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La imagen del chic

El famoso chic francés solo tiene de francés el nombre

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Todos los periódicos del mundo acaban de publicar al unísono en su primera página una foto de Carla Bruni desnuda. No por su belleza, que es notable, sí, pero tampoco cosa de tumbarlo a uno de espaldas: pesadas manos, cortos muslos, feos pies, unas teticas de perra que en la foto tenían apenas veinticinco años pero ya se ven colgantes debajo de las axilas. Sino porque es la mujer del presidente de Francia, Nicolas Sarkozy. Por esos mismos días estaba acompañando a su marido a Londres en una visita de Estado, y desdeñando el escandalito oportunista de la foto desnuda la prensa británica se rindió a sus plantas, deslumbrada por lo que en inglés se llama le chic français.

El chic –o le chic– es sin duda una cosa francesa. La expresión es bastante intraducible, e inclusive bastante indefinible: es un algo, un no sé qué. Pero francés en todo caso: nadie habla de chic tejano o de chic mongol. La habitualmente precisa María Moliner en su exhaustivo Diccionario del uso del español no pretende dar cuenta de lo que quiere decir exactamente chic, sino que se limita a informar: “palabra francesa que se emplea con el significado de ‘elegancia’ o ‘distinción’, especialmente en la manera de vestir. Y sin duda Carla Bruni tiene chic, en especial cuando está vestida: desnuda se muestra algo más vulgar. Sin embargo para ser una representante auténtica del genuino chic francés le hace falta una condición esencial: la de ser francesa. Es italiana (aunque se educó en Suiza). Y por añadidura su apellido completo es Bruni-Tedeschi, que literalmente traducido del italiano significa (en plural) Morena-Alemana, Mora-Tudesca. Y también su nombre propio, Carla, es de raíz teutónica, aunque italianizado por exigencias de eufonía, así como en su momento el áspero Karl del emperador de los francos, Carlomagno, se afrancesó en un suave Charles. Así que todo el chic que ustedes quieran, sí; pero ¿chic francés?

Por otra parte, la madre de Carla Bruni declaró alguna vez que el verdadero padre biológico de su hija no era su italo-germano marido sino su amante brasileño, un señor de origen austriaco.

Se dirá entonces que el inconfundible chic français de Carla Bruni no le viene de su belleza propia ni de sus sangres mezcladas, sino, como subraya pertinentemente doña María Moliner, de su “manera de vestir”. Y puede ser: lo que por lo visto maravilló a la prensa británica fue que madame Sarkozy (ya va siendo hora de llamarla por su apellido húngaro) llegó a Londres vestida de los pies a la cabeza con ropa de Christian Dior, cuyo solo nombre constituye el epítome del chic francés.

Quizás. Pero no sobra señalar que el actual diseñador de la Casa Dior es John Galliano, un británico: un “llanito” nacido en Gibraltar de madre andaluza y padre originario de la isla de Malta, en el Mediterráneo oriental. Y en todo caso no hay que olvidar que Christian Dior, aunque francés de nacimiento él sí, sólo se convirtió en la encarnación de la elegancia francesa cuando al final de la guerra mundial lanzó una colección de alta costura llamada, en inglés, New Look. Porque se trataba de reemplazar con ricas compradoras norteamericanas a la arruinada clientela tradicional francesa, que seguía fiel al auténtico chic de París: el representado entonces por modistos como el español Cristóbal Balenciaga o la italiana Elsa Schiaparelli, como hoy lo está por el diseñador japonés Issey Miyake, el tunecino Azzedine Alaia o el colombiano Esteban Cortázar, de Ungaro.

En fin: todo esto viene a decir que el mundialmente famoso chic francés solo tiene de francés el nombre: chic. Su contenido es obra de inmigrantes venidos del extranjero. De esos que Nicolas Sarkozy, el marido magiar de la imagen italiana del chic francés Claudia Bruni, llamaba hace unos pocos meses la racaille: término insultante que traducido al español quiere decir “la chusma”.

Vueltas que dan las palabras.

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