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La miseria humana

La lengua absuelta

Por: Marta Ruiz

Publicado el: 2012-12-18

Ernesto McCausland era uno de aquellos periodistas que en lugar de seguir el hilo de sangre trémula que baña a este país, andaba más bien tras el rastro de la cultura popular. Solía encontrar historias relevantes en lo local pero ignoradas en el resto de nuestra fragmentada geografía.?

En una de sus crónicas para televisión, el maestro Lisandro Meza cuenta cómo una noche de parranda en Los Palmitos, Sucre, por allá en los años setenta, escuchó a unos borrachos declamando varias estrofas del poema que luego él convertía en un famoso vallenato: “La miseria humana”.

“Una noche de misterio / estando el mundo dormido / buscando un amor perdido / pasé por el cementerio. / Desde su azul hemisferio / la luna su luz ponía/ sobre la Gran Muralla fría / de la Necrópolis Santa / en donde a los muertos canta / el búho su triste elegía”.

Al día siguiente, en medio de la resaca, los juglares le hablaron a Meza del autor de los versos, Gabriel Escorcia Gravini, el poeta insigne de Soledad, Atlántico, cuya trágica y corta vida mereció un conmovedor relato de McCausland. ?

Escorcia Gravini nació en 1892 y siendo todavía niño le diagnosticaron lepra. A principios del siglo XX, el presidente Rafael Reyes ordenó el aislamiento de los leprosos, ya que Colombia era para la época uno de los países con mayor incidencia de la enfermedad y eso, según Reyes, afectaba nuestro comercio internacional. Los leprosos eran poco menos que delincuentes a quienes sus familias estaban obligadas a delatar y entregar a la Policía. Repudiados por todos, iban perdiendo sus cuerpos a pedazos, hasta morir.

Cuenta McCausland que las hermanas del poeta se negaron a internarlo en el leprocomio de Caño Lora, en Tierrabomba, y en cambio, le construyeron una celda en su propia casa, en la que vivió encerrado el resto de sus días. Allí escribió con frenesí cientos de poemas, la mayoría de ellos odas al amor imposible y la inminencia de la muerte.?

“Dime hermana calavera, /¿qué hiciste la carne aquélla, / que te dio hermosura bella, / cual lirio de primavera? / ¿Qué se hizo tu cabellera, /tan frágil y tan liviana, / dorada cual la mañana, /de la aurora al nacimiento? / dime, ¿qué se hizo tu pensamiento? / Responde, miseria humana. / ¿Dónde está la masa gris, / de tu cerebro pensante? / ¿Dónde en bello semblante, / y mejilla sonrojada, / a veces en noche helada, / quiso robarse un amante?

”?La leyenda popular es que el atormentado bardo caminaba por las noches hasta el cementerio de su pueblo, cuyo silencio y soledad le inspiraban. Y que cuando escribió “La miseria humana” se la dio a un juglar callejero para que la divulgara a manera de canción y no se perdiera, como casi toda su obra, en el fuego, que sería el destino inexorable de todo lo que pasara por sus manos de leproso.

La realidad es que otro poeta de Soledad, José Miguel Orozco, se dedicó desde 1914 a publicar en folletines populares la obra de su infortunado amigo. A lo largo de las décadas, el más sombrío de todos quedó inscrito en la tradición oral.

“Tan solo el dolor es fuerte / la vida es vano capullo, / yo vi acobardarse mi orgullo / bajo el peso de la muerte. / Llorar en estos desiertos / es una cosa muy vaga / porque el llanto nada paga / ni resucita a los muertos”.?El poeta murió cuando tenía apenas veintiocho años, y efectivamente gran parte de sus escritos fueron quemados en una pira a nombre de la higiene pública. Pero algunos fueron salvados de las llamas por un hermano del vate, y son los que perduran. ?Escorcia Gravini es hoy un símbolo en Soledad, donde se le rinde tributo, no solo en los cursos de español sino en las calles, y en el propio cementerio al que le dedicó sus más melancólicas palabras. A pesar de que su vida fue fugaz, y su obra poco publicada, su tumba permanece colmada de flores.?Como estará siempre, no me cabe duda, la de McCausland. ?