Las cinco condiciones

A propósito de la película "Las cinco condiciones", Miguel Mesa reflexona sobre arquitectura, espacio y cine.

2011/03/30

Por Miguel Mesa

Entre los años 2000 y 2003 Lars von Trier y Jørgen Leth hicieron juntos una película que titularon The five obstructions —Las cinco condiciones—. El ejercicio que se trazaron fue este: hacer cinco versiones de la película El humano perfecto que había rodado Leth en 1967 y articularlas en un documental. Von Trier hizo las veces de director del proyecto, era quien ponía las condiciones, mientras que Leth filmó de manera paulatina y consecutiva las nuevas versiones que von Trier, en su papel de maestro, le trazó. Leth había sido profesor de von Trier en la academia de cine. Hasta aquí no pasa nada, maestro y alumno puestos de acuerdo en un experimento que editaron ambos. Para un aficionado a la crítica de cine (o de arquitectura) se trata de una película conveniente porque explica, en alguna medida, cómo se hace ese cine. En este caso, una película se critica con otra, cada nueva versión de ella expande o revisa la anterior. El ejercicio resulta didáctico.

 

Sin embargo, y más allá de esta característica especial de Las cinco condiciones, lo interesante de la película es lo que von Trier le pide a Leth como solicitud general del proyecto: “mi plan consiste en que vayamos de lo perfecto a lo humano”. El humano perfecto, el bellísimo y austero cortometraje del 67 protagonizado por Claus Nissen juega con el vacío y con la nada, con un escenario neutro, aséptico y segregado de la naturaleza. Este corto está presente en los cinco siguientes, pero cada versión es una coreografía de la anterior. No voy a decir que es mejor como cine, porque no viene al caso, pero sí es más interesante como arquitectura. La arquitectura de los seis cortos va cambiando de estado: del espacio estilístico y reducido del corto original se pasa a los ambientes probables y pletóricos de las nuevas versiones, cinco cortometrajes que construyen atmósferas cada vez más vitales y misteriosas, llenas de relaciones y vínculos con el paisaje, el clima y las situaciones humanas. Pasamos del espacio genérico usado como escenario en la versión inicial, al interior ruinoso de una casa tropical en La Habana. De la vida nerviosa de una calle popular en Bombay a los excitantes recintos de un hotel en Bruselas y su azotea. De navegar bajo la lluvia en un río venezolano saltamos al espacio múltiple y sofisticado de una caricatura, para terminar visitando un compendio de los espacios afectivos donde se han reunido von Trier y Leth a discutir el proyecto. Cada nueva versión es un vaivén entre el espacio seco del primer corto y los ambientes cargados de los demás. El reto que plantea esta película en términos espaciales es importante para cualquier arquitecto: mezclar el interés que tenemos sobre los espacios abstractos con un deseo por alcanzar los espacios vivientes.

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