras me obsesiona desde que se lo escuché en una conferencia a Carlos Monsiváis. Lo “veraz”, según dice el diccionario de la lengua española, es aquello que “dice, usa o profesa siempre la verdad”. El asunto hasta aquí parece fácil. Todo el mundo sabe qué es la verdad, ¿o no? La cosa se pone difícil con lo “verosímil”, pues según la Biblia aquella tiene dos significados. El primero, “que tiene apariencia de verdadero”. Es decir, algo bien maquillado. El segundo, “creíble por no ofrecer carácter alguno de falsedad”. Palabras más, palabras menos, que algo es verdad hasta que no se demuestre lo contrario. Y ahí es donde comienza la confusión para los periodistas.

Tengo la impresión que a medida que se profundiza la crisis, en varios escenarios, tenemos historias muy verosímiles pero quién sabe qué tan veraces. Y viceversa.

Hace dos meses estaba terminado un artículo sobre los cabos sueltos que dejaba el bombardeo en el que murió Raúl Reyes. La foto del jefe guerrillero destrozado había sido exhibida como prueba de “veracidad”. Parecía veraz que era él, que estaba en Ecuador y que estaba muerto. El resto de detalles –incluido el supercomputador– parecían apenas verosímiles y había más preguntas que respuestas. Cuando le puse el punto final a mi artículo oí una gran algarabía en la sala de redacción porque los presidentes Uribe, Chávez y Correa estaban trenzados en una cantidad de abrazos que todos vimos por televisión y que a pesar de que eran “verosímiles” todavía dudo de su veracidad. Los abrazos mataron mi artículo. ¿Después de semejante euforia a quién le interesa la verdad?

A los pocos minutos estallaba una noticia “veraz”, pero “inverosímil”. Rojas, un guerrillero con fama tenebrosa, entregaba una mano como prueba de que había matado a otro hombre fuerte de las Farc: Iván Ríos. Después pasamos dos semanas tras una noticia tan “inverosímil” como poco “veraz”. Se decía que Íngrid Betancourt había estado en un centro de salud en pleno corazón del Guaviare. En tiempos racionales, un análisis lógico habría bastado para decir que era un absurdo, un imposible que eso hubiese ocurrido. Pero como aquí todo puede pasar, y de hecho, todo pasa, pues allí estuvo la prensa dando vueltas durante no sé cuánto tiempo. Lo verosímil otra vez en primera plana. Como ocurrió con la famosa foto del ministro ecuatoriano Larrea que claramente “tenía apariencia de verdadera”. Pero, sencillamente, no lo era.

Quizá en épocas difíciles como esta, donde verdad y mentira están juntas como el oro y la escoria, los periodistas dedicamos demasiado tiempo a historias “verosímiles” que cautivan fácilmente al público. De aquellas que quería publicar el editor de Grossman. La verdad quizá sea una ilusión, pero el periodismo consiste en buscarla. Por más despiadada que sea.

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