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La vida social del arte

2013/11/14

Por Lucas Ospina

Las inauguraciones de arte son evento rey en la parroquia cultural y su despliegue en las páginas “sociales” son un acontecimiento periodístico obligado. Otros eventos gregarios como el cine, los conciertos, el teatro, las conferencias y premiaciones no son aptos para la libre conversación y divagación. En las inauguraciones de arte, en cambio, la charla es el espectáculo: precede, acontece y sucede al evento, ignora el arte y sigue hablando; pero, por cortesía (acaso pudor), asume una actitud disimulada con mucho de cháchara, algo de arte, un par de comentarios, opiniones pertinentes sobre lo expuesto… expuesto a la indiferencia, porque las obras no sabrán nunca que nos fuimos, o que no estuvimos ahí realmente.

La inauguración de arte es la mejor pasarela colectiva y rotativa, llegar temprano o tarde no importa (a menos que el trago se acabe). Es el evento perfecto para una primera cita: para conocerse y ver a quién se conoce. La mayoría de las conversaciones quedan truncas, tanto como la percepción de lo expuesto, pero poco importa, al menos se hacen contactos. El espacio de exposición es entonces oficina, campo de ingeniería social para hacer “networking”, en miras a un “brainstorming” donde el “elevator pitch” permita un buen “flow” hacia otros escenarios. Coleccionistas, diletantes y amateurs se irradian de mecenazgo, bohemia y sana locura en las inauguraciones; los productores de arte usan el coctel bursátil para cerrar afanosos negocios que cubran todo lo que no puede exhibirse con decoro: cuentas de arriendo, agua, luz, teléfono, colegios… Algunos –con simpleza– enmarcan y venden la pobreza del otro para alejarse de la propia, esa es la alquimia del comercio: nigromancia y culpa se transmutan en “compromiso” y “denuncia”.

La inauguración, el culmen de galerías, ferias, bienales o museos, escenifica una situación peregrina: el evento, la socialización, la fiesta, el trago, no logran conjurar la soledad que llama desde el arte. Hace unos años, El Bodegón, un modesto espacio expositivo en Bogotá que mezclaba sin tapujos “arte y vida social”, solo mostraba las obras el día de la inauguración. Esta limitación producía un condicionamiento: el día de la apertura el ojo tendía a mirar un poco más el arte expuesto. En la exacerbación de ese gesto El Bodegón juntaba lo antitético, el festín y la celebración de la amistad, al tiempo que las extrañas demandas del arte; convertía el lujo del coctel en un tour de force para ese ojo estrábico que quería consumar a solas el acto estético.

El poder del arte no estaría solo en su capacidad de socializar y ser socializado, en comunicar y ser comunicado en festejo, en performance colectivo, en pieza relacional que convoca, en indicadores de público o en su consumo como objeto o concepto. El poder del arte está en mostrar lo inalienable que es esa vida social del aislamiento que propicia. Ese aislamiento donde, sin más animación que la motivación propia, el arte interpela y exige. Navegamos en la superficie del coctel y luego nos vamos al fondo, pero es en ese estado –entre distraído y abstraído, entre contemplativo y aburrido– donde está el enigma.

A los artistas no hay que envidiarles su libertad, que no la tienen, o la imaginación, que todos tenemos, o su fama, un triunfo pasajero, sino su poder para estar a solas, su traición a lo social, las robinsonadas que acometen cuando habitan el islote solitario del lenguaje. Socializar, exponer, vender serían meras pruebas de existencia, registros sociales que intentan normalizar ese momento extraño donde el individuo difiere de la especie, momento tan efímero como un sueño, fruslería poderosa, arte, lo más cercano a la nada.


Vernissage au Salon, B. Perat, París, 1866


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