Roberto Palacio

Los Pulgares de los Millennials

Si usted nació antes de 1985, al igual que yo, probablemente le costará trabajo percatarse de la importancia de la nueva generación, la Millennial para usar el término que Neil Howe acuñó para hablar de los nacidos entre el 85 y el 2000.

2015/08/21

Por Roberto Palacio

Si usted nació antes de 1985, al igual que yo, probablemente le costará trabajo percatarse de la importancia de la nueva generación, la Millennial para usar el término que Neil Howe acuñó para hablar de los nacidos entre el 85 y el 2000. Y si es como yo, se demorará en darse cuenta de que sus ‘trends’ no solo son ligeramente disonantes de los valores que usted consideraba dictados por un arbusto en llamas y escritos en una tabla, sino que son diametralmente opuestos a los suyos. Lo que los define es mucho más que los selfies y no irse nunca de la casa de sus papás.

¿Ha visto, por ejemplo, que crece el número de los Millennials que no conducen? No es miedo a las colisiones. Si un rasgo los caracteriza es rehuir los códigos individualizantes y afirmativos. No quieren formar un carácter en torno a una voz individual, sino una colectiva que se redefine constantemente. El carro dice demasiado de la propia identidad, es una piel que escogemos. De hecho, uno de los grandes retos de la industria automotriz como lo muestra una investigación de la American Automobile Association (aaa) en 2012 es hacer carros para los Millennials.

Pero al tiempo que no quieren tener signos definitorios, los Millennials han puesto su intimidad en línea. George Orwell entrevió que en el futuro la privacidad sería un recuerdo. Creyó que de ello se encargarían los Estados. No pudo haber imaginado que serían los mismos individuos su mayor enemigo. Pero el poner sus vidas en la red no ha hecho que no se reclame la privacidad perdida. Ninguna generación como esta ha sido tan dada a demandar lo que cree propio al tiempo que se duele por la interioridad lesionada, como se ve claramente en el bullying.

Es este un rasgo interesante. Yo creía que conocía a los Millennials; he dado clase en la universidad por más de 20 años. Pero se me ha pegado esta cosa socrática de ir entendiendo menos. Al comenzar el semestre suelo hacerles a los estudiantes la pregunta de los niños: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?”. Muchos en mis clases quieren ser escritores. En seguida les pregunto qué leen, para encontrarme con hombros que suben y bajan; a veces la prensa. No asocian el leer con el éxito en escribir. Las palabras deseo, posibilidad y capacidad parecen haberse fundido en la conciencia contemporánea: todos lo pueden todo, sin ponderar el esfuerzo, por no mencionar el talento. Si lo deseas lo suficiente, te llegará. Nunca como ahora ha sido necesario revivir la distinción que hizo Kant entre lo que es posible como un derecho y lo que es posible como un hecho. Hace cien años Bertrand Russell lo capturó con precisión milimétrica cuando afirmó que hay personas que cometen el error de sustituir el conocimiento por la afirmación de que es verdad que ellos desean lo que desean.


Y en efecto, la identidad para los Millennials es nuclear, como lo señala el documental de pbs The Like Generation. Para nosotros, forjar una identidad consistía en salir al mundo y hacer algo –por lo general estúpido-. Los Millennials forjan su identidad con base en formatos preestablecidos. El botón ‘Like’ es su vehículo. Los pre-Millennials éramos rebeldes, creíamos que dejar una huella comenzaba por romper con la relación paterna. Para los Millennials, sus padres son sus “mejores amigos”. No son rebeldes; no porque compartan los valores de la generación anterior, sino porque es esta una generación modular. Conocí estudiantes que aceptaban lo que yo les enseñaba. En otra materia en donde enseñaban lo contrario, recitaban los credos con el mismo ahínco. Para los Millennials no hay contradicción. Es apenas natural; son el producto de una educación que también es modular.

Y qué importa, podría decir uno. El mundo lo sobrevivirá. Tal vez sí, de hecho la nueva generación ocupa puestos de poder y encaja en los valores políticos predominantes como lo muestra una investigación de la cadena npr en 2014. Pero no por ello la cultura literaria o científica se verá vivificada. Cuando se tiene lo políticamente correcto por norma de vida, incluso los legados más valiosos se pueden juzgar. En mayo de 2015, un grupo de estudiantes de Columbia publicaron en su revista esta queja:

La Metamorfosis de Ovidio, como tantos otros textos en el canon occidental, contiene material ofensivo e instigador que marginaliza la identidad del estudiante en el aula. Estos textos, llenos de narrativas de exclusión y de opresión, pueden ser difíciles de leer para sobrevivientes, personas de color o para estudiantes de bajos ingresos”.

Imagine el reto de transmitirle a esta generación un pensamiento como el occidental que está construido sobre la prevalencia de una voz individual. Aún en contra de los que puedan indignarse con la generalización que planteo, no logro entender por qué hemos decidido que es una meta arrebatarle a la cultura los elementos que nos permiten forjar y digerir la identidad para convertirla en una especie de tarea estandarizada…orquestada por marcas que como en una regresión a las luchas de gladiadores, lo que más desean es que les demos un pulgar hacia arriba.     

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