La reelección en cultura

Nicolás Morales reflexiona sobre la manera en la que se obtienen los cargos culturales en Colombia.

2011/03/30

Por Nicolás Morales

Desde hace más de diez años he venido recogiendo, con el juicio que amerita un capricho largo, algunas huellas del poder en la cultura en Colombia. No se trata de una obsesión enfermiza sino, más bien, de un hobby, como si coleccionara estampillas, metiera arácnidos en una caja o comprara objetos rojos de navidad.

 

A mí, en lugar de ese raro sello postal de comienzos del siglo XX, o de una mariposa exótica a la que he logrado clavarle un alfiler para fijarla en un corcho, me seduce un nombramiento en un cargo de la alta jerarquía cultural. Porque allí es donde me surgen las preguntas: ¿cómo logró esa persona cosechar tal oportunidad? ¿Dónde están los meritos, las relaciones, los esfuerzos, sus indicadores, su producción, lo que dice, lo que escribe y todo lo que la hace susceptible de ser nombrada? Las preguntas se acumulan: ¿cuánto le ofrecieron a este para dirigir aquella institución? ¿Qué hace que aquel sea reelegido en ese puesto sin contemplar un cambio? ¿Quiénes son los amigos de Fulanita de Tal que le permiten estar de nuevo en una terna? ¿Cómo se construye una hoja de vida adecuada para escalar posiciones? ¿Decaen o resurgen las instituciones por un nombramiento afortunado o desafortunado? ¿Por qué los malos nombramientos tardan tanto en ser percibidos como nefastos? ¿Por qué se espera la jubilación de ciertas directivas para alcanzar, finalmente, el relevo generacional y conceptual en instituciones centenarias?

 

Siempre he pensado que en el sector cultural todo tiende a ser mucho más difuso que en cualquier otro. Tal vez porque venimos de un país en el que la metodología de la gestión cultural consistía en vestirse bien, en tener una culturita general —relativamente medianita— que incluía hablar inglés o francés y, sobre todo, en tener unos apellidos que representaran a las dinastías políticas de nuestra historia política. En ese sentido, decenas de cargos siempre estuvieron ligados a una concepción clásica y conservadora de lo cultural, una concepción en la que, más que administración, gestión y amplitud de horizontes, se trata en ocasiones de conveniencias, prejuicios y linajes. Lo interesante es constatar que, en los últimos veinte años, decenas de colombianos y colombianas han regresado al país con estudios sofisticados que cualificaron el sector cultural de una manera impresionante. Permearon los mandos medios y fortalecieron las instituciones desde abajo; trazaron líneas con contenido y crearon un coro que observa y participa empujando a las instituciones a planear estratégicamente y a incorporar conceptos contemporáneos, democráticos y relevantes de la acción cultural. Cierto, estos gestores culturales sufren al escalar a las más altas posiciones por una multitud de factores, ligados todos a la manera como se hace política en Colombia y a un dilatado relevo generacional. Pero generan masa crítica, y eso es capital.

 

Los altos cargos del sector cultural no traen de forma directa el enriquecimiento económico, pero muchas veces están amañados en círculos de poder personal y no siempre profesional. La cultura ha sido representada metafóricamente como la Cenicienta, pero en esta versión libre del prostituido cuento, la protagonista ha envejecido de forma poco digna, sin la sabiduría que se asocia a la experiencia y sin el brillo de esa zapatilla de cristal, por siempre ajena a sus pies con juanetes. Es claro que algunas de nuestras “autoridades” culturales ya se encuentran en edad de buen retiro para dar paso a una generación de personas capacitadas para orientar y dinamizar las instituciones. Y ahí va lo crucial del asunto: nos es fácil dejar a un lado los vicios de ese poder cultural ejercido desde el peso de los abolengos para, en su lugar, priorizar las necesidades de los ciudadanos que conforman los públicos que dan sentido a esas instituciones, y para generar perspectivas críticas en torno a la producción, la circulación y la defensa de prácticas culturales diversas y ricas. Ya lo decía un teórico de la ciencia política norteamericana, menospreciado por el marxismo, llamado Ralph Miliband: para forzar el cambio no importan las superestructuras, importan los individuos. O lo mismo, pero dicho por Jim Morrison: ¡hay que cambiar el portero si quieres entrar al bar!

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