La Ballena Blanca

Antonio Caballero reflexiona sobre la imagen del crucero Allure.

2010/01/26

Por Antonio Caballero

Miren este buque monstruoso, ancho y chato como las instalaciones de un cuartel, acribillado de infinitas ventanas que ni siquiera son, como lo exigiría la tradición naval, ojos de buey: son ventanas de rascacielos. Es como un barrio entero que flota. Hace pensar en el delirio paranoico del cuento de Edgar Allan Poe “Manuscrito hallado en una botella”, en el que un velero de dimensiones inhumanas poblado —aunque no tripulado— por cientos de marineros con los ojos perdidos, “impregnados por el espíritu de la vejez”, navega con todas las velas desplegadas rumbo a una desconocida catástrofe. ?Este barco de la foto es aún más terrorífico que el de la invención de Poe. Desplaza 225 mil toneladas. Mide 64 metros de manga y 360 de eslora, y quince pisos de altura. Le caben seis mil pasajeros, y entre marineros y camareros requiere dos mil tripulantes. Uno solo de sus restaurantes es semejante a un estadio en el que pueden acomodarse a la vez tres mil comensales. Y hay veinticinco más en todo el buque, sin contar bares ni cafeterías ni algo que llaman “opciones saludables de alimentación”. Tiene casinos de juego, locales de karaoke, un carrusel de caballitos, una tienda artística de maletas y elementos de oficina, un lobby y un bulevar comercial tan grande como un “mall” de Miami, piscinas para espectáculos acuáticos, teatros, cines, discotecas, gimnasios, cafés internet. Y muchos, muchos, muchos recreacionistas, que pueden inclusive —según informa el largo publirreportaje de prensa de donde saco todos estos datos— organizarles a los pasajeros “desayunos con personajes sin costo adicional”.

 

Recomienda el anuncio, quizás por el fundado temor de que ante estas cifras alguien se sienta invadido por un mareo de claustrofobia, que reserve uno una cabina en la parte exterior del inmenso hormiguero flotante. “Las interiores son más económicas —concede—, pero recuerde que será un placer viajar con vista al mar”. ?Si ya es un horror ir metido en los aviones de pasajeros de filas tan numerosas como la platea de un cine, sin ver el cielo y con un espacio para las rodillas diez pulgadas más reducido que el que gozaban los galeotes encadenados a los bancos de las galeras de la antigua Roma, me estremezco el pensar cómo será hacer un crucero en este barco de pesadilla (con aire acondicionado).

 

Navegar sin darse cuenta de que se está navegando. Zarpar de Fort Lauderdale sin salir de Fort Lauderdale, y quince días más tarde atracar de nuevo en Fort Lauderdale sin haber padecido ninguno de los inconvenientes que desde los tiempos de los fenicios tiene la navegación: el sol, los gritos de los pájaros, las salpicaduras saladas de las olas que rompen en la proa. Aquí la proa está a medio kilómetro, y el agua queda quince pisos de ascensor más abajo. Ismael, el narrador de la novela Moby Dick de Herman Melville, se jactaba de que él respiraba un aire más limpio que el de sus compañeros de tripulación porque viajaba en la proa, donde llegaba primero el viento. Pero eso era en un buque ballenero del siglo XIX, y aquí estamos ante el que el anuncio llama “el barco más moderno del mundo”. (Sólo tiene un rival, un hermano perteneciente a la misma compañía de navegación: pero es cincuenta centímetros más corto). Aquí no hay viento, no hay espuma, no hay nada: todo es artificial y aseptizado. Es el viejo sueño, por fin logrado, de la eliminación total de la naturaleza.

 

Pero como siempre hay románticos sentimentaloides que echan de menos los viejos tiempos, desde una de las fotos del anuncio el capitán advierte que su barco cuenta también con una zona que constituye “un gran motivo para embarcarse, un concepto revolucionario en la industria naviera: un espacio al aire libre adornado con plantas tropicales”.

 

Juro que no invento nada. Vean el anuncio del buque, que ocupa tres páginas, con fotos en colores, en el periódico.

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