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La verdad de las mujeres

Si la guerra es masculina por antonomasia, la posguerra es, ante todo, femenina...¿Por qué iba a ser Colombia la excepción?

2013/11/14

Por Marta Ruiz

No fue sino que estallara la Primera Guerra Mundial para que Lady Sybil, la menor de los Crawley, de Downton Abbey, se pusiera pantalones, dejara el castillo de su padre y se fuera a trabajar como enfermera voluntaria a un hospital adonde llegaban por centenas los soldados moribundos. Poco después estaba lista para dar el paso decisivo: escaparse con el chofer de la familia, con quien tenía de tiempo atrás un tórrido romance.

Scarlett O´Hara, la odiosa protagonista de Lo que el viento se llevó, tampoco sospechó en los primeros estertores de la guerra de secesión que su amada Tara sería arrasada, y que ella misma, caprichosa y manipuladora niña que daba órdenes a quien fuera, tendría que arremangarse para labrar la tierra si quería llevarse algo de comida a la boca.

En todas las latitudes y tiempos, en todas las etnias y clases sociales, la guerra ha cambiado completamente el rol de las mujeres en la sociedad, y ellas, al mismo tiempo, han empujado cambios sociales más importantes entre los rescoldos que quedan en tiempos de paz. Grandes olas de feminismo han coincidido con tiempos de posguerra. Ahí está el siglo pasado como ejemplo.

Si la guerra es masculina por antonomasia, la posguerra es, ante todo, femenina. Desde las astutas chinas que describe Mo Yan en Sorgo rojo, hasta las indígenas peruanas de La teta asustada, la vida de las mujeres ha tenido un antes y un después de la guerra. Un antes y un después del sufrimiento y la soledad que producen los conflictos. ¿Por qué iba a ser Colombia la excepción?

Lo más fascinante del recién publicado informe La verdad de las mujeres, realizado por La Ruta Pacífica de las Mujeres, es justamente eso. Por un lado, los relatos de violencia que, aunque reiterados, nunca dejan de asombrarnos, especialmente porque este informe se detiene en la subjetividad de las mujeres, en la manera como el sufrimiento de la guerra invadió su universo físico y simbólico. Este informe nos habla sobre la capacidad de las mujeres de reinventarse a partir del sufrimiento; sobre cómo han cambiado sus visiones de la maternidad y el cuerpo, del sexo y los hombres; y sobre sus nuevas demandas y necesidades políticas.

En un conflicto que ha sido profundamente campesino, los roles tradicionales de la vida doméstica fueron completamente trastocados por las masacres, por las muertes, por el desplazamiento. En las ciudades las mujeres fueron las primeras en encontrar un trabajo, mientras ellos permanecían en la casa, reducidos a la impotencia. Muchas de ellas tuvieron que superar el analfabetismo para aprender a defender sus derechos a la verdad y la justicia en tribunales. O hacer valer su relación con la tierra, ante sus propios compañeros que muchas veces las habían abandonado. Las mujeres crearon en estos años redes increíbles de solidaridad y acompañamiento y están rompiendo el silencio opresivo al que estaban obligadas en medio de la confrontación.

Estos dos tomos son el resultado de mil entrevistas en profundidad hechas en nueve regiones, por mujeres, con mujeres; y narran también nueve casos colectivos ominosos. Tiene una dimensión testimonial y otra analítica, y por eso ellas mismas la definen como una Comisión de la Verdad.

Ante todo es un fresco de los sentimientos, un retrato sutil y detallado sobre el cambio profundo que se ha producido en el alma de las mujeres. Un acercamiento feminista al problema de la guerra que permite dilucidar no solo sus mezquindades, sino el potencial emancipador que tiene también la posguerra, la reconciliación.

El informe le ahorrará trabajo a futuros mecanismos o comisiones de verdad del conflicto que seguramente se pactarán en La Habana entre el gobierno y las Farc, señores que aunque le han dedicado la vida a las armas no podrán ignorar este libro que, desde un renovado feminismo, señala una ruta pacífica para el país.

*Imagen: Lady Sybil en Downton Abbey

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