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La conciencia inexorable y mortal

Margarita Valencia señala las nuevas voces que entran al canon literario

2010/03/15

Por Margarita Valencia

Hay historias que existen desde siempre, como el piso de tierra sobre el cual construimos nuestras paredes y nuestras oraciones. Y hay libros amasados en artesas de siglos, portadores de una cierta belleza y de una cierta verdad que de alguna manera todos reconocemos como esenciales. Son libros sin los cuales la humanidad se vería gravemente disminuida en su voluntad de perdurar.

Hay otros libros que brotan de la tierra incontenibles, como un géiser, porque lo que allí se dice debe ser dicho ya y sin restricciones, porque la voz que lo pronuncia no resiste más el silencio aplastante de la muerte. Estos últimos suelen acabar formando parte de una lista más o menos secreta de libros que todos los lectores recuerdan con afecto pero sin una justificación razonable, aparte del cariño por el momento en el que fueron leídos, o quizás un poco de nostalgia por la disposición a ser tocados de una cierta manera.

La primera prueba a la que se somete un libro es su capacidad de sobrevivir al paso de una edad a otra, pero la prueba ácida es la mirada de uno más joven: la profunda impresión que un libro suele causar en unos tiende a convertirse en una cierta curiosidad despectiva en los que vienen después. Y si bien la batalla por los clásicos se libra en terreno llano (y suele dejar pocos muertos y unas cuantas adiciones felices), inevitablemente cavamos el bache generacional cuando intentamos imponer a los que vienen después nuestras urgencias, y los libros que las consignaban.

Ello no demerita la urgencia ni le resta una pizca a la emoción que nos produce abrazar causas impostergables y dejarnos envolver por la irresponsabilidad de la acción inmediata, aunque no podamos dejar con ellas un legado. Hay páginas que nos golpean como latigazos y nos obligan a levantarnos de la silla, a salir a la calle, a asediar a los amigos, para que el desasosiego sea compartido y nuestras preguntas desbocadas se sumen a la estampida de palabras que va por la grande, la sola desierta llanura dejando a su paso el porvenir. La mayoría de estas páginas se convertirán en detrito, como los pobres versos de Alberti, pero son abono indispensable para el futuro.

No sé si alguien lee a Simone de Beauvoir hoy. El uso y el abuso que acusa mi edición de Penguin Books de El segundo sexo, con un Matisse en la portada y un forro de plástico transparente que le permitió a duras penas sobrevivir, traicionarían mi entusiasmo adolescente aunque quisiera negarlo. Y aunque no reconozco los subrayados y a duras penas entiendo los comentarios al margen, tengo claro que asimilé sin reticencias su larga y profunda reflexión sobre el papel de la mujer, una bofetada que obligó a la sociedad occidental a reaccionar con una violencia de la cual aún no se repone, y que despejó el camino para un cambio radical en la manera de hacer frente, entre otras, a la tradición literaria: no dejaremos de leer a Horacio en aras de la corrección política, pero ya nunca lo volveremos a leer ignorantes de su misoginia. Es posible que estos libros no lleguen al canon, pero cumplen la función primordial de desbrozar el terreno sobre el cual se construirán los clásicos: los libros urgentes saben que la inocencia del lector es un oxímoron insoportable.

“Al final entendí que existe el poder absoluto en lo que se refiere a la narrativa”, explica el escritor nigeriano Chinua Achebe en su ensayo sobre la literatura surgida en África durante la colonización inglesa. Contra ese poder se rebeló Achebe en 1958 (dos años antes de que su país se independizara de los ingleses) cuando publicó su novela Todo se desmorona, con la cual quiso recuperar para su pueblo las narraciones que le pertenecen. Alguna vez Achebe calificó su novela de escéptica, pero en realidad es una novela dolorosa, una máscara de muerte impresa en un mundo del cual ya no queda registro. Los ensayos, en cambio, son quejosos y repetitivos, y sus apreciaciones literarias son tan torpes como las versiones de África que critica. Sin embargo su novela, contundente y radical, fue la primera de lo que se convertiría en la colección de autores africanos de la editorial Heinemann y abrió las compuertas para una avalancha de autores africanos que hoy compiten con sus pares ingleses por el aval del establecimiento sin necesidad de una etiqueta étnica que los distinga.

Los hombres blancos muertos siguen siendo el grueso del canon occidental: no se discute. Pero las voces de la periferia estrechan el círculo y se niegan a callar lo que no se debe callar por más tiempo.

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