Las puertas de El Chavo

Carolina Sanín reflexiona sobre El Chavo del ocho.

2011/07/19

Por Carolina Sanín

Está el patio de la vecindad, y en el patio hay tres puertas marcadas con números aleatorios (el 14, luego el 71, luego el 72), un barril y una escalera que sube a un segundo piso que la cámara jamás muestra. A veces aparece una escuela, que es un salón de escuela solamente. No se sabe dónde está. Podría estar detrás de otra de las puertas de la vecindad o ser otro patio de vecindad, más adentro o más afuera. Y existe una fonda, la Fonda de Doña Florinda, cuya ubicación tampoco se conoce. No es contigua a otro lugar. No es vecina de la vecindad. Está más al fondo, más adelante. Desde la fonda se entra al baño de la fonda, que es de hombres y de mujeres sucesivamente, según lo indica el letrero reversible que cuelga de su puerta. En la parte trasera de la fonda hay una cocina. No hay trayectos entre el escenario principal y los escenarios secundarios. Primero aparece uno, luego otro, y antes, en otro episodio, se mostró el otro. De prisa se diría que el escenario, el colmo de lo genérico y lo escaso, es plano. En realidad es un constante indicio de profundidad, un paso hacia un interior al que no se acaba de acceder. Los apartamentos no se muestran más que ocasionalmente (el del 72) y nunca se muestran los dormitorios. Los niños lloran (cada uno con su llanto característico, como el sonido de un animal) y buscan refugio detrás de las puertas de sus casas (pero las puertas se cierran tras ellos y no vemos el interior) o en el barril, en el caso del protagonista, de quien ni siquiera sabemos si tiene casa.

 A veces aparece un ámbito más, que es espejo del principal: por un corredor que empieza entre el interior 71 y el 72 se entra al “otro patio”. En éste hay finalmente un pozo que, en un episodio, se convierte en la “Fuente de los Deseos”. Después de ese patio se sugiere otro, igual y más adentro, y otra vecindad que reflejaría la primera. La ciudad puede ser una serie de patios iguales en esa disposición temporal de los lugares que refleja el limbo de la vida social de los niños, entre lo privado y lo público.

La caracterización en El Chavo es tan constante como su arquitectura. Los personajes se visten siempre igual. Tienen rasgos arquetípicos. Sus interacciones son repetitivas. Sus parlamentos, prácticamente invariables: “Tenía que ser el Chavo del ocho”, “Es que no me tienen paciencia”, “Se me chispoteó”, “No te juntes con esta chusma”, “Pase usted”, “Después de usted”, “¡Si-len-cio!”, “Qué te cuesta, di que sí, no seas cobarde”, “Eso, eso, eso”, “Lo que tienes de bruto lo tienes de bruto”, “Fue sin querer queriendo”, “No me simpatizas”, “Sale y vale”, “Cállate, cállate que me desesperas”. Siempre lo mismo: superficies que se deslizan en otras superficies, sin desarrollo ni penetración.

 Tengo la impresión de que ver El Chavo del ocho, que parece un proceso de domesticación y una técnica nemónica, fue siempre recordarlo. Y al recordar El Chavo, siento que recuerdo ya un recuerdo. Quizás esto se deba a que la estructura y la estética de la comedia, y sus yuxtaposiciones, aludían a la naturaleza de la memoria. Pero ¿qué es lo que debo recordar a través de ese teatro? Quizás lo que se busca evocar o representar de patio en patio sea, por una parte, la dolorosa esencia de la educación, esto es, la compartimentalización del tiempo. Por otra parte, la búsqueda tantálica de una casa, de un interior: el interior al que los niños nunca pueden acceder porque no ha sido construido; porque, simplemente, no existe una interioridad del niño.

 Siempre me sorprende que los personajes infantiles de El Chavo del ocho, a pesar de ser encarnados por adultos, no nos resulten grotescos sino inagotablemente enternecedores. Imagino que esto se debe a que revelan la pobreza central que tenemos todos, la pobreza de todos los niños, su falta de otro lugar a donde ir. Nuestro enternecimiento, entonces, más bien sería una autocompasión evocativa.

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