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Lenguas vivas

Margarita Valencia se pregunta si la voz de Homero es una lengua muerta

2010/03/15

Por Margarita Valencia

“Los clásicos se han convertido en una vara exclusivamente dedicada a azotar muchachos de escuela”, escribió Ezra Pound en una recolección de notas sobre los traductores del griego publicada en 1920. En ella cumple, a su manera, el ritual de iniciación en la tradición homérica, generalmente marcado por el tópico del empobrecimiento de la cultura y de su enclaustramiento. Es un ritual que cumple más de 2700 años de vida y, a pesar del pesimismo que acompaña a los oficiantes en los últimos siglos, es un canto que celebra la insistencia de la literatura por encima de la fragilidad del papel o del papiro y del poder arrasador del olvido; la suma de millones de voluntades (y cuando digo millones no quiero que se piense en un número genérico sino en acumulación sólida de personas), y su alianza por encima del capricho de los ejércitos o de la tontería de los gobiernos, a través del tiempo y del espacio; y, sobre todo, la porfía en sobreponerse a los menos evidentes pero más nocivos efectos de la diversidad de las lenguas y de su mutación a lo largo de los años: es la traducción la que le da vida a la lengua.

La primera y más crucial de las traducciones a las cuales han sido sometidos los poemas homéricos fue la que los llevó desde sus orígenes orales hasta la página y los congeló allí. Pero cuando la difusión escrita se estableció definitivamente como vehículo de transmisión de la literatura, los textos empezaron a padecer otro tipo de mutaciones: en las copias del papiro al pergamino y al códice; en el paso de las mayúsculas a las minúsculas; en la adición de los signos de puntuación; en la división en 24 cantos.

El griego se perdió para Europa durante casi mil años tras la caída del Imperio romano –ni Petrarca ni Dante leyeron a Homero en el original, cosa que no le impidió a este mandar al poeta griego al limbo–, y sin embargo los poemas homéricos sobrevivieron, y regresaron en el siglo xiv, justo a tiempo para beneficiarse con la invención de la imprenta (la primera edición impresa de La Iliada data de 1488). Desde entonces se han visto inmensamente enriquecidos por la doble tributación de las versiones académicas y de las traducciones literarias, que se entrecruzan y se chocan y se retroalimentan logrando el milagro de mantener vivo el poema.

Entre las traducciones literarias ocupa sitial de honor la del poeta inglés Alexander Pope, quien tardó más de diez años en terminar su versión de La Iliada –de La Odisea solo tradujo la mitad y supervisó la otra mitad–, que le trajo fama y fortuna. Más de doscientos años después, el poeta norteamericano Robert Fitzgerald decidió emprender la tarea de “imaginar de nuevo [el poema], de manera que estuviese vivo de comienzo a fin”. Amparado por una beca Guggenheim y un contrato firmado por el muy joven y osado Jason Epstein (que acababa de fundar Anchor Books), dedicó siete años a la traducción en verso de La Odisea.

También en la década de 1950 se publicó la traducción de La Iliada del poeta Robert Graves –famoso por sus novelas históricas y no por su obra poética–, cuya única justificación fue el descontento que le producían “todas las traducciones que he leído hasta ahora”. Entre estas destaca (pero no salva) la del académico Richmond Lattimore, que busca “reproducir la velocidad y el ritmo del original”.

El caso es que la prevalencia en el siglo XX de las versiones surgidas de la academia le da la razón a Pound, y las traducciones justifican un poco su acusación de que los académicos “fueron inhabilitados para la vida activa o para cualquier contacto con la vida”. La traducción en verso de Antonio López Eire, “en verso y muy literal”, se devuelve como un bumerán contra cualquiera que trate de seducir a un joven lector con ella. Y la versión de Luis Segalá y Estalella –de la que se sirvió la maestra Gretel Wernher para transmitir a varias generaciones de estudiantes uniandinos su pasión por La Iliada–, de 1908, acusa cansancio. Afortunadamente para los lectores en español, Gredos publicó en 1991 la traducción en prosa de otro académico, Emilio Crespo, tan cierta y fresca que sin duda será La Iliada de un par de nuevas generaciones.

Pope, Graves, Lattimore, Segalá, Crespo: las estanterías de las bibliotecas desmienten la chirimía del empobrecimiento de la cultura a causa de la masificación y gritan a voces que la de Homero no es una lengua muerta y que todas las lenguas en todas las latitudes y de todas las generaciones siguen bailando alrededor de ese fuego. Y está bien que los nuevos danzantes sean empujados al ruedo por la vara del maestro: es hora también de admitir y de agradecer su contribución.

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