La franja Neurótica

En su columna de este mes, Marta Ruíz busca una sala de cine silenciosa, en donde la gente vea la película y no coma ruidosamente.

2010/04/21

Por Martha Ruíz

Llamémoslo neurosis. Síntomas: intolerancia a las crispetas, la gaseosa de medio libro y los perros calientes rebosantes de mostaza. Incapacidad de soportar el olor a mantequilla frita, y crispación de dientes cuando se frota el sonoro empaque de las papitas fritas y las galletas. Asco profundo cuando el vecino masca maní. Furia cuando alrededor varios contestan el celular en voz baja, o un sabelotodo explica a su vecino el significado de lo que está ocurriendo. Todo ello en una oscura y supuestamente silenciosa sala de cine.

La franja neurótica, la que le ha perdido el gusto a ir a los teatros crece a mi alrededor. Digamos que hace años yo me inscribí en ella, y me sentía solitaria y como un bicho raro cuando decía: no gracias, no voy a cine. Ahora tengo por lo menos una docena de conocidos que se queja de la falta de educación del público en los teatros, y que ha optado por un buen televisor, o hasta un proyector en la casa. Alguna gente piensa que somos una franja de pretenciosos y amargados, con ínfulas intelectuales, incapaces de ver las películas como lo que suelen ser: entretenimiento. Sin embargo, creo que ahora los cines tienden a ser cafeterías con película y se ha roto ese ritual contemplativo que nos transportaba del mundo real a la ficción, durante casi dos horas.

El más pérfido invento es el cine-bar. Una tarde entré a una de estas salas en el norte de Bogotá y bastaron pocos minutos de pitazo de la cafetera de capuchino y de ver a los meseros revoloteando en la parte baja de la pantalla, para que todo el encanto de la película se me viniera al piso. ¡Neurótica! Me dijeron mis amigas, que para mi sorpresa, hicieron caso omiso del olor a expreso y siguieron como si nada, mientras yo, al mejor estilo del señor Monk, no podía quitarle los ojos al capuchino.

Años después volví a cometer el error de entrar a otro cine-bar. Esta vez un par de meseros se movían entre las filas con sus charolas mientras todos mirábamos los vasos tintineantes. Un genio de la ciencia que estaba a mi lado empezó a dictar cátedra sobre un frijolito que saltaba en varios sentidos en las primeras escenas de La casa de las dagas voladoras, la película de Zhang Yimou, lo que él consideraba “físicamente” imposible.

La última vez que pisé un teatro de los llamados “comerciales” la guachafita adentro fue tanta, que a la salida los administradores nos regalaron pases de cortesía como indemnización por haber pasado un mal rato, cuando buscábamos exactamente lo contrario.

Reconozco que el cine siempre ha sido así. La gente va justamente a eso: a tocarse, a comer, a conversar y, de paso, a ver una película. Baste recordar aquellas escenas de Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore donde todo el pueblo se congrega alrededor de la proyección y allí se define, en buena medida, el destino de sus vidas. Por eso muchos dirán que los neuróticos como yo deberían irse a las salas de cine-arte, donde todo es tan insondable. Para eso existen por ejemplo, los festivales de cine europeo. Pero los de mi franja también tenemos derecho a ver Avatar o Zona de miedo, como si fuera un ritual no exactamente gastronómico.

Los neuróticos fuimos felices cuando los lugares de alquiler traían buenas películas. Pero hay que reconocer que, salvo contadas excepciones, son negocios en decadencia, donde se encuentra más videojuegos que buen cine. Y está, por supuesto, la tentación de las películas pirateadas. La idea de llevarse una buena película a la casa por dos mil pesos es demasiado tentadora. Cada vez que paso por esos puestos de las universidades, donde impunemente se exhiben los mejores títulos a precios ridículos, me encomiendo a San Mockus, para que me libre de cometer un crimen de lesa ilegalidad.

Por eso mi anhelo es que alguien se apiade de este puñado de neuras y se cree en las salas una franja para que el cine vuelva a ser un ejercicio de esparcimiento más íntimo y silencioso. O mejor aún, educar un poco al público.

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