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La dolce vita

Mil palabras por una imagen

Antonio Caballero escribe a partir de la extraordinaria imagen de Benedicto XVI abandonando el Vaticano en un helicóptero de lujo.

Por: Antonio Caballero

Publicado el: 2013-03-14


El Papa alejándose del Vaticano en su helicóptero. Foto publicada en El Tiempo el 1 de marzo.

Se va el Papa. Aquí lo vemos irse, en una foto que, curiosamente, recuerda las primeras secuencias de la película de Fellini La dolce vita: Marcello Mastroianni explicándoles a gritos a unas bellas mujeres semidesnudas que toman el sol en la azotea de un palacio romano que la gigantesca cruz que cuelga del aparato es “para el Papa”. En esta foto el que va en el helicóptero es el Papa en persona, sobrevolando la inmensa cúpula de mármol de la basílica de San Pedro, construida por Miguel Ángel. En la terraza circular que rodea la linterna, bajo las dobles columnas corintias y faltando todavía muchos metros para llegar a la cruz (¿la de Mastroianni?) que remata la gran bola de bronce que corona el cimborrio, en la terraza, digo, se apiña una pequeña muchedumbre de curiosos, diminutos como hormigas, que han subido a ver con sus propios ojos la despedida del primer Pontífice romano que abdica voluntariamente de su tiara en más de siete siglos. Un espectáculo, como suele decirse con irritante frecuencia, “para alquilar balcón”.

¿Es alquilado ese balcón de la cúpula colmado de curiosos? En días normales el ascenso a la terraza cuesta cinco euros sin ascensor y siete con ascensor para los primeros trescientos escalones de los 521 que llevan hasta arriba. Pero es probable que en ese día especial la tarifa fuera más alta. La Iglesia Católica necesita recaudar dinero a raudales para mantener su ostentosa magnificencia. Ese helicóptero blanco que lleva al Papa, para no ir más lejos: es un Augusta Westland, el que llaman “el Ferrari de los helicópteros”. Un aparato VIP de edición limitada cuyo diseño (de interior, no de motor) está firmado por el modisto de Chanel, Karl Lagerfeld: hay sólo veinte mega millonarios rusos o jeques árabes que tengan uno, fuera del Papa.

Pero lo del helicóptero no es nada. Para derroche, vean la cúpula: la más grande de toda la Cristiandad, que por su aspecto de apagavelas de sacristía ha sido llamada “el gran extintor del pensamiento de Occidente”. Y más debajo de lo que muestra la foto sigue toda la mole enorme de la basílica, edificada con sillares de mármol descuajados del Coliseo por orden de un Papa del Renacimiento. Fue tal el costo de la edificación de San Pedro a lo largo del siglo XVI que para financiarlo hubo que inventar el recurso de la venta de indulgencias a los pecadores para escapar al fuego del purgatorio: un negocio simoniaco que escandalizó al monje alemán Martín Lutero cuando pasó por Roma, y lo llevó a predicar la Reforma protestante por la cual se escindió la Iglesia en dos, y luego en muchas.

Ninguna, sin embargo, tan rica como la de Roma. A plomo de la cruz de Mastroianni de la cúpula, bajo el altar mayor que un Papa hizo labrar en un solo enorme bloque de mármol de Paros, en la cripta, la antigua estatua romana de Júpiter Capitolino que otro Papa hizo acomodar en efigie de San Pedro para ponerlo sobre la tumba del apóstol. Y cubriendo el altar, el descomunal baldaquín que otro Papa –han sido tantos– le encargó a Bernini que fundiera con los bronces arrancados a la cúpula del antiguo Panteón de Agripa. En torno, el Vaticano con sus palacios, sus capillas, sus jardines, sus conventos de clausura. Delante de San Pedro, encerrado el obelisco egipcio traído a Roma por Calígula y que otro Papa, otro más, alzó en su sitio actual, la doble pinza o tenaza colosal de cangrejo de la columnata de Bernini, y las fuentes. Y más abajo, y más allá del río, palacios episcopales y villas cardenalicias, cientos de iglesias recamadas de oros y de joyas, y más basílicas, y más jardines, y más fuentes, y más obeliscos de Egipto erigidos sobre elefantes de mármol.

Ahora, mientras el Papa retirado descansa en los vastos jardines de otro de sus palacios, el de Castelgandolfo, se inicia en la Capilla Sixtina el cónclave que elige a su sucesor. Los cardenales entran al recinto en hilera, de rojo y de morado, deslumbrantes como pavos reales. Desde arriba los contemplan, pintados por Miguel Ángel, Adán y los Profetas y los Patriarcas antepasados de Jesucristo. Cuenta Stendhal en su Historia de la pintura en Italia que el Papa obligó al artista a descubrir sus frescos antes de que estuvieran terminados los últimos detalles, y le dijo: “Hay que poner más oro”. Miguel Ángel repuso: “Los hombres que he pintado eran pobres”.