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El fin de la guerra contra las drogas

Frente al falso moralismo de los políticos alrededor del mundo en el tratamiento del tema de las drogas ilícitas, diversas formas de sociedad civil a lo largo y ancho del mundo han hecho un llamado al pragmatismo y a un tratamiento más racional y menos moralista del tema.

2016/04/17

Por Sandra Borda

La guerra contra las drogas es una de las políticas públicas más exóticas que uno se pueda encontrar en el sistema internacional. Ha demostrado una y mil veces y en uno y mil escenarios que no funciona, se ha evaluado de innumerables maneras y bajo ningún esquema demuestra un logro siquiera satisfactorio de sus objetivos, y como si todo esto fuera poco, no solo no sirve sino que además produce unos efectos colaterales perversos. En medio de semejante récord, los gobiernos del mundo han insistido en mantener esta política vivita y coleando y prácticamente sin alteraciones importantes.

Ante la falta de valentía de la clase política internacional, la sociedad civil se ha organizado efectivamente en diferentes latitudes para presionar por un cambio que tome en consideración el estruendoso fracaso de la guerra contra las drogas. Frente al falso moralismo de los políticos alrededor del mundo en el tratamiento del tema de las drogas ilícitas, diversas formas de sociedad civil a lo largo y ancho del mundo han hecho un llamado al pragmatismo y a un tratamiento más racional y menos moralista del tema.

En Estados Unidos, por ejemplo, sectores de la sociedad civil promovieron la participación ciudadana a favor de una flexibilización del régimen antidrogas que ha resultado en la despenalización del uso médico de la marihuana y en algunos lugares, incluso se ha legalizado su uso recreacional. Varios países europeos también han transformado sus políticas antidrogas y han sustituido sus componentes criminalísticos por aproximaciones más cercanas al tratamiento del tema como uno de salud pública.

Otras formas de organización social transnacional también han presionado desde diversas esquinas del planeta por un cambio en el régimen internacional de la guerra contra las drogas. Pronto saldrá al mercado un libro en el que varios de los principales magnates a nivel planetario (Richard Branson, George Soros), algunos expresidentes militantes de la causa (Zedillo, Gaviria) y académicos que han estudiado y criticado la política internacional antidrogas con rigurosidad (Dunne, Hart), se juntan para producir un sugestivo análisis de la fallida guerra contra las drogas. El esfuerzo, liderado por el millonario empresario británico Richard Branson y publicado por Penguin Random House, se constituye no solo en un buen listado de los errores enormes de la política antidrogas en su forma actual, sino que también puede definirse como un manifiesto clave en la búsqueda de una nueva forma de acercarse a este problema global e intentar solucionarlo.

En este sentido, los datos que incluye Sir Branson en su introducción no podrían ser más elocuentes: lo que el mundo se gasta en la guerra contra las drogas hoy en día es más o menos equivalente a la cantidad de dinero total que se gasta en ayuda y cooperación internacional y el resultado es un mar interminable de violencia alrededor del planeta. En años recientes se calcula que las muertes en México relacionadas con la guerra contra las drogas va en más de 100.000 personas y su costo humano en Colombia es también conocido por todos nosotros.

Pero adicionalmente, la guerra contra las drogas ha servido de fachada a formas profundas y también costosas de discriminación racial en Estados Unidos. En ese país, más de 1,5 millones de personas fueron arrestadas en 2014 por cargos no violentos relacionados con porte o consumo de drogas, 83 % de estas personas fueron encarceladas solamente por tener drogas ilícitas en su posesión. La gran mayoría pertenecen a minorías raciales y por eso algunos han denominado la guerra contra las drogas el nuevo Jim Crow de ese país; una nueva política que implícitamente define como objetivos a miembros de grupos raciales minoritarios.

Y por supuesto, sobra mencionar los enormes riesgos en materia de salud que genera la prohibición misma de las drogas sobre los consumidores: sin regulación el mercado está inundado de drogas contaminadas y adulteradas y, sin regulación y con prohibición el consumo tiende a llevarse a cabo en ambientes poco salubres y de alto nivel de peligrosidad.

Aunque varias de las propuestas de los autores del libro son claramente debatibles y aún queda un largo camino para encontrar una alternativa de política pública para lidiar con el problema, lo cierto es que Ending the War on Drugs es otro esfuerzo que deja entrever que la guerra contra las drogas como la conocimos se está debilitando a nivel internacional, “está pasando de moda” y le está abriendo espacio a un debate más racional y pragmático que el que ha dominado la conversación internacional sobre este tema. Entre millonarios, expresidentes y activistas sociales, a punta de codazos, se está gestando una transformación de grandes proporciones en el sistema internacional. Ojalá el final de la guerra contra las drogas venga de la mano de una política que dialogue más con la verdadera naturaleza del problema y menos con los moralismos hipócritas de las resabiadas clases políticas de aquí y de allá.

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