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  • Fotograma del video del atentado a Charlie Hebdo

La cabeza

Parecería obvio que una manera de ser fácilmente derrotado en una guerra consiste en creer en lo que dice el enemigo, y que, por el contrario, una manera de vencer consiste en observar al enemigo y cuestionar lo que dice.

2015/01/22

Por Carolina Sanín

Parecería obvio que una manera de ser fácilmente derrotado en una guerra consiste en creer en lo que dice el enemigo, y que, por el contrario, una manera de vencer consiste en observar al enemigo y cuestionar lo que dice. Con ocasión de los recientes ataques parisinos, la opinión pública colombiana, en su mayoría, hizo lo primero: le creyó a quien consideró su enemigo, sin mirarlo. No prestó atención. No se interesó realmente en el tema que supuestamente le ocupaba. Los comentaristas de los periódicos repitieron clichés baratos y hace tiempo desechados sobre el “choque de civilizaciones” y la división ente Oriente y Occidente, concluyeron perezosamente que la religiosidad era veneno malo y la sátira veneno bueno, rezaron con hipocresía el credo de los principios revolucionarios franceses (como si tuviéramos un mundo guiado por la igualdad, la fraternidad y la libertad) y recitaron: “libertad de expresión”, suponiendo que sabíamos definir, ejercíamos y estábamos a punto de perder esa libertad a manos de la religión del otro. Alguno nos informó (el único que lo ignoraba era él, que de paso debió de descubrir Wikipedia) que islam significa sumisión, sin explorar a qué se refiere esa sumisión (a un Dios infinito y misericordioso; al amor, para los sufíes). Muchos se dedicaron a opinar sobre el islam, sin tener noticia alguna sobre su historia o sus textos. Purificados de toda curiosidad, hicieron eco de los guerreros anunciando la yihad (que significa lucha o esfuerzo y, según Muhammad, es principalmente la guerra contra la maldad interior, contra el ego). Sin averiguar qué fundamentos de la fe islámica son violados por al Qaeda y EIIL, y al mismo tiempo sin cuestionar las imposiciones del capitalismo y los fundamentos de la derecha europea, se levantaron “contra el fundamentalismo”.

La mayoría de los comentaristas criollos (hablo de los locales porque su estupidez me ofende más de cerca) oyeron, en el video del ataque contra Charlie Hebdo, a los dos asesinos franceses gritar: “Allah es grande” y “Hemos vengado al profeta Mahomet”, y creyeron supersticiosamente –religiosamente, en la peor acepción del término– en la fe de los asesinos. Dudar exigía un ejercicio de lógica, la formulación de un razonamiento simple, quizás escolástico, medieval –para beneficio de los que espetaron desde los periódicos el falso insulto de “medieval” sin saber, por ejemplo, que el mayor esfuerzo de la filosofía medieval, tanto la cristiana como la musulmana, fue el de conjugar la razón y la fe–. El razonamiento que se habría podido seguir es el siguiente: si alguien comete actos que juzgamos irracionales (matar a sangre fría y clamar que el profeta de su religión necesita ser vengado con un kalashnikov por haber sido dibujado), entonces debemos juzgar que él es irracional y no debemos atribuirle razón a lo que proclama. Si los dos enajenados de París –o los miles de enajenados de al Qaeda y EIIL– dicen que son el islam y nosotros coincidimos con ellos, les seguimos la corriente a los locos y afirmamos el juicio contradictorio de que los irracionales obran con razón. Entonces, todos perdemos el discernimiento, presos de la literalidad.

¿En que consistiría nuestra respuesta razonable a la guerra que nos tiene por espectadores? Podríamos informarnos; ver que la gran mayoría de las víctimas de al Qaeda y EIIL, y quienes están luchando para atajar el horror en Siria e Irak, son también musulmanes. Podríamos recordar la admiración que sentimos recientemente por la Primavera Árabe. Podríamos averiguar, antes de escribir sobre el “choque de civilizaciones”, cómo el pensamiento y los descubrimientos de los musulmanes contribuyeron a definir lo que creemos que es nuestra civilización y, de hecho, dieron paso a la primera modernidad, el Renacimiento. Podríamos recordar que hubo una cultura musulmana, árabe y liberal en Europa –la andalusí– y darnos cuenta de que eso no pasó hace mucho tiempo y en su estela comenzó la historia de nosotros, los hispanoamericanos.

 

Aún antes de hablar de lo que no recordamos, podríamos explorar lo que tenemos delante. Interesarnos honestamente en lo que sucede en el otro lado del mundo requiere buscar un punto de vista, es decir, asumir la posición en la que se está y, desde ella, tratar de dar luz. En lugar de “Je suis Charlie” o “Je ne suis pas Charlie”, podríamos ver la deshumanización de los marginados del mundo al mirarnos a nosotros mismos; al fijarnos en la imperdonable desigualdad de nuestro tercer mundo, que, como la espada de Jihadi John, amenaza con cortarnos indiscriminadamente la cabeza.

Dice Moisés en el Corán: “¡Dios me libre de ser de los ignorantes!”.

 

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