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La doma

Marta Ruiz advierte el peligro de que el mundo se convierta en un campo de concentración.

2010/03/15

Por Marta Ruiz

En La insoportable levedad del ser, de Milán Kundera, aparece esta cita: “Cuando una conversación privada ante una botella de vino se emite públicamente por la radio, ¿qué explicación puede darse sino la que el mundo entero se ha convertido en un campo de concentración?”. La frase viene a cuento, en la novela, debido a los recuerdos de Teresa, su protagonista, quien evoca con desazón y asco el día que su madre, con inusitada crueldad, leyó en voz alta, ante la familia reunida en el comedor, apartes de su diario, cuando ella era apenas una adolescente. Esa sensación de escarnio público la acompañó toda la vida. Pero se exacerbó cuando los tanques rusos invadieron Praga. Desde entonces, la vida privada dejó de existir. Teresa, a partir de ese momento, tuvo la sensación, cierta o no, de ser escuchada, vigilada, fotografiada y hasta filmada por el régimen. Incluso una fugaz aventura sexual se le convierte en fuente de culpa. De terror ante la posibilidad de que su intimidad fuera utilizada como un arma política por el régimen. Finalmente, arropada por la desconfianza, abandona toda opinión o actividad pública. Teresa termina aislada en su pequeña vida cotidiana. El miedo al escarnio termina por domesticarla.

Los regímenes de vigilancia suelen amansar a la gente a punta de gendarmes y espías. En sociedades totalitarias, no solo el Estado vigila a sus ciudadanos. Ellos terminan sospechando unos de otros. Y lo que es peor, culpándose a sí mismos de crímenes jamás cometidos. Basta ver el ejemplo de Cuba. Mientras el ex canciller Felipe Pérez Roque y el ex vicepresidente Carlos Lage firmaban una lacónica autocrítica por haberse dejado “seducir” del enemigo, mientras los miembros del Partido Comunista hacían filas en los teatros para ver y escuchar con morbosa inquina las grabaciones clandestinas que les hicieron a ambos funcionarios. Videos y cintas que revelan conversaciones informales entre amigos, chistes y fragmentos de la vida cotidiana, expuestos para el escarnio público. El campo de concentración del que habla Kundera.

El espionaje de las vidas privadas, que en principio ha sido utilizado por Estados paranoicos como arma de persecución política contra los opositores, termina por convertirse —por uso y costumbre— en un rasgo constitutivo de los regímenes. Ya no se trata de vigilar a los enemigos, sino de vigilarse unos a otros. Entre vecinos, entre colegas, entre amigos. En gobiernos dictatoriales o demasiado corruptos, la información recaudada por los espías puede terminar sirviendo de sustento a la violencia oficial, o a la paramilitar (como llegó a ocurrir en Colombia).

Pero en muchos otros casos, el espionaje tiene efectos más profundos. Bien sea para realizar campañas de desprestigio en círculos de valor para el afectado como su familia o su entorno laboral. O como simple control social. Que la persona de marras se sienta observada todo el tiempo. Que cuide sus palabras, sus compañías, los sitios que frecuenta, que se abstenga de hablar por teléfono. Que, poco a poco, coarte sus propias libertades.

Muchos temen, con razón, que el tenebroso espionaje que se ha vivido en Colombia en los últimos años sea usado por fuerzas oscuras, para desatar una violencia selectiva. Pero hay que temerle también al efecto perverso que esos aterradores expedientes de “tiras” y detectives tienen en lo inmediato sobre decenas de personas que han sido víctimas de un Estado vigilante: la sospecha se cierne sobre ellas. Que lo digan si no los magistrados de la Corte Suprema. Que lo digan si no los representantes de la oposición. Que lo digan los defensores de derechos humanos y periodistas que ahora tienen que intentar demostrar su inocencia por doquier. Porque el escarnio ya está hecho. Sus vidas, sus opiniones, su sexualidad, sus amistades y hasta su basura, expuestas. Como un diario (el de Teresa) que se lee en público. Como una conversación alrededor del vino, que termina oyéndose en la radio, como señala Kundera.

No se trata solo de la intimidad. Sino del control social que hay detrás del espionaje. Porque el efecto buscado es que un día los sospechosos terminen proscritos. Como Lage y Pérez Roque que ahora, sumisos, cargan cajas en un anodino archivo del régimen. O aislados en su rutinaria vida cotidiana, lejos de cualquier intervención pública, como Teresa.

El espionaje como una técnica de amansamiento. De domesticación, o de doma, si es que la palabra resulta más pertinente.

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