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La sociedad de las librerías muertas

Nicolás Morales comenta el naufragio de las librerias independientes

2010/03/15

Por Nicolás Morales

Con la certeza de lo irreparable, finalmente ocurrió: las librerías independientes naufragaron. La especulación inmobiliaria, los remates de saldos editoriales y la rotación excesiva de títulos, dicen los libreros, se llevaron del mapa del norte y centro de Bogotá la historia, trayectoria y clientela de un puñado de muy buenas librerías: Verbalia, Caja de Herramientas y Exopotamia cierran sus puertas. A la calle irán a parar sus libreros tras saldar inventarios, apechugar sus deudas y devolver locales. Engrosarán el club de los gestores culturales fracasados en una ciudad que piensa demasiado en sus bibliotecas y muy poco en sus librerías. Sus casos confirmarán aquí una tendencia mundial: la desaparición de las librerías de barrio, aplastadas por los mega malls de libros. Serán Panamericana, la Librería Nacional, Lerner y el Fondo de Cultura Económica quienes se queden con un pastel que solo compartirán con Carrefour y el Éxito mientras Paulo Coelho siga haciendo sonar sus registradoras. Sin demasiada fe albergo la esperanza de que Biblos, Alejandría y Arteletra, tres librerías independientes importantes del norte y centro de la ciudad, consigan sobrevivir como pequeños oasis de criterio y humanidad en un entorno en el que los libros y las palabras terminaron carcomidos por los best sellers y los porcentajes de utilidad a los que solo les sacan jugo quienes lograron acaparar toda la cadena alimenticia del libro.

Podríamos debatir sobre las verdaderas razones de la debacle. A las ya mencionadas se sumarían el desorden administrativo, los robos, la compra directa de las instituciones a las editoriales, la piratería, el precio de los libros importados y una cierta falta de tacto de los distribuidores con los pequeños libreros. Y sin duda es cierto, aunque más nocivo podría ser lo que Gabriel Zaid ha conseguido diagnosticar: dice el escritor mexicano que el problema de los libros en este continente no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer sino escribir.

Podría decirse que a una ciudad la definen sus librerías; que París sería otra cosa sin Shakespeare & Company y Nueva York cambiaría sin Strand. Con seguridad Buenos Aires sería la mitad sin sus cientos de locales de libros y, por eso, es triste darse cuenta de que lo poco que hay, o hubo en Bogotá, está desapareciendo. Esta ha sido, es y será una ciudad sin librerías. No hay librerías en el sur de la ciudad, salvo tres Panamericanas en Plaza de las Américas, Venecia y el Restrepo; no hay librerías en el occidente, salvo una Panamericana en Salitre. Cuatro “librerías” para cuatro millones de habitantes de este sector de la ciudad: una diciente estadística de este apartheid cultural bogotano.

El único consuelo es que aún hay personas obstinadas en que nuevas librerías vean la luz. Ese es el caso de Casa Tomada, en Palermo, especializada en literatura nacional y extranjera, la que, sin muchos aspavientos, podría llegar a convertirse, si el público se sacude un poco la apatía, en un pequeño eje de movimiento cultural con debates, talleres, una sofisticada oferta y muy competentes libreros.

Sin embargo, el consuelo es poco cuando se constata que quince o más años de historia se cierran en silencio. Y es eso lo que ocurrió, por citar un ejemplo, con Exopotamia. Ricardo Rozental y Elvia Sáenz fundaron esta librería y discotienda en 1993 con el propósito de romper con los monopolios en los contenidos culturales de la ciudad. Fue quizás el primer espacio en Bogotá que se interesó en tomar el riesgo de ofrecer música barroca, clásica y contemporánea de pequeños sellos regados por el mundo y también, una de las librerías que, en su momento, asumió el desafío de traer libros de editoriales inglesas enfrentando el monolingüismo del mercado. Luego, ya en el local de la Luis Ángel Arango, Vanessa Villegas —acompañada durante un tiempo por Víctor Albarracín— continuó el proyecto centrándose en la difusión y promoción de un mercado musical, editorial y artístico de la escena local emergente. Pero luego de soportar casi cuatro años, todo se fue al traste, dejando huérfano a un grupo de personas que allí encontraron un oasis cultural, como diría André Malraux. Más que libros y discos, Exopotamia nos dio un montón de charlas y discusiones de medio día, que recordaremos como muy buenas horas de nuestra existencia. Y es esa calidez, ahora silenciada, la que no nos devolverá ningún supermercado, por más surtido que tenga.

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