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La fealdad urbana

Antonio Caballero.

Mil palabras por una imagen

Por: Antonio Caballero
Publicado el: 2012-08-21

Uno de los elementos constitutivos de la felicidad es la belleza. Y su contario, la fealdad, contribuye a la infelicidad. Esta ciudad de Bogotá, con los variados verdes de sus cerros y sus cielos cambiantes de viento y sol y lluvia, y enfrentándose a ellos esas cintas de plástico amarillas y esos conos anaranjados y esas redes de malla verdeazulosa que las autoridades distritales ponen en todas partes, ilustra las dos cosas. La fealdad, la belleza. Los bogotanos preferimos de sobra, se nota, la fealdad. Por eso no somos felices.

Estos puentes peatonales, por ejemplo. Tan horrendos que no dan ni siquiera ganas de suicidarse tirándose de ahí. Porque en el mundo entero hay puentes maravillosos posados sobre ríos, sobre calles, sobre valles. El Ponte Vecchio de Florencia, el Golden Gate de San Francisco, el puente natural de Rumichaca que une a Colombia con el Ecuador, o los separa. Pero vean este puente de la foto, que ni cabe entero en la foto, y no cabría ni en esas fotos tridimensionales que hay que mirar con gafas de colores. ¿Y a dónde lleva? Comparto desde aquí, mientras escribo, la angustia impotente del fotógrafo de prensa a quien le salió esta foto tan inevitablemente horrorosa. Este es un puente que parece diseñado para que no sea posible llegar por él al otro lado, si es que lo tiene, ni a ninguna parte.

“Un puente no rige para sí mismo:

rige espacio vacante”.

Parece como si Octavio Paz, cuando escribió estos versos enigmáticos, hubiera adivinado con la presciencia y omnisciencia de la poesía que muchos años más tarde, en Bogotá, la firma contratista Consorcios Infraestructuras Puentes Peatonales iba a construir este puente tan feo como su nombre para que lo inaugurara con gran fanfarria el alcalde Samuel Moreno el 14 de febrero del año 2011.

Puente peatonal de Meissen, Bogotá. Fotografía publicada en El Tiempo el pasado 24 de junio.

Se alza enroscado como una enorme culebra, como una hidra de múltiples anillos y cabezas, en la Avenida Boyacá con calle 60 Sur, junto al hospital de Meissen. Se reproduce casi idéntico en otros cien lugares de la ciudad: pesados puentes pintados de un gris plomo, de un gris rata, hechos de tubos retorcidos. Pero este del Meissen es el peor: el puente peatonal paradigmático (“municipal y espeso”, como diría otro poeta, Rubén Darío). Es el más largo de todos: unos cuatrocientos metros. Un peatón de buenas piernas lo cruza en siete minutos, y a paso de marcha olímpica por lo menos en cuatro. Es el más costoso: 4.800 millones de pesos se invirtieron en él, sin contar el precio del amplísimo terreno que ocupan todos sus bucles y escaleras y rampas laberínticas, que a la vez van y vienen de modo inverosímil, imposibles como los grabados de pesadilla de M.C. Escher y amenazantes como las cárceles de Piranesi. Es también el más inútil. Porque —explica El Tiempo del 24 de junio pasado, donde salió la fotografía— los peatones no lo usan por peligroso (en sus interminables recovecos se esconden los atracadores) y por lo largo (cuando a su vera hay un semáforo peatonal que permite atravesar la avenida en un par de minutos).

Ya dije que este puente lo inauguró Samuel Moreno, tocado con su habitual casco protector de trabajador de obras públicas, y lo construyó un contratista de nombre tan enrevesado como el puente mismo. Y supongo que son también ellos dos, alcalde y constructor, los responsables de las decenas de puentes peatonales semejantes que parecen haberse tomado la ciudad como una invasión de serpientes de hierro, pues todos ellos comparten con el de Meissen el gusto por la fealdad y el desperdicio de terreno público. Todavía sobreviven sin embargo, en calles y avenidas, otros puentes más modestos y menos horrorosos y sin duda mucho menos costosos que estos engendros de mecano, y que cumplen la misma función ocupando mucho menos espacio. También están dotados de rampas para los discapacitados de silla de ruedas. Aunque en realidad ese no es el problema. Porque tal vez las rampas les permitan atravesar los puentes. Pero no pueden llegar a ellos por el estado general de las aceras.

Se me ocurre, tardíamente, que esta columna la hubiera debido escribir mi vecino de tres páginas más adelante, el arquitecto Willy Drews.