La vocación

Carolina Sanín reflexiona sobre los escritores y sus egos.

2010/02/28

Por Carolina Sanín

Uno lee por primera vez su nombre en letras de molde y empieza a querer ser ese nombre escrito. Ha publicado en el anuario del colegio unos poemas, digamos, y las mamás lo han felicitado, y los compañeros han empezado a mirarlo un poco como si tuviera un secreto y un poco como si pudiera leer los secretos de ellos. Uno empieza a ser más solitario que lo que tal vez quiso, pero uno va a ser escritor (o, entiéndase, escritora): tiene vocación para la soberbia, así que le gusta parecerse a un lobo, acechado por la desconfianza propia y la suspicacia ajena. Uno se va volviendo paranoico.

 

Uno ha entrado a la facultad de letras y se ha hecho soberano, investido por su sobrecogedora aspiración. Desprecia a quien pretenda enseñarle algo, salvo, quizás, a uno o dos y a Borges. Uno se impone la condición de escribir durante tres horas al día (ha leído la cifra en una entrevista a algún autor). Se vuelve obsesivo. El martes no escribió, de modo que el miércoles debería pasar seis horas escribiendo. Llega el miércoles de la semana siguiente, y ya debe 24 horas, un día entero que no tuvo lugar. Le toca encontrar en otra revista el dato de que W. Whitman escribía con menos diligencia. Un compañero de clase le cuenta que W. Benjamin llevaba siempre consigo una libreta. Uno empieza a apuntar cuanto oye en la buseta. Adquiere un comportamiento compulsivo.

 

Uno lee a qué edad Fulano publicó su primer libro. ¿Cuánto tiempo tengo? ¿Cómo se contacta a un editor? Seguro hay algo que todo el mundo sabe, menos yo. Uno no se da cuenta de que está educándose en la envidia. Manda cuentos a concursos. Se esfuerza en inventar seudónimos para parecer que no es uno. Lee que los escritores renuncian a la vida por la escritura, algo así, y se dice solemne, como casándose consigo: “Quiero”. Lee a Kafka y Garcilaso, y piensa que la gloria póstuma es la noble. Mientras escribe, llega a sentirse puro, en cualquier acepción del término. Pero no gana ningún premio y no termina ningún libro. Entonces, se deprime.

 

Uno, en fin, publica una novela, y consigue amigos y colegas, gente que quiere lo mismo que uno cree haber querido siempre. Pero uno es de un país donde leen pocos, demasiado pocos para tantos amigos y colegas. Uno, que ha admirado a Pynchon por no dejarse retratar, acepta salir en la revista Caras para que se haga justicia con su trabajo tan sacrificado. Uno recibe insultos de un amigo, soberbio como cualquiera, que se queja de que la revista en la que uno publica una columna no lo elogia a él lo suficiente. Uno se enfurece y se caga, con perdón, en la amistad. Uno sabe que los festivales literarios son banales, y se presenta en todo festival al que lo invitan. Uno se sabe menos puro, y qué: la experiencia le ayudará a escribir mejor. Uno se busca en Google a menudo. Se vuelve egomaníaco.

 

Uno se entera, indignado, de que muchos de los grandes premios literarios del mundo hispanohablante están arreglados de antemano, y que sus organizadores se enseñorean, buscando legitimidad, de la esperanza de los anónimos que envían manuscritos por correo. Uno ha recitado a Gabriel Celaya: “Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quien somos”. Pero un día se descubre codiciando un premio de esos. Porque “así es como funciona ese mundo, y todo el mundo sabe”. Porque, de todas maneras, lo merecería. Uno da la espalda a la empatía y a la justicia. O sea, empieza a tener una conducta un poquito psicopática. Pero se trata de libros nada más: el fraude no tendría importancia, nadie se quedaría sin luz eléctrica. Y entonces descubre, muy penosamente, que no tendrá que sacrificar nada real por la literatura; que el deseo de leer su propio nombre lo tentará, si acaso un día, a renunciar a su buen nombre. Pero si ese día llega y uno se resiste, también con su resistencia podrá seguir cultivando la soberbia.

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