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  • Fotografía de la agencia Reuters, tomada hace un mes en Peshawar, Afganistán.

La “pietá” de Peshawar

Esta composición parece una “Pietá” pintada por Tintoretto o por el Veronés a mediados del siglo xvi. Esa agitación ordenada y como congelada en mitad de la acción. Esa masa de colores de texturas diversas, apagada, suavizada en plateados y amarillos, azules pálidos, blancos, ocres y grises, con unas pocas manchas de rojos muertos: un colorido frío que recuerda más la paleta del Veronés que la de Tintoretto. No falta ni siquiera ese verde azulado que recibe el nombre de verde Veronés, en una manga, abajo y un poco a la derecha del cuadro.

2015/01/22

Por Antonio Caballero

Esta composición parece una “Pietá” pintada por Tintoretto o por el Veronés a mediados del siglo xvi. Esa agitación ordenada y como congelada en mitad de la acción. Esa masa de colores de texturas diversas, apagada, suavizada en plateados y amarillos, azules pálidos, blancos, ocres y grises, con unas pocas manchas de rojos muertos: un colorido frío que recuerda más la paleta del Veronés que la de Tintoretto. No falta ni siquiera ese verde azulado que recibe el nombre de verde Veronés, en una manga, abajo y un poco a la derecha del cuadro. Sin embargo, la fuerza de la escena, desatada y algo teatral pero sin amaneramientos, le debe más a Tintoretto. En todo caso el asunto es inconfundiblemente renacentista: no hubo ningún artista de la época, de Miguel Ángel en adelante, que no pintara o esculpiera su “Pietá”. Lo único que en esta rompe las normas aceptadas es que la figura del difunto, que debiera dominar el espacio, está reducida a una pequeña cabeza amortajada de blanco, casi invisible en el centro geométrico de la imagen.

Lo que estructura la pirámide de la composición es el ataúd de madera, una vertical que parte en dos el cuadro. En primer plano, y alejándose en el escorzo manierista de los brazos, muchas manos de mujer: una que se alza al cielo, otras que aferran los lienzos del forro del cajón o se crispan sobre la tapa o en los hombros o se sujetan el velo. En círculo más amplio, muchos rostros de mujeres de todas las edades, desgarrados en llanto o pensativos. Solo una se cubre el rostro por completo, y también solo una, en la cabecera del difunto, tiene la cabeza del todo descubierta: pero ya otras dos más jóvenes se ocupan de acomodarle el rebozo del manto. Solo hay un hombre, el único que viste ropa moderna de corte occidental –camisa de abotonar y chaqueta de solapas– y se tapa la cara con la mano. No hay nadie que, como suele verse en las escenas de grupo de la pintura del Renacimiento y el Barroco, mire de frente al pintor. O, en este caso, a la cámara.


Fotografía de la agencia Reuters, tomada hace un mes en Peshawar, Pakistán.

Porque esta no es una “Pietá” renacentista, aunque lo parezca: un lienzo pintado hace 400 años y hoy colgado en la pared de un museo. Es una “Pietá” de carne y hueso, por decirlo así. Una fotografía de la agencia Reuters tomada hace un mes en Peshawar, en Pakistán, y publicada por El Tiempo de Bogotá el 17 de diciembre que acaba de pasar. El duelo que muestra no es el de las santas mujeres del Evangelio por la muerte de Cristo, sino el de un muchacho pakistaní de 15 años llamado Mohammed Alí Khan: una de las víctimas de la masacre cometida por terroristas talibanes en una escuela pakistaní que dejó 141 muertos y más de 100 heridos, en su mayoría niños. Un episodio más de la incesante guerra civil que, con la participación de fuerzas extranjeras de toda índole, arrasa Pakistán desde hace 35 años.

No hay que olvidar que el Renacimiento, con todas sus “Pietás”, fue también una época de bárbara violencia política y religiosa. Tal vez por eso mismo los artistas pintaban entonces tantas “Pietás”: de a varias por cabeza.

 

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