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La manzana envenenada de la cultura

Hace poco, sobre la carrera tercera con calle 19, en pleno centro de Bogotá, en medio de un lote inmenso y ruinoso, la Cinemateca Distrital instaló carpas provisionales para celebrar que ahí será construida su nueva sede, una promesa cultural con todos los juguetes que se pueden comprar con una partida estatal de 23 mil millones de pesos.

2014/07/23

Por Lucas Ospina

Por una noche, el evento obligó a las ratas de la zona a no merodear la esquina sur de su manzana envenenada. 

La velada tuvo un tinte cinematográfico, mientras en pantalla gigante se proyectaban secuencias de películas colombianas, entre los asistentes deambulaba un elenco de actores con atuendos peliculeros, entre ellos, un Bolívar autócrata para Bolívar soy yo y un falso embajador hindú para El Embajador de la India. Faltó, sin embargo, dado el contexto de la locación, una película que destacó por su ausencia: La estrategia del caracol, de Sergio Cabrera, y como extras para evocarla habría bastado con invitar a los antiguos residentes de ese lote para que representaran el mismo destino sufrido por los personajes de esa tragicomedia: ser desahuciados.

Las decenas de vecinos que residían en esa manzana fueron interpelados en 2005 por funcionarios de un ente distrital, la eru (Empresa de Renovación Urbana), para notificarles sobre la expropiación que estaba en curso para construir un inmenso centro cultural bajo el auspicio del gobierno de España y 300 unidades de vivienda. Los habitantes se opusieron a una venta condicionada que devaluaba sus predios y les daba a cambio sumas irrisorias por las inversiones de toda una vida. Durante más de siete años los residentes demandaron a la eru por la irregularidad de los trámites de expropiación y por un avalúo que no correspondía a la realidad, pero pudieron más el acuerdo hecho con los españoles y el poder de coacción estatal que los derechos individuales.

El distrito ganó el pleito y cuando en el 2011 el gobierno de España quebró e incumplió sus promesas, quedó claro que el comodín de la cultura se había jugado solo para embellecer el naipe y que lo que siempre estuvo detrás fue una jugada mercantil para favorecer los indicadores de gestión de los altos funcionarios de la eru y a los tahúres del truco inmobiliario.

Hoy toda la manzana tiene un cerramiento metálico con años de parches de pintura, consignas institucionales, pegotes comerciales y pintadas, pero, adentro de este monumento a la gentrificación, hace pocas semanas la constructora qbo y la promotora Convivienda comenzaron con la construcción de City U, un complejo tan desangelado como su nombre y que contará con tres altas torres de cromo y vidrio, tan brillantes y trasparentes como opaca y turbia ha sido la gestión del predio. El metro cuadrado se ha multiplicado entre 10, 15 y 20 veces con relación al precio de expropiación y la oferta ha gozado de gran acogida comercial.

En La estrategia del caracol un grupo de inquilinos va a ser desalojado de una gran casa marchita porque su propietario quiere hacer pasar el inmueble por un bien de interés cultural para crear una burbuja inmobiliaria, los residentes saben que la lucha está perdida pero recurren a todo tipo de maromas para dilatar el proceso. Al final, cuando los autoridades del Estado llegan al predio para dar la última estocada se encuentran con un cascarón endeble que se derrumba y deja ver el vacío: los habitantes se han llevado la casa a cuestas y solo han dejado un mural con el croquis de la fachada y un mensaje digno de despedida: “Ahí tienen su hijueputa casa pintada”.

En medio de la inopia urbanística de las últimas alcaldadas, en la manzana en cuestión una valla pantallera de la Bogotá Humana en consorcio con City U anuncia: “Aquí empieza el renacer del centro de Bogotá”. La maquinaria se mueve diligente junto al set de una sala de ventas. Mientras la realidad comercial avanza a su ritmo, la promesa cultural sigue siendo solo promesa. El área de la muelita cultural de la nueva Cinemateca Distrital está vacía, el concurso para su diseño apenas comienza.

Tal vez solo queda invocar la distopía que escribió uno de los antiguos habitantes de esta zona cuando vio que, de la noche a la mañana, su inmueble perdió el estatus de conservación arquitectónica y le llegó la orden perentoria de abandonar su hogar: “He sido expulsado de mi casa junto con los libros de la nutrida biblioteca que, libro a libro, levanté a lo largo de la vida. Alguien debería consignar ese hecho, como un punto más del programa Bogotá capital mundial del libro. Espero que en el futuro el horror sea patrimonio de la ficción y no de la realidad”. Las palabras son del escritor Jairo Aníbal Niño, un artista desahuciado por la promesa de cultura que no le dio tiempo de idear su estrategia del caracol, dos años luego de escribirlas murió en agosto de 2010.

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