La muerte que (no) se fue

Carolina Sanín reflexiona sobre el imaginario en torno al SIDA.

2011/06/23

Por Carolina Sanín

Entre los niños de mi edad circulaba la leyenda de un hombre que una noche se acostaba borracho con una desconocida y, a la mañana siguiente, encontraba escrito en el espejo del baño, con lápiz labial, “Bienvenido al club del SIDA”. También circulaba la historia de un atracador que merodeaba por Bogotá asaltando a sus víctimas con una jeringa infectada del virus VIH. Cuando oímos de la enfermedad por primera vez, no teníamos todavía relaciones sexuales pero empezábamos a ser conscientes de nuestro deseo y planeábamos besarnos. Las leyendas que digo no producían el miedo de las historias de asesinatos o secuestros sino el terror de las historias fáusticas y las de apariciones fantasmales. Hablaban de gente que estaba viviendo la muerte en la geografía de los vivos.

 

Pero, aunque era de leyenda, el SIDA era también una noticia del mundo real de los adultos. Rock Hudson y unos roqueros se habían muerto. La prensa mostraba fotos de personas manchadas y extenuadas. Oíamos acerca de parientes de amigos y amigos de parientes que se enfermaban y morían en secreto. Oíamos historias sobre gente a la que todo el mundo abandonaba. Eran señales de una nueva prueba del amor. Oíamos historias de fatal libertad: de hombres cuya salida del clóset coincidía con su salida de la vida. Despertamos sexualmente en la sospecha de todos los fluidos y los filos: de los instrumentos del dentista y el peluquero, de los dientes y el enamoramiento.

 

El amor podía contagiar, y el contagio volvía el cuerpo desamparado y hacía del aire un arma. Nuestro amor, que iniciaba con el miedo a la muerte era, por supuesto, el contrario del amor romántico. El SIDA, entre otras cosas, mostraba el límite del gran amor: el “moriría por ti” se había convertido en una opción probable y teníamos que ocuparnos en evitar el dilema. Empezábamos a amar con una densidad mórbida y la prioridad de no adquirir el mal que posiblemente el amado tenía; que posiblemente era el amado.

 

La larga incubación y la variedad de los síntomas hacían que el síndrome fuera más misterioso, omnipresente, apocalíptico: lo que se contagiaba era, potencialmente, todas las enfermedades del mundo. Y era, también y simplemente, la espera de la muerte, la certeza de la muerte sin una fecha precisa. ¿Pero acaso no todos los humanos habíamos vivido desde siempre, desde antes del SIDA, esperando la muerte? Se contagiaba un plazo, una profecía, la prueba de la brevedad de los mortales.

 

Hace unos años, no sé con qué pretexto, se me ocurrió preguntar sobre la enfermedad en una clase de literatura que dictaba en el estado de Nueva York. Los jóvenes universitarios sabían qué era, por supuesto, pero nunca habían pensado en ella. Mi generación había visto suceder una versión del fin del mundo y a mis alumnos, que no eran mucho menores que yo, nadie les había comunicado la fuerza del conocimiento y del pavor que habíamos tenido. Y sin embargo, creo, los adolescentes de hoy tejen sin cesar imaginarios en torno a la metáfora del SIDA, sin saberlo, habiendo olvidado el término figurado de la metáfora. Me refiero a su pasión por los nuevos vampiros de series televisivas y sagas cinematográficas y librescas, que dejaron de ser solitarios, viejos y únicos, como Nosferatu y Drácula, para convertirse en vampiros jóvenes que viven en comunidades y se plantean el dilema de si contagiarse mutuamente o no, para acompañarse en la inmortalidad así como los amantes del SIDA se planteaban el dilema de acompañarse en la agonía. Y me refiero al contagio metaforizado en las redes sociales virtuales: a esa necesidad, sin origen aparente, de hacer las cuentas de todas las personas con quienes uno ha tenido contacto en la vida.

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