“Ir en bicicleta es realmente una excursión por el interior de la psique colectiva de un grupo compacto de gente”.
David Byrne
Quien lea el título de su libro Diarios de bicicleta pensará que David Byrne es un ciclista; quien lo conozca como músico, sabe que es un rockero, fundador del grupo Talking Heads; quien lo conozca mejor sabe que además de músico es un escritor y artista plástico; y quien lea su libro descubrirá que se trata de un personaje sensible y observador que montado en una bicicleta recorre ciudades, las estudia, interpreta y aprende a entenderlas y disfrutar de lo que cada metrópoli tiene para ofrecerle a quien respetuosamente la habita o la visita.
Desde hace treinta años Byrne se desplaza por Nueva York en bicicleta, a pesar de las dificultades que representa recorrer la gran metrópoli en dos ruedas. La falta de respeto por parte de los automovilistas y el peligro que esto representa, se ven compensados con la facilidad de acceder rápidamente a cualquier sitio de la gran manzana. Cuando viaja –cosa que hace con frecuencia– lleva dentro de una maleta una bicicleta plegable que le permite llegar en forma rápida y eficiente a rincones demasiado incómodos para el carro, o demasiado lejos para el peatón.
La bicicleta produce una sensación de libertad que le permite al ciudadano o al visitante conectarse mejor con el ambiente de la ciudad y la vida de la calle. Su velocidad –más rápida que el peatón y más lenta que el bus– permite compenetrarse con los sonidos, colores, olores, ritmo y actividad de una ciudad que le revela poco a poco sus áreas tranquilas, verdes y acogedoras, o inseguras y repelentes, y simultáneamente optimizar el tiempo de sus desplazamientos. Las ciudades tienen su propio rostro y su forma particular de exhibir lo que consideran importante. Algunas muestran su música o su arquitectura, otras su historia, muchas su actividad y sus costumbres, y pocas su cultura. Las hay difíciles o complacientes con el ciclista por geografía o por clima, o por la actitud de los residentes hacia él.
No es necesario tener la sensibilidad de David Byrne para entender una ciudad y disfrutarla. Basta con montarse en una bicicleta y dejarse llevar. Si se la recorre con curiosidad y respeto, y se le demuestra cariño, la ciudad abrirá sus secretos y mostrará sus espacios más preciados, descubrirá sus rincones más íntimos y enseñará sus tesoros ocultos. Y estrechará entre sus brazos a quien, como David Byrne, la posea sin violentarla ni contaminarla.
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