La cátedra de Wall Street

Marta Ruíz reflexiona sobre el papel de los académicos en la crisis económica de Estados Unidos.

2011/05/03

Por Marta Ruiz

De todas las denuncias que hizo Charles Ferguson en su aclamado documental Inside Job, ganador del premio Óscar, hay una particularmente inquietante. No contento con hacer un retrato descarnado de una mafia financiera que se enriquece a costillas de los ciudadanos, que tiene capturada la política, y que después de cometer fraude, felonía y muchos crímenes más, ha salido de la crisis de 2008 impunemente con más poder, Fergurson muestra cómo muchos miembros de la elite académica le han vendido su alma al diablo.

 

Según la película, por lo menos media docena de lumbreras de Harvard y Columbia, usando el prestigio de las universidades, han trocado su curiosidad científica por el afán de lucro y la falta de escrúpulos. Han puesto sus convicciones liberales, rayanas con el fanatismo, al servicio de sus propias chequeras. Profesores que se mueven en la puerta giratoria de la cátedra, los cargos gubernamentales y las sillas directivas de los conglomerados financieros.

 

Lo más impresionante es que universidades con los laureles de Harvard, a juzgar por las declaraciones de su vocero, no encuentre ningún conflicto de intereses para estos profesores. Aunque, como lo señala Ferguson, los ingresos millonarios de algunos de ellos provengan en un 80 por ciento de Wall Street, su verdadero patrón. Y no es porque, los profesores no puedan tener sus “negocios” privados. Sino porque, con justificada suspicacia, el documentalista se pregunta con qué tipo de mensaje, de intereses e ideología se está formando la nueva generación de economistas de Estados Unidos.

 

La película deja muy mal parados a varios ilustres académicos. Primero, por la falta de transparencia. La mayoría se negó a revelar los ingresos que obtuvieron colaborando con los bancos y aseguradoras, es el caso de Frederic Mishkin, profesor de la Escuela de Negocios de Columbia y ex miembro del Consejo de la Reserva Federal durante el gobierno de Bush; y por lo menos uno de ellos, Glenn Hubbard, director de Columbia University Business School, se sintió tan ofendido que decidió terminar la entrevista. Una arrogancia que los deja lejos del escrutinio público. En segundo lugar, impresiona su apego a la ideología. Este puñado de académicos, todos ellos muy prestigiosos e influyentes no ven ningún error o fisura en sus planteamientos en contra de la regulación, a pesar de la catástrofe que ocasionaron. A la manera de aquellos izquierdistas que se apegaron hace 20 años al dogma, diciendo que lo que falló en el socialismo fue su aplicación y no su planteamiento. Algo que por lo demás desdice de su condición académica y refleja más bien una adhesión corporativista.

 

Al parecer, la película ha activado el debate sobre los códigos de ética en varias universidades de Estados Unidos, especialmente en las facultades de economía, donde esta, como puede verse, no es la materia de mayor popularidad.

 

La connivencia de academia y poderes económicos, donde la primera sirve para darle peso a las decisiones de los segundos, es uno de los golpes fuertes que da Ferguson en su documental y que suscita oportunas reflexiones para Colombia, donde se empieza a discutir un ingreso abierto de la inversión privada en la universidad pública, y de la búsqueda de lucro en la educación privada. Sin satanizar la relación entre academia y empresas, que por lo demás es de vieja data, es importante preguntarse cómo el mercado puede terminar moldeando el discurso académico y la investigación; las prioridades y hasta los planes de trabajo de profesores e investigadores. Pero sobre todo, los conflictos de intereses que se pueden presentar, si es que el sector privado se comporta como un patrón y no como un contribuyente. Por eso si la propuesta de esta apertura tiene éxito, las universidades necesitarán mucho más que un código de ética.

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