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La ley y el orden

Carolina Sanín

Pasar fijándose

Por: Carolina Sanín

Publicado el: 2013-01-22

Muchos de mis recuerdos más nítidos tienen que ver con la televisión. Mi noción del pasado histórico pudo originarse con la noticia de que no había televisión cuando mis padres eran pequeños, y mi imagen del futuro, en un tiempo en que el futuro era la mayor parte de mi vida, estaba cifrada en un televisor y en su promesa de conjunción de ficción y realidad: llegaría el día en que uno podría hablar con las personas que estaban en la pantalla y hacer que ellas le enviaran, por ejemplo, un sánduche. Uno de mis primeros recuerdos es el de preguntar, anticipando que no entendería la respuesta, por qué en la televisión hacía sol si en la ventana atardecía. Los programas nocturnos me estaban prohibidos y su eco me llegaba a través del corredor y me llevaba al sueño. Los comerciales me gustaban aún más que los programas. Había solo tres canales. Durante la hora que mediaba entre la llegada del colegio y el inicio de la programación sentía que la realidad me abandonaba. Varias veces llegué a encender el televisor a sabiendas de que no estaban presentando nada, para ver la lluvia estática en la pantalla. Luego llegaron las antenas parabólicas y la ciudad fue un generoso paisaje de orejas gigantescas.

Dejé de ver televisión durante casi veinte años, la recuperé en medio de la treintena, y hace unos tres años empecé a dedicarle buena parte de mi tiempo. Pero no es exactamente a ver televisión a lo que dedico la mejor parte de esa buena parte, aunque me dedique a sus productos. No veo reality shows, ni talk shows, ni concursos, ni noticieros, que constituyen el cumplimiento del destino de la televisión. Lo que veo son series de cable, y no las veo cuando las emiten sino después, a veces en largas maratones de dos días, en la pantalla de mi portátil, acostada, con las imágenes a un palmo de distancia de los ojos. Eso es distinto de ver televisión. Es más parecido a leer. Más que un hábito o un pasatiempo, es un ejercicio.

Sin embargo, casi todas las madrugadas hay un momento en el que sí me pongo a descansar con la televisión; enciendo para ver lo que quieran darme, que casi siempre es Law and Order o Law and Order: Criminal Intent o Law and Order: Special Victims Unit (entre las tres series suman casi mil episodios). Esa familia de programas sobre la investigación y el juicio de crímenes se ha convertido en mi puente entre la vigilia y el sueño y en mi alimento básico de ficción televisiva. He llegado a percibir los Law and Order como el mayor referente y la capital del mundo de las series. Esto se debe a que en sus episodios confluyen y se distorsionan mutuamente la televisión de ficción y la de no ficción (sus guiones suelen partir de noticias sobre crímenes reales, se muestran exteriores con frecuencia y se supone que cada escena ocurre en una dirección concreta de Nueva York), a su relativa intemporalidad (los episodios de hace veinte años son casi iguales a los del año pasado), y a que en ellos confluyen figuras de otras comarcas de la televisión (en el territorio de los diversos Law and Order he visto a gente de Will and Grace, Twin Peaks, Desperate Housewives, Gray’s Anatomy, Private Practice, Frasier, Shameless, Homeland, Los Soprano, Happy Days, Los años maravillosos, In Treatment, True Blood, 30 Rock, CSI, The Office, The Nanny, Revenge, Los ángeles de Charlie y Mad Men, además del alcalde de Nueva York haciendo de sí mismo).

Así que Law and Order es el centro en mi mapa televisivo y mi pan ficcional de cada día. Lo que me interesa y quizás me preocupa de eso es que, entonces, es posible que en mi mundo de la imaginación el mundo real esté regido por una ley y un orden que lo hacen un lugar peligroso (cada día presencio un crimen; el crimen es la manera como los humanos se afectan entre sí y es el nacimiento de todas las historias), un lugar racional en el que el motivo y el perpetrador de cada acción son siempre dilucidados, y un lugar en el que los libres son aquellos cuya vida está dedicada a investigar la muerte.