Antonio Caballero

La cara del poder

Antonio Caballero escribe sobre dos de los rostros más importantes de la política actual, los de Óscar Iván Zuluaga y Juan Manuel Santos "El rostro del poder ha sido siempre aterrador. El terror, desde su origen, forma parte de su naturaleza".

2014/06/20

Por Antonio Caballero

Dijo una vez Valéry Giscard d’Estaing, que había sido presidente de Francia, que en algún momento de su septenato se había mirado sin querer en el espejo y había descubierto que se había vuelto muy feo. Lo había afeado el poder.

Estas dos fotografías, montadas para formar una única imagen de la fealdad del poder, muestran que Giscard tenía razón. Las usó la revista Semana para ilustrar la competencia electoral del pasado 15 de junio (todavía futuro cuando escribo esto, sin conocer el ganador y sin que importe cuál haya sido). Y las dos mitades se complementan admirablemente para retratar la fealdad del poder, sea cual sea (pese a que para evitarlo sospecho que ambas han sido retocadas y maquilladas con Photoshop, y quizás mejoradas con inyección de bótox). La monstruosa semidoble cabeza humana resultante hubiera sido el mejor anuncio publicitario para el voto en blanco. O para el aborto terapéutico.

A la izquierda –y esta debe de haber sido la única ocasión en que el presidente-candidato Juan Manuel Santos se sitúa a la izquierda de alguien, el ultraderechista candidato-títere de Álvaro Uribe, Óscar Iván Zuluaga–, a la izquierda, digo. Santos parece guiñar un ojo picarón –pues él es el primero que no consigue creer que esté a la izquierda– bajo la carnosidad casi sin ceja del pesado párpado, todavía inflamada por la blefaroplastia estética que, para no parecer siempre abotagado, se mandó hacer hace un par de meses. Más abajo, bajo la gruesa nariz, Santos sonríe. Y es la suya una sonrisa intranquilizadora, por demasiado visiblemente astuta. Por lo demás, no recuerdo haber visto nunca una fotografía de Santos con sonrisa abierta y franca. Alguna risotada sí. Pero ¿sonrisas? No. Salvo iguales a esta que vemos en la foto, entre desconfiada y burlona, enigmática como la de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci. No es una sonrisa de fiar. Es la sonrisa devoradora del poder.

Y a la derecha vemos la cara igualmente inexpresiva, o intraduciblemente expresiva, de Óscar Iván Zuluaga: una máscara de caucho de sustos de Halloween. El ceño cerrado, aunque recientemente depilado por sus asesores de imagen, inspira cierto miedo, sobre todo a los niños. Y a los adultos nos aterra ese casi inexistente labio superior fruncido y congelado en una mueca de vampiro que simula ser una sonrisa. Y esos ojos que, aun en la inmovilidad de la fotografía, se adivinan incesantemente parpadeantes. Creo que es en eso en lo que más se asemeja a su patrón Uribe: en su incapacidad para sostener de frente la mirada.

Ya sé que la teorías de Lombroso sobre las facies que revelan al criminal nato están hoy desacreditadas. Pero estos dos no son una pareja con la que uno quisiera encontrarse de noche en un callejón oscuro. Se nota que son el poder.

El rostro del poder ha sido siempre aterrador. El terror, desde su origen, forma parte de su naturaleza. En la mayor parte de las religiones no es posible contemplar impunemente la faz terrible del poder: quien lo hiciera quedaba aniquilado. En las culturas primitivas hasta el fingimiento de esa contemplación es aterrador: las monstruosas máscaras talladas en madera del “arte negro” africano que inspiraron a Picasso eran disfraces del poder, que impedían ver directamente su verdadero rostro, aún más horrible. Entre los egipcios la representación del Faraón era siempre convencionalmente hierática (salvo bajo el reinado de Akenaton, que era personalmente muy feo). Y así seguía siendo en civilizaciones como las que encontraron los españoles en América. Nadie podía mirar cara a cara al Tlatoani azteca o al Inca peruano, y por eso cuando Pizarro en el Perú o Cortés en México preguntaban que cómo eran, nadie sabía responderles: nunca los habían visto.

En el Occidente de la antigüedad eso solo cambió con la aparición fulgurante de Alejandro. El cual era, y así lo muestran las estatuas de Lisipo y Praxiteles, hermoso como un dios griego (o, más sorprendentemente, como Elvis Presley). No una copia, sino el modelo de los dioses. Pero, y con esto vuelvo a la observación de Giscard d’Estaing, ese era el Alejandro joven, el rayo de la guerra que sometió a Grecia antes de lanzarse a la conquista del mundo; y no el hombre prematuramente envejecido por los excesos y los placeres del poder que murió entre sus propios vómitos a los 33 años. Su bella cabeza de joven efebo la iban a copiar los romanos para todos sus emperadores, y después serviría para representar a los reyes hasta la venida de Napoleón. Pero también ese joven y apuesto general Bonaparte de cabellera de mujer que pintó el barón Gros en el puente de Arcola, pálido como un junco, aureolado de gloria, acabaría convirtiéndose en el adiposo emperador cincuentón que se tapaba la barriga con una mano bajo el chaleco de raso y la calvicie bajo un mechón cuidadosamente enroscado sobre la frente.

El poder no solo corrompe el alma, como se ha sabido desde siempre. También corrompe el cuerpo.

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