Las caras de Caras

Nicolás Morales habla en su columna de este mes sobre los coleccionistas de arte y los artistas.

2010/09/11

Por Nicolás Morales

¿Ha dejado usted de cambiar de carro o de comprar un sofá nuevo para, más bien, invertir su plata en lo más selecto del arte contemporáneo en Colombia? ¿Gastó usted las mesadas que sus papás le daban cuando joven en obras de arte? Me imagino que no, pues un sacrificio tan alto no se haría por ese orgullo más bien estéril de tener en su poder las obras de un grupo de artistas colombianos que, según una revista de lifestyles, van camino a la “consagración”. Tal vez usted, comoa yo, compraría el sofá y muy cómodamente se echaría en él a leer este artículo o, quizás, ese de la última revista Caras, donde “cuatro de los coleccionistas de arte más destacados del país le dijeron a Caras cuáles son los artistas a los que, de acuerdo con su experiencia, hay que seguirles la pista”.

 

El artículo, con más bien poco y muy mal texto, pero eso sí, con fotos grandes y a todo color, nos dice por qué coleccionar arte en Colombia “es una pasión que convierte a quienes la practican en especialistas en la materia”. Nos cuenta los grandes sacrificios de Billy Wightman o de Alejandro Castaño, coleccionistas que cambiaron sofás, carros y onces en el colegio por dibujos, pinturas y esculturas cargados de “símbolos para representar el origen, la creación y la huella que deja el ser humano en sus relaciones personales e íntimas”, como nos dice el artículo que ocurre con la obra de Venuz White, recientemente adquirida con mucho sacrificio, según parece, por Wightman.

 

Junto a esta Venuz con su Wightman, desfilan por las páginas del artículo el joven Kevin Simón Mancera con el “político risaraldense” —de quien jamás se menciona que fue presidente de la República— César Gaviria Trujillo, hoy simple “socio” (¿no debería dejar la modestia y decir “dueño”) de la galería Nueveochenta (otrora llamada por los artistas, Caesar’s Palace), la que, de paso, representa comercialmente a Mancera; el arquitecto Alejandro Castaño, junto al pintor caleño Alex Rodríguez y, para cerrar con broche de oro, Camila Botero, directora de la Fundación Alejandro Ángel Escobar, junto al multifacético artista, crítico, profesor y curador Lucas Ospina.

 

No hay que negarlo, en su mayoría, se trata de artistas serios, juiciosos, trabajadores y honrados; no hay que negar, tampoco, que como coleccionistas el cuarteto se sostiene con dignidad. Pero, por eso mismo, ya que no estamos hablando de traquetos que compran arte para ostentar a los cuatro vientos el engalle artístico de sus apartachos, ni de artistas siempre interesados en farándula, marketing y relaciones sociales con gente más emprendedora que honrada, empiezan a surgir algunas preguntas: ¿cuál es la intención detrás de este publirreportaje artístico que mezcla la filantropía, el elitismo, la metafísica y la decoración de interiores? ¿Qué se le quiere comunicar al comprador de a pie que lee Caras mientras hace fila en Carulla? ¿Qué ganan unos y otros poniendo cara de Revista Caras para la foto y prestando su testimonio para un artículo necio, vacío, mixtificador y mal escrito?

Porque la cosa suena rara. Nos dice que comprar arte es mejor que comprar carro; nos dice que el arte le devuelve “la originalidad y el sentido sacro de la estética” a un montón de mercancías que, bien dibujadas o mal pintadas, terminarán igual vistiendo las paredes junto a las que se ponen sofás, en casas de personas que, tras muchos sacrificios habrán reemplazado ese viejo sofá de cuero por uno más grande de nobuk o de ante. La cosa suena rara porque pone a los artistas en el papel de “descubrimientos” de una serie de coleccionistas, sabiendo lo que suele ocurrir con lo que descubre quien es dado a atesorar “descubrimientos” (ya sea que hablemos del descubrimiento de América, o del de Gloria Trevi). La cosa suena rara porque, aunque todos sabemos que el éxito artístico es cuestión de “relaciones personales e íntimas” más que de talento o trabajo, pensábamos que la mayoría de estos artistas eran más talentosos y trabajadores que adeptos al modelaje de páginas sociales y al mercadeo arribista que va —en contravía de lo que parece decirnos Kevin Mancera, dibujante obsesionado con la resonancia poética del fracaso— hacia un camino al éxito madurado a punta de periódico.

 

Mirando a los ojos de esas “Caras” que casi todos pusieron de bien portados, así sentaditos en sus sillas y sillones, con sus zapaticos lustrosos y sus vestidos impecables, uno se pregunta si en revistas de esa naturaleza no se ven más naturales los sofás que los intentos de promoción de una escena artística que se ve más bonita cuando no se deja ver la cara por esos lares.

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