RevistaArcadia.com

La guerra

Martha Ruíz evoca la descripción de la vida de preguerra europea que hace Zwieg en su autobiografía

2010/03/15

Por Martha Ruiz

Hace poco leí El mundo de ayer, la autobiografía del escritor austriaco Stefan Zweig. Me impresionó mucho su descripción de la vida de la preguerra europea. Esa sensación de tranquilidad, de seguridad y protección que los hacía sentir invulnerables. Eran los primeros años del siglo XX y todo era prosperidad en Austria. La paz perpetua de Kant parecía hacerse realidad en un continente que había dejado atrás las luchas nacionalistas y había puesto a Europa por encima de todo. Ser europeo era un orgullo, cuenta Zweig. No había fronteras, cada quien quería aprender el idioma del otro. La idea de la civilización había triunfado. Los intelectuales se reunían en los cafés a discutir sobre filosofía y estética. Esas eran las preocupaciones de la época.

Pero un día las percepciones de los gobiernos empezaron a cambiar. Las desavenencias históricas se tornaron en asuntos irreconciliables. “Cuando uno se pregunta hoy, reflexionando con calma, por qué Europa fue en 1914 a la guerra, no encuentra ni una sola razón, ningún motivo serio”, escribiría casi treinta años después el autor. En realidad, muchas, quizá la mayoría de las guerras empiezan como aquella, con una gran tensión política. “...todos creían que, en el último instante, el otro se retiraría atemorizado. Con esta creencia los diplomáticos comenzaron su juego de engaños recíprocos...”, “...no se sentía aún pánico, pero sí una inquietud que ardía lenta y constantemente”, dice Zweig.

Los hechos se precipitaron luego. El 29 de junio sonó el primer disparo en Sarajevo. Ni siquiera esa primera detonación lograba convencer a los europeos que la guerra había empezado. “Los rostros de los que leían los periódicos se oscurecían, pero esto solo duraba unos minutos. Conocíamos aquellos conflictos diplomáticos hacía años. Siempre se les había puesto un término feliz en el último momento, antes de que la situación adquiriese verdadera gravedad. ¿Por qué no habría de ocurrir lo mismo entonces?”.

Pero estaban equivocados. En cuestión de meses, Europa era un gran campo de batalla. La paz perpetua se hizo trizas, con su promesa de seguridad, de racionalidad, y de respeto al otro. No eran las ciudades las que se destruían, era el espíritu de hermandad de un continente. Era la idea misma de Europa la que se resquebrajaba sin pausa.

Zweig era un intelectual burgués y pacifista, cuyas ideas parecían ridículas en medio de la euforia que había en el país. El patriotismo se había tomado las calles. Las madres enviaban a sus hijos al frente, henchidas de orgullo. “Con su confusa gritería de victoria antes del primer disparo, con el reparto de la presa antes de la primera batalla, me hacían dudar muchas veces de si sería yo un loco en medio de la cordura, o si estaría horriblemente solo con mi clarividencia en medio de su embriaguez” relata en su libro.

Solo cuando el hambre reemplazó la opulencia, y los ricos vieron cómo su dinero se convertía en papel inservible en los bancos, y cómo las mafias que traficaban con todos los bienes de primera mano se enriquecían mientras toda la juventud quedaba tendida en el campo de batalla, la euforia se tornó en desolación, y hasta los más belicosos empezaron a implorar un acuerdo de paz.

La guerra había destruido no sólo su país, su continente, sino el espíritu de su generación, la fe en sus gobernantes, y en la capacidad de las personas de resistirse al llamado de los tambores de guerra. Es fácil ser beligerante cuando aún no se visto correr la sangre en la tierra, ni se han enviado a los hijos a morir en una frontera, por una causa dudosa o estúpida.

Sobra decir que hubo paz, pero no perpetua. Dos décadas después, cuando la lección parecía aprendida, y los países empezaban su reconstrucción física y moral, vino otra peor y más terrible guerra. En 1942, mucho antes de la caída de Hitler, Zweig se suicidó.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.