Carolina Sanín

Escolasticismo persistente

Para cuestionar el juicio sobre la barbarie de los pueblos extranjeros y preguntarse por el Nuevo Mundo, del que su mundo acaba de recibir noticia, Michel de Montaigne repasa simultáneamente la cosmografía antigua, la geografía de su época y la topografía de su país.

2015/08/21

Por Carolina Sanín

Para cuestionar el juicio sobre la barbarie de los pueblos extranjeros y preguntarse por el Nuevo Mundo, del que su mundo acaba de recibir noticia, Michel de Montaigne repasa simultáneamente la cosmografía antigua, la geografía de su época y la topografía de su país. En una misma página del ensayo De los caníbales habla de los predios de su hermano, de una obra atribuida a Aristóteles, de un explorador a quien ha acogido en su casa y que le ha contado historias, y de la miopía chovinista de sus compatriotas. Con humor y exactitud, narra la visita a Francia de tres nativos de las tierras recientemente descubiertas. Conversa con conquistadores de la antigüedad a la vez que imagina a los habitantes del otro lado de la Tierra. Entrelaza referencias a Platón, los estoicos y el Antiguo Testamento con descripciones de las costumbres de un pueblo que practica el canibalismo. Combina la meditación, la erudición y la narración. Examina los términos que va empleando en su discurso mientras reflexiona sobre la disyuntiva entre naturaleza y arte, y sobre la enemistad, la guerra y el honor.

De las fuentes de las que procede la luz de la modernidad, con la que supuestamente seguimos alumbrándonos, mi favorita es la obra de Montaigne y, en particular, el ensayo del que hablo; no solo por su novedoso relativismo cultural y porque en él se comete la audacia de poner en entredicho un tabú casi universal –el del canibalismo–, sino por el siguiente pasaje, que el autor inserta en su descripción de las particularidades de los americanos: “Se puede ver en muchos lugares, entre ellos mi casa, cómo son sus camas, sus cordones, sus espadas, los brazaletes de madera con que se cubren las muñecas en los combates, y las grandes cañas abiertas por un cabo con las que mantienen la cadencia en su danza”. Con la frase “entre ellos mi casa”, que se deja caer como entre paréntesis, queda inventado el género del ensayo y queda inaugurada la literatura moderna. Montaigne se presenta e invita al lector a que imagine desde dónde le habla. Sabe que, al estudiar el mundo y al hombre, necesariamente hace autobiografía, y sabe que si no establece su ubicación –si no dice “yo”– su obra no tendrá perspectiva. A lo largo del texto, habla de una casa en Brasil y de su casa en Francia, donde guarda artefactos de ultramar que le permiten ver y mostrar un baile remoto, y, al final, hace que las dos sean una sola: la casa del hombre, el mundo. Sugiere que un ensayo es el redescubrimiento o la realización de la redondez de la Tierra: la conciencia de que todas las cosas están relacionadas entre sí y viajan unas hacia las otras, y que cualquier camino que parte de un concepto lleva, a través de todos los demás conceptos, a la ampliación del significado del concepto de partida. Demuestra que en la exploración ensayística (como en la exploración geográfica que descubre mundos) no se sigue un camino previamente trazado, sino el que la asociación va señalando (es decir, el que el estilo va abriendo), y que eso implica que el autor no puede no decir “yo”.

Pienso en Montaigne para recordarme que, una vez más, en este inicio de semestre debo pedirles a mis estudiantes que, en lo que escriban para mis cursos, hagan caso omiso del adiestramiento que han recibido en los cursos de “Español” que toman obligatoriamente en la universidad, en los que les enseñan, a comienzos del siglo xxi, que el ensayo académico debe seguir parámetros retóricos que obedecen a una tendencia escolástica de la que ya se burlaban los autores libres del siglo xvi por pedante, decadente y estéril.

Si olvido hacer la advertencia, recibiré docenas de textos uniformes, escritos bajo la recomendación de ignorar que el ser humano tiene visión periférica, creatividad y perspicacia. Tendré que leer obviedades citadas de insustanciales artículos secundarios (bajo el principio de que hay que tener en cuenta el “estado del arte”), encabezadas por un párrafo introductorio en el que se enuncia un lugar común, al que le sigue el anuncio redundante de lo que se va a hacer a continuación, que da paso al “planteamiento de la hipótesis principal”, que deriva en otra hipótesis tan subsidiaria como forzada, reforzada por un argumento tautológico, alargada con ejemplos ornamentales y rematada con una conclusión que repite todo lo anterior. Las oraciones estarán unidas entre sí por “conectores”, como si el propósito de escribir no fuera precisamente conectar las oraciones por medio de las ideas que en ellas se manifiestan. Ninguna oración estará escrita en primera persona –y ninguna estará bien escrita, porque lo que sí no se enseña en los cursos de “Español” (pues sería conservador, a diferencia de enseñar retórica) es gramática, sintaxis y ortografía-.

Nuestras universidades dan una justificación poderosa para enseñar esa manera única y estática de escribir, con formato y sin estilo, y para difundir la idea antiintelectual de que el rigor estriba en el seguimiento de unas normas que rasan por lo bajo el discurso y que permiten reproducir contenidos, pero no expresar ni conocer; la justificación es que lo han copiado de las universidades de Estados Unidos. Siendo así, no sé qué reparo pueden poner a que los estudiantes entreguen trabajos copiados de trabajos escritos en Estados Unidos, bajados de internet.

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