Lucas Ospina.

La selfi de Van Gogh

Más que una historia única del arte, lo que todo esto muestra es nuestro apetito por las historias: nos gusta que nos cuenten historias. Hoy en día, hablar de Van Gogh parece un anacronismo, algo premoderno o muy moderno ante la actualidad y la amnesia que demandan las novedades y ocurrencias del arte contemporáneo.

2016/04/17

Por Lucas Ospina

En los últimos años la historia de la automutilación y posterior suicidio del artista holandés Vincent van Gogh ha sido impugnada. Historiadores alemanes señalan que el corte de la oreja fue producto de un rifirrafe con su compañero de estudio, el artista Paul Gauguin, que en la trifulca sacó un sable e hirió al pintor. El artista, ciclotímico y compasivo, se apersonó del corte y protegió a su irascible amigo de ser increpado por las autoridades. La policía de la historia basa su argumento en referencias cifradas encontradas en la abundante correspondencia que hubo entre Van Gogh y su hermano Theo y en un peritaje cuasi forense.

Otros historiadores del arte, no satisfechos con la oreja, van por el premio mayor, el suicidio de Van Gogh, y lo trucan en asesinato: el pintor habría sido víctima del matoneo de un señorito de provincia que en un paraje solitario le disparó en el estómago y luego huyó. Cartas, registros, rumores e interpretación forense del “csi del arte” respaldan esta nueva versión.

Estas teorías son omitidas por otros, por las personas que quieren mantener la fe para que nada se interponga en la peregrinación al mausoleo del pintor, el Museo Van Gogh en Ámsterdam, una capilla para idolatrar al artista como eterno sufridor y, claro, para recibir los diezmos que dejan decenas de miles de turistas. Otros historiadores señalan que la evidencia de la teoría del asesinato no es concluyente y la controvierten con nuevos análisis forenses que mantienen la versión tradicional del suicidio.

Más que una historia única del arte, lo que todo esto muestra es nuestro apetito por las historias: nos gusta que nos cuenten historias. Hoy en día, hablar de Van Gogh parece un anacronismo, algo premoderno o muy moderno ante la actualidad y la amnesia que demandan las novedades y ocurrencias del arte contemporáneo. Un siglo nos separa del holandés pero el arte de contar historias continúa presente en el intento por comprender lo que pasa en una obra de arte.

Esto tiene cierta correspondencia con el mundo de los negocios, donde a medida que los logos corporativos se tornan más abstractos, herméticos, planos y simples, más urgente es el afán de comunicar historias y crear protagónicos con los directores ejecutivos y sus empresas (la leyenda de Steve Jobs y Apple). Así como el evangelio limitado de una fría marca encarna en una persona, en el mundo del arte la relevancia de muchas producciones parece estar determinada por el apetito que despierta una historia triunfante, individual, un reflejo narciso en esta época en la que nadie puede prescindir de una cara.

En las historias hay experiencia, las historias contienen el misterio de eso que hace único al artista y su obra, las historias transforman un mensaje en significado, motivan a la audiencia hacia un fin deseado: las historias se comparten, las historias generan empatía.

Theo, el hermano de Van Gogh, fue marchante de arte y es responsable de que el mercado se abriera a la obra de los impresionistas, por su cuenta, intentó vencer las resistencias que generaba este arte nuevo y soportó la indiferencia de la gente que solo veía ahí temas mundanos y licencias expresivas más propias de ilustradores de carteles publicitarios que de artistas herederos de una solemne tradición pictórica. Seis meses después del suicidio –o asesinato– de Vincent van Gogh, el galerista moría. Los médicos le diagnosticaron una demencia paralítica detonada por el trabajo excesivo y la tristeza.

Theo van Gogh no tuvo tiempo para construir un buen relato hagiográfico para la obra de Vincent, para contarles a sus clientes algo más llamativo y glamuroso que el ejercicio lento de comprensión, sospecha y riesgo en el que vivió el artista. Los hermanos Van Gogh no alcanzaron a usufructuar este asalto de la comunicación que hoy precede, acompaña, procede e incluso reemplaza a las obras. Tardó mucho en estar listo su relato, ese que hoy remonta las cifras de un Van Gogh a la hipérbole monetaria.

Los Van Gogh de hoy, en cambio, andan por ahí atesorando sesudos y elogiosos manchones de texto que pocos leen, viralizando sus frases elogiosas, cultivando visitas y “me gusta” en Facebook, trinando en Twitter, capitalizando vistas en Instagram, haciendo convites exclusivos vía WhatsApp, siendo materia dúctil para afanadas notas culturales y fotos de sociales entre el ruido constante del andamiaje de las relaciones públicas. Giorgio Vasari, el escritor del renacimiento famoso por sus historias de los pintores italianos, revive viralmente en el formato 2.0 del storytelling.

“¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”, decía Marx (Groucho). Aprendimos la lección, ya no trabajamos para una posteridad que nada puede ofrecernos, necesitamos convertirnos en leyenda ahora, ya, hoy mismo. Atrapados por el espejo efectista de la autopromoción, el arte del autorretrato se traduce a un selfi. Una marea de selfis en el vórtice ególatra de este carrusel de las vanidades. Pero desde afuera de esta inminente actualidad que nos consume, todavía nos miran los autorretratos de Van Gogh, más elocuentes y punzantes que cualquier versión de su relato.

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