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La imaginación de los lacayos

Margarita Valencia reflexiona acerca de la lectura del censor

2010/03/15

Por Margarita Valencia

Al final de “Los muertos”, el último cuento de Dublineses, Gabriel Conroy y su mujer se disponen a pasar la noche en un hotel, después de un baile. Gabriel entra en la habitación poseído de un violento deseo por su esposa, a quien ha contemplado embelesado durante la fiesta mientras ella escuchaba atentamente una canción. Ella se acerca y lo besa y después, sorpresivamente, se echa a llorar en la cama –la canción le ha hecho recordar a un amor de juventud que “ahora está muerto; murió cuando apenas había cumplido los diecisiete”. “Murió por mí”, añade más adelante.

En entrevista con Marianne Ponsford a comienzos de este año, Anne Enright –ganadora del Man Booker de Novela en 2007– contó que este cuento siempre la hacía llorar; lo releí, curiosa: recordaba la profunda ironía del cuento pero no la tristeza. Cuando lo terminé, entendí por qué una escritora irlandesa habría de conmoverse con esta que es, entre muchas otras historias, la del regreso emocional a una patria que Gabriel Conroy había dejado atrás y de la cual unas horas antes había renegado.

El gozo de encontrar en un texto literario amado algo que antes habíamos pasado por alto, o que nos había dejado indiferentes, es una de las razones por las cuales los lectores hablan incesantemente de libros con otros lectores. El placer de la relectura es el valor primordial en el mercado clandestino de los clásicos (el que mantiene vivos los libros en rumores, al calor de la juerga, en los cafés). La complicidad con los lectores del pasado y el ligero desdén que nos provocan por su ignorancia o su provincianismo son parte fundamental del juego de la seducción entre la literatura y el lector, que asegura la preservación de una y otro.

Pero hay un tipo de lectura que opaca en vez de revelar: es la lectura del censor, que aplasta la belleza de un texto bajo el alud congelado de sus exigencias políticas o morales. Madame Bovary o El amante de lady Chatterley fueron condenadas eternamente al trámite de la lectura maliciosa, mientras que otras novelas pasan con muchos menos méritos la barrera de las generaciones. Ulises, de James Joyce, es otro ejemplo notable, aunque la dificultad del texto (incrementada por los aspavientos de la academia) ha relegado a un segundo plano las acusaciones de obscenidad. En el caso de Dublineses, los avatares de su publicación merecen un capítulo especial en los anales de la estupidez editorial.

Entre octubre de 1905 (cuando Joyce firmó un primer contrato) y junio de 1914, cuando el libro finalmente fue publicado (unas semanas antes del inicio de la Primera Guerra Mundial), los impresores consideraron que “Dos galanes” y “Un encuentro” eran demasiado obscenos y debían ser suprimidos; dos años después un nuevo editor opinó que “Efemérides en el comité” contenía opiniones políticas inaceptables y destruyó todas las copias impresas excepto una. Al final, el cuento que resultó mutilado en la impresión de 1914 fue “Dos hermanas”.

“La censura estatal se presenta a sí misma como un baluarte entre la sociedad y las fuerzas de la subversión o la corrupción moral”, explica Coetzee en uno de los ensayos de su libro Contra la censura. Pero no fue la censura estatal la que operó en el caso de Joyce (al menos no directamente). Fueron los editores y los impresores los que ahogaron el libro tres veces, temerosos de las represalias engordadas por su imaginación de lacayos. Joyce, consciente como el que más de “lo insustancial que es la dignidad humana”, castigó su apocamiento y su pacatería con una carta que Ezra Pound publicó y en la cual, entre otras cosas, Joyce contaba que había escrito a Jorge V preguntándole (en relación con “Efémerides en el comité”) si desde su punto de vista “se debe impedir la publicación del pasaje por ser ofensivo a la memoria de su padre”. El Palacio de Buckingham respondió con prontitud, asegurando que “no corresponde a la esfera del dominio de Su Majestad expresar su opinión en tales casos”. Y Joyce cerró su disputa graciosamente agregando el texto del cuento puesto a consideración de la ofendida realeza.

Muy pocos ignoran el nombre de Joyce; muy pocos también han leído su literatura, desfigurada por el velo de la ignorancia y de la codicia de los censores, cuya “pasión por silenciar” parece más viva que nunca.

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