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La tiendita del horror de mediodía

Sopor i piropos

"Prendí el televisor en mi hora de almuerzo y desafié un orden preestablecido en mi rutinaria existencia. Y confieso que quise morir un poco. La visión: unos noticieros espantosos con decenas de historias de sangre, siempre en titulares."

Por: Nicolás Morales

Publicado el: 2013-02-19

Desde hace algunos años voy a almorzar a la casa un par de veces entre semana. En una ciudad caótica y densa como esta vivir cerca del trabajo es perdonarse kilómetros diarios de trancón y ruido, es reducir el malvivir. En esas ocasiones pocas veces prendo el televisor. Pues bien, un día cualquiera rompí la norma. Mi libro no funcionaba y no había revistas atrasadas; así que prendí el televisor en mi hora de almuerzo y desafié un orden preestablecido en mi rutinaria existencia. Y confieso que quise morir un poco. La visión: unos noticieros espantosos con decenas de historias de sangre, siempre en titulares. Casi veinte minutos de reportajes de microhistorias de muerte, violación y secuestro maximizadas en relatos de pésima factura.

En los años ochenta, los sociólogos de las comunicaciones acuñaron un término que describía las franjas horarias dirigidas esencialmente a estratos populares y amas de casa susceptibles de ver televisión a medio día. Su característica fundamental es la escasísima calidad en los formatos y contenidos; de ahí su nombre: “maldita”. No les falta razón: las peores telenovelas y los seriados más precarios son, me temo, los héroes del mediodía. La Franja Maldita es una suerte de Triángulo de las Bermudas diario, cuyo plato principal es un pésimo noticiero.

¿Desde cuándo la crónica roja ha sido un festín de la televisión? No lo sé. Antes, probablemente, solo la veíamos en la prensa escrita. Sin embargo hoy campea en imágenes sin censura alguna. Por supuesto, en el registro de estos noticieros no solo hay muerte, lo que ya es perturbador, hay muchas cosas más; lo que me llama poderosamente la atención es, más bien, el potenciamiento de las historias que dejan ver un completo relajamiento de las normas para una gran cantidad de habitantes del país, una falta total de autoridad de cualquier tipo, y la práctica de miles de hechos arbitrarios, violentos y sin posibilidad de justicia. El engaño, la estafa, el aprovechamiento de unos a otros, todo vestido de una naturalidad sorprendente, son los titulares de todos los días de estos noticieros. Colombia es una especie de Far West diario, donde de cualquier modo se puede caer. O una especie de Lagos, Nigeria, vuelta país cafetero, con tamales y todo.

La tradición de violencia está presente desde chicos en cada uno de nosotros. Y desde que tengo memoria la trampa y la estafa están ahí. Pero por primera vez, al abrir la Franja Maldita televisiva de mediodía, confieso que veo un no retorno. Un mundo imposible de enmendar, televisivamente hablando. Un mundo de periodistas livianos que solo se sienten atraídos por nuestros círculos del infierno, de las mafias e intereses pero que no explican ni las causas ni desean comprender estructuralmente nada. El análisis quedó desterrado, lo mismo que las hipótesis y la narración de factura.

¿Cómo lograr, entonces, no odiar este país? Probablemente la única respuesta es no sintonizar la franja televisiva de mediodía. Es decir, acabar con una representación mediática atroz de una realidad increíblemente atroz. Acabar con estos perversos noticieros que exageran lo ya exagerado, y que mediante esta escenificación esconden las noticias importantes, a veces igual de dramáticas pero mucho más significativas.

Hace muchos años leo al escritor de novelas James Ellroy. No es un autor muy apreciado por críticos porque pertenece al planeta de los best sellers, pero este norteamericano ha sabido darle altura estética al bajo mundo que coexiste invisible entre nosotros, con sus relatos de atroces asesinatos en la California de los años cincuenta. Pues bien, lo que él describió no es ni la mínima parte de lo que la caja maldita colombiana abre en sus canales todos los días. Con una diferencia: Ellroy lo vuelve gran literatura mientras que la caja amarilla ensombrece, aplana y normaliza. O con una variante, si se quiere: en Ellroy la descripción minuciosa y profesional le da un grado de verosimilitud notable a los hechos mientras que en los noticieros de mediodía es tan horrible lo que nos muestran que, a veces, confieso que no creo que sea cierto lo que veo.