BUSCAR:

La Academia de los sapos

Sopor i piropos

Nicolás Morales se va lanza en ristre contra la Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas.

Por: Nicolás Morales

Publicado el: 2012-11-28

El rumor fue creciendo en corrillos y ágapes. Sin embargo, solo en una columna del 21 de octubre en Razón Pública, alguien tuvo el valor de prender el ventilador. La Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas, presidida por Laura García, se hizo zancadilla a sí misma y en un extraño juego nominó a El cartel de los sapos a la preselección de Mejor Película Extranjera en los Premios Oscar 2013. El artículo de Pedro Adrián Zuluaga es una obra maestra que empieza develando una conspiración “que huele a camarilla, a imposición de un sector ‘poderoso’” para luego mostrar cómo la Academia habría sido cooptada por los hermanos Manolo y Juancho Cardona, exitosos productores de este taquillero pastiche de muy dudosa calidad. ¿Cómo es que este hueso hipertelevisivo, “tributo al lugar común” –para utilizar las palabras de Zuluaga– logró ser seleccionado como representante del país a cualquier certamen internacional? Seguramente nunca lo sabremos, pero con seguridad sí sentimos el olor a alcantarilla destapada que emerge del afiche promocional de El cartel de los sapos para colarse en las decisiones de una institución cultural que supondríamos ajena a tan untuosas corrientes subterráneas. Dice Laura García, presidente de esta “Academia” y vocera de todos sus miembros, que El cartel de los sapos es “una cinta que seguramente será reconocida y admirada por audiencias de muchas latitudes”. Afirmación temeraria en cualquier contexto distinto al club de fans del Blog del Narco y sus subsidiarias. Sin embargo, lo que en realidad me pregunto es si esta excelente actriz tendría el mismo criterio si habláramos de teatro y no de cine. Laura, ¿qué pasaría si Jeringa y Tatiana de los Ríos, fueran nominados por algún comité local para participar en, digamos, el Festival Cervantino?

No voy a adentrarme en lo ya dicho por el agudo Pedro Adrián. En cambio, quiero resaltar que este escandalo, típico de gremios culturales de república bananera, sucede justamente durante la exhibición de dos películas colombianas impresionantes: La Sirga y La Playa D.C., ambas piezas de relojería que retratan personajes y situaciones cotidianas con delicadeza, pasión e inteligencia; películas hechas en un país que es más grande y variado que ese de mafiosos sanguinarios en el que los medios y ciertas Academias parecen querer obligarnos a vivir. Sin lugar a dudas, cualquiera de estas dos películas habría representado con mucha más altura a Colombia, pues se trata de filmes que rompen el molde de esa narración televisiva tan de moda por estos años.

Hay que decir que La Sirga es un producto más acabado y que La Playa  D.C. resulta más artesanal. Pero las dos son películas bellas, conmovedoras y exigentes. Estas son las obras que deberían invadir nuestras pantallas. Por cierto, ambas fueron producidas por Diana Bustamante, quien sin duda se lleva nuestro piropo del año, no solo por este par de maravillas sino por haber formado parte del equipo de Los viajes del viento. ¿Es una casualidad que esta cineasta de la Universidad Nacional de Colombia esté involucrada en las tres mejores películas colombianas de la última década? No creo. Qué curioso, estuvimos esperando un director milagro en los últimos años y lo que conseguimos fue una productora de lujo. Esperamos una estela de nuevos directores que le dieran un poco de brillo al nuevo cine nacional y ha sido Bustamante quien logró reclutarlos.

Hemos esperado por años películas que comprueben que los millones de pesos invertidos desde el Estado en promoción cinematográfica tienen sentido porque apoyan la creación de historias más reales y cercanas en lugar de interminables sagas delincuenciales que solo sirven para perpetuar ese estigma del colombiano torcido y exitoso con el que nuestros canales de televisión se lucran en telenovelas, seriados y noticieros. La Sirga y La Playa D.C. son las dos películas que nos dicen que la televisión ya no es la base del trabajo argumental de nuestro cine y que, con esa ruptura, los imaginarios culturales del país ganan algo invaluable. Tarde o temprano, la onda expansiva generada por estas películas sacudirá los muros de canales y de “Academias” que hoy en día solo sirven para pegar Carteles.