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La tarea de Sísifo

"Donde estos dos recios campesinos fracasan, Samper también fracasó. Dejó los cultivos ilícitos tal como los encontró, para darle a Fernando Londoño, ministro del Interior del gobierno de Uribe un decenio más tarde, la oportunidad de prometer que en seis meses más no quedaría una sola mata de coca en el país. Y vean la foto de ahora".

2013/10/18

Por Antonio Caballero

 

Hace ya tiempo… Todo lo que tiene que ver con las drogas prohibidas sucede desde hace ya tiempo, mucho tiempo. Y sigue sucediendo igual, como en los cuentos de hadas. Solo que no sucede en un país muy lejano, sino aquí, delante de nuestros ojos, y nos mata. Y es como si no lo viéramos.

Hace ya tiempo, digo, escribí en este mismo espacio un comentario sobre una fotografía en la que un infortunado policía antinarcóticos, partido en dos por la cintura, contaba con el dedo uno por uno miles de paqueticos de cocaína prensada que otros colegas suyos, doblados dolorosamente por la cintura, habían ordenado meticulosamente en un vasto patio de cemento para la fotografía. Después de tomada esta no sé qué pasaría con esos miles de paqueticos: los desordenarían, los quemarían, los venderían. Y luego vendrían, de otros sembradíos de matas de coca, otras cosechas, otras cristalizaciones en las cocinas clandestinas, otros empaquetamientos cuidadosos para la exportación, otras incautaciones policiales y otras fotografías para la prensa. Una tarea de Sísifo.

Al pobre Sísifo de la mitología griega lo condenaron los dioses, no recuerdo en castigo de cuál acto benéfico, a cumplir el trabajo más inútil que se les ocurrió: empujar una enorme piedra hasta la cumbre de una colina para, llegado arriba, dejarla rodar abajo y bajar nuevamente para volverla a empujar arriba. Igual les fue a esos policías que acabo de evocar. Igual les va a estos campesinos –“erradicadores manuales de cultivo de coca”, los llama el pie de foto del periódico Voz de hace unos días– que pueden ustedes ver aquí. Miren ese esfuerzo: esos brazos nervudos, esa tensión de las piernas, esos músculos contraídos, esas espaldas curvadas; y, si no llevaran sombrero, se les verían también hinchadas como cuerdas las venas de las sienes; miren ese inmenso esfuerzo con que intentan arrancar, entre dos, una sola robusta mata de coca que no se deja arrancar ni ante la amenaza del barretón de hierro hincado en tierra y el machete en su chuspa de flecos. A la izquierda, un poco retirado, un tercer erradicador mira sin intervenir el trabajo inútil de los otros dos, con los brazos colgantes y el machete en reposo. Bajo la sombra de la cachucha se le adivina una mirada escéptica.

Yo soy ese tercero.

Porque es evidente, desde hace cuarenta años, desde que empezó el problema, que las drogas ilícitas son inerradicables. Que no se pueden erradicar: desenraizar, de-sarraigar, eliminar de raíz. Estos no lo consiguen con una sola mata, ni siquiera entre dos. Aunque, fijándose bien, la verdad es que no parecen estar haciendo de verdad mucha fuerza, sino posando para la foto: saben que es imposible. Si fuera una foto aérea, veríamos en su entorno lo que ellos saben que les espera: un mar de coca.

Recuerdo otra foto, más vieja aún que la de los policías antinarcóticos, que publicaron los periódicos cuando Ernesto Samper era presidente y lo acusaban de haberse vendido a los narcotraficantes: salía él solito, sudoroso, en mangas de camisa pero creo recordar que con corbata, esforzándose por arrancar con sus propias manos una mata de coca para mostrarle al mundo en general, y a la DEA en particular, su convicción inquebrantable en la lucha frontal contra el flagelo universal del narcotráfico (ninguna de estas palabras es mía). Pero sobra decir que donde estos dos recios campesinos fracasan, Samper también fracasó. Dejó los cultivos ilícitos tal como los encontró, para darle a Fernando Londoño, ministro del Interior del gobierno de Uribe un decenio más tarde, la oportunidad de prometer que en seis meses más no quedaría una sola mata de coca en el país. Y vean la foto de ahora.

Vale la pena recordar que para que el pobre Sísifo pudiera escapar a la pena absurda a que había sido condenado por la insensatez cruel de los dioses fue necesario cambiar de dioses.

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