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  • Cientos de turistas en Las Ramblas de Barcelona.
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La mirada que aplasta

"No vi en Barcelona una ciudad, sino un parque temático sin otro tema que el consumo". Carolina Sanín escribe sobre su reciente visita a la ciudad en que vivió durante siete años

2014/08/21

Por Carolina Sanín

Supongo que pasa en otras ciudades muy turísticas de Europa, pero la única que yo conozco bien, porque más o menos fue mi ciudad, es Barcelona. Viví allá siete años, hasta hace nueve. La visité el mes pasado y no encontré ningún rastro de la sensación de habitarla. No vi en Barcelona una ciudad, sino un parque temático sin otro tema que el consumo. Fui a pasar allá dos días y sentí tanta inquietud y desazón que me sobró uno.

Cuando visito ciudades que no conozco, u otras en las que he vivido o que ya he visto, me pongo a imaginar en qué barrio o en qué calle viviría. Levanto la mirada y, sobre todo cuando atardece y empiezan a encenderse las luces de adentro, busco mi ventana. Allá arriba estoy yo, estuve o estaré en una de las posibles versiones de mi vida, y acabo de encender una luz para ser visible desde afuera.

En Barcelona no solo no pude imaginar cómo sería vivir, sino también recordarlo. Me fue imposible, además, adivinar qué había allí. Todo estaba tapado o desgastado por la mirada del turismo. Ya desde el último período de mi residencia barcelonesa, la ciudad se había ido falseando. Se convertía en una propaganda de sí misma, en una campaña cada vez más llena de eventos sin acontecimientos, vistas sin memoria y planes fatuos, desde el exceso de exposiciones insustanciales y el excesivo despliegue de carroña marina para ser fotografiada en el mercado de La Boquería hasta el único edificio feo que ha hecho Jean Nouvel. ¿Una campaña para qué? Para ir a ver y a pisar.

Las cargas de turistas suben por las calles, entre el mar y la montaña, como pelotones a la vez indefensos y aplastantes. Los grupos se reproducen al pasar sin avanzar. Transitan como perdidos, perdiéndose. Todos han venido a desembocar en una especie de sueño. Pero no es un sueño, pues los soñadores participan de la autoría de sus sueños, y en cambio en el recorrido turístico la experiencia no contribuye a construir la visión ni participa de ella. Los turistas miran las superficies y se las ofrecen mutuamente. Ven fachadas y vitrinas en la “Mayor tienda del mundo”, como reza el eslogan de Barcelona. Miran como lentes, aplanando. No hacen nada. Es como si hubieran sido disparados.

La calle no es una calle sino un circuito. El turismo incontable, millonario, imparable, es un río turbio de miradas que rebotan sobre miradas que resbalan sobre el decorado. Un río de limo. El limo cubre aquello sobre lo que se posa, y entonces no se ve nada: no es que Barcelona sea bella pero con demasiados turistas, sino que ya es un aluvión de fealdad encima de lo que pudo ser.

La única interiorización que acontece en la calle turística es la ingestión. La calle está llena de sillas y es una serie de terrazas, de supuestos interiores vertidos hacia afuera. Los turistas somos ojos desorbitados y bocas devoradoras. En el fondo todos sabemos que no estamos en Barcelona. Que ser de otra parte es estar en otra parte. Que solo en el lugar de donde procedemos estamos vivos, aunque en el lugar donde somos turistas no estemos muertos. Vamos sonámbulos por las calles visitadas; sonámbulos y sin soñar.

Al recordar cómo los turistas pasamos, cada uno en su dormir sin contenido, vivos en otra tierra mientras pasamos juntos y ojiabiertos por las calles que ya no son calles, pienso en los zombis y me pregunto si, con la moda reciente de las películas de muertos que deambulan hombro a hombro a través de ciudades arruinadas, no estaremos tratando de decirnos algo sobre el turismo masivo.

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